Despertó un 1 de mayo…

John Lennon se despertó un 1 de mayo, y lo primero que hizo fue volar, más que correr, al barrio donde se vio crecer, que aclaremos, no era exactamente el mismo que le vio crecer. En su vida había lugares y amigos que le gustaba recordar y aún podía renombrar, pero ninguno tenía tanto significado como aquel. Enseguida buscaría los sitios donde paró, las calles y parques por las que paseó, las caras que vio y en las que se inspiró. Buscó a toda esa gente que simplemente vivía al día, sin preocuparse por lo que tenían o dejaban o tener, con el irrenunciable deseo de volver a mezclarse entre ella.

Sin embargo aquel viaje, que normalmente era tan corto, le resultó inusitadamente largo esta vez, no entendía tantos trámites, controles, protocolos para todo, ni siquiera le dejaron sacar un billete sólo de ida. Estaba claro que seguía habiendo países y fronteras, solo que ahora eran infinitamente más férreas y celosas. Miró por la ventanilla y sólo vio cielo sobre él, pero luego observó alrededor y nadie prestaba atención. Cuando aterrizó, se extrañó de que en su ciudad de destino unos tuvieran que entrar por una puerta, otros por otra, otros tenían que aguardar a que una autoridad les permitiera pasar. En sus tiempos ya se hablaba de globalidad y universalidad, ¿pero era esto realmente?

En todo el trayecto por carretera, también interminable, el taxista no dejó de examinarle por el retrovisor, pensaba primero que admirado, luego supo que asustado. Ni se atrevió ni a cobrarle, y él tampoco llevaba una libra en el bolsillo. Le había dejado en una populosa plaza que reconoció enseguida. Y sin embargo, a cada paso que iba dando, a cada vistazo que iba echando, según la iba recorriendo, le iba resultando más desconocida. Nada de aquel sonido, ni una de aquellas risas nerviosas, nadie quien le dijera “I know you, you know me”. Una cosa era verdad, la gente era tan guapa por allí que hacía daño mirarla.

Lo único si acaso entrañable que llegó a descubrir fue a una docena de señores mayores que cruzaron a paso cansino, los semblantes entumecidos y el gesto abotargado, que hacían por enarbolar, sin gana alguna, banderas y pancartas que aludían al Día del Trabajo y unos derechos que a él desde luego le sonaban. Pero los demás les ignoraban, o todo lo más les dirigían miradas desdeñosas o de incredulidad, como a quien se presenta en una fiesta con un vestido absolutamente pasado de moda. Estaba claro que aquello ya no se llevaba para nada. Se internó y buscó por las calles de alrededor, algo interesante o que le devolviera la ilusión, alguien con quien compartir. Definitivamente, todo el mundo allí tenía algo que esconder, hasta el amor. Y él allí ya era un hombre de ningún sitio.

No le habían dicho nada de esto, claro, si había estado durmiendo. Paró entonces en un kiosko, leyó las noticias del día –oh boy– y entendió rápidamente que en el mundo todavía había por qué matar y por qué morir. Comprendió que, tantos años después, le quedaba volver a imaginar.

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