Lucille

Lucille

Lucille se despertaba por la mañana y ya estaba pensando en a quién iba a enamorar hoy. No fallaría, a quien se propusiera no se le iba a resistir. Por eso podía tomárselo con calma, no apresurarse. Mecer lentamente su plan, tejer la tela envolvente, recrearse en su tentadora puesta en escena. Donde quisiera, cuando apareciera, o sabía dónde pisaba o no tendría más que elegir.

Sin la menor presunción, Lucille era consciente de quién era y de cómo dominar cada situación. Su apetito siempre era voraz, pero no tenía necesidad de asediar porque sí. Podía congelar el tiempo con un movimiento, concentrar sin inmutarse toda la atención y todo el deseo. Conocía el poder devastador de su mirada, y sólo tenía que dosificar su electricidad… o descargarla con todas sus consecuencias si consideraba que era el momento, siempre sería el oportuno.

Dicen que llevaba un ángel protector, no le asustaba ninguna noche ni le impresionaba ningún escenario. Se sentía muy segura de sus fuerzas, y sobre todo de su poder de seducción. Si quería jugaba con su conquista, podía hacerla creer que ella era la conquistada, encendía su ego, se prestaba a su juego y hacía que entraba en su terreno. Pero siempre ella decidía el final de la partida. Si terminar devorando a su presa y además dónde, si frenéticamente o despacio hasta la desesperación.

Lucille sabía encandilar con un gesto, con su ritmo cadencioso o con una suave caricia, que siempre acertaba a dar ahí donde producía una incontenible reacción en cadena. Se hacía la interesante, creaba el ambiente y concitaba todas las miradas, luego sabría perfectamente cuál merecía la pena no esquivar, siempre tenía una canción triste o un guiño irresistible. Una vez en sus cuerdas de terciopelo, ya nadie podría ni tampoco querría escapar. Mañana será otro día, ella se acordará, quien probó su licor ya nunca podrá olvidar.

Su cuerpo era un regalo de los dioses, verlo cimbrearse producía directamente locura. Sus latidos quemaban, sus suspiros llevaban al séptimo cielo a quien tuviera la dicha de sentirlos en vivo, insuperablemente cerca o a distancia, a solas o compartidos con una multitud. Si decidía ser amante, lo era sin límites hasta el final, apuraba la última gota y exprimía la última nota hasta caer rendida una noche más y las que quedarán.

Con toda discreción, sin la menor insensatez, distinguida en las veladas, furiosa en el tumulto, sutil en la intimidad. La más alegre o la más trascendente, chispeante o infinitamente tierna. Pero siempre directa y plena de determinación, su vida la llevaba absolutamente como quiso prácticamente desde que tuvo uso de razón. Haber amado casi 300 noches al año durante cincuenta años y por todo el mundo imprimía carácter, no era algo que cualquiera pudiera contar.

Lucille era una guitarra, nada más que eso pero nada menos. Quien la conoció sabe que pocos en este mundo hubo que enamoraran como ella. Y nunca quiso estar sola ni dejar de amar, si acaso hasta hoy.

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