Periodista que fuiste y te confiesas…

Periodista que te confiesas 1Eras periodista, joven y brillante, aunque desde ciertos sectores del otro lado te llamaban “animal”. Cariñosamente, no te creas. Cierto día aceptaste dejar la desordenada pero entrañable redacción que te vio crecer, para ingresar en uno de esos templos de la secta Public Relations, en una renombrada empresa de esas que atesoran una bonita & en su nombre, en una de esas distinguidas oficinas de puertas blancas y suelo de madera crujiente.

Te anudaste la corbata recién comprada, te atusaste el pelo y pusiste un poco más de cuidado al afeitarte. Te sentías muy extraño el primer día, extrañaste tu querida guarida cuando te sentaron en una pulcra, inusitadamente limpia mesa, te sentiste absolutamente ridículo cuando hubiste de descolgar el teléfono por primera vez, y no era para llamar al tele-pizza. Al final de esa iniciática jornada, voluntariamente pediste audiencia en el despacho contiguo. Y en pleno acto de contrición, entraste humildemente al confesionario y empezaste la sincera recapitulación de tus pecados.

Sí, me confieso honesto y arrepentido de muchos horribles y crueles actos: de haber borrado antes de abrir los e-mails que me llegaban de determinados alias que sabía que eran agencias.

Me confieso de dejar puesto el contestador aún cuando estaba en la redacción y en mi puesto, y dejarlo sonar según reconociera el número de quien me llamaba, aún cuando no lo reconocía, por si acaso no me fueran a dar la vara.

De haber despachado con cajas destempladas al que conseguía vencer todos los filtros y me llamaba para preguntarme si había recibido su nota de prensa sobre un contrato en Indochina.

De confirmar asistencia a ruedas de prensa a las que sabía que no iba a ir porque no me interesaban para nada; de asistir a las que no había confirmado; es más, de presentarme a aquella comida en el Cabo Mayor sabiendo que ya la cubría otro redactor de mi revista. Sí, reconozco que al entrar dije “pues habrá que comer”.

De llamar a ciertas agencias a posta los viernes a las seis de la tarde.

De llamar a una de esas sin ninguna gana para contrastar una información… cinco minutos antes del cierre. Y cerrar un minuto antes de que llegaran con la apresurada respuesta. Ahí se quedo en el limbo su bien trabajado mensaje.

De haber escrito sarcásticamente en un blog sobre las barbaridades que perpetran las Agencias de RRPP y Comunicación, de haberme hartado de echar pestes de ellas en las tertulias de cañas con mis colegas, de chismorrear sobre lo pesado que era este, lo buena estaba aquella, lo torpe que era el otro.

De haber humillado a aquel becario que me llamó para pedirme mi correo electrónico.

De haber mencionado expresamente, dejándole en asquerosa evidencia, al asesor de prensa de un personaje al que entrevisté.

De abrir un turno de preguntas inquiriendo, ante el pasmo de todo el mundo, cuál era el motivo de aquella rueda de prensa.

De haberle espetado a aquel director general que el problema de su empresa era de Comunicación. Lo siento, no fui consciente de la tormenta que provoqué.

Temblabas ante el previsible castigo, pero no necesitaste realmente que te impusieran una penitencia concreta. Ésta sobrevino de forma natural en los primeros días de tu nuevo trabajo:

– La primera vez que llamaste a la redacción de la que fue tu revista, precisamente al compañero que tenías al lado, para proponerle una entrevista con el director comercial de la innovadora empresa que vendía imperdibles basados en la puntera tecnología Machine to Machine.

– La primera entrevista a la que asististe como tercer invitado y te sentiste como un poste puesto por el Ayuntamiento. Qué miedo tenías siquiera de abrir la boca.

– Tu primera rueda de prensa, en la que te sentiste un portero de discoteca.

– Esa otra en que la que te encontraste por primera vez en tu nuevo puesto con aquella colega tan pizpireta con la que pasarte unos memorables cachondeos en aquellas infumables sesiones vespertinas del Hotel Villarreal que organizaba todos los miércoles la misma agencia. Más de una vez os llamaron la atención, y además te jactabas de ello, ¿no te acuerdas? Sí, disimulas pero te acuerdas. Ella te mira con ojos de asombro cuando la invitas a sentarse en primera fila y advierte que asientes cuando el repeinado compañero te dice: “a esta hay que atarla en corto”.

– Cuando te toca llamar al estirado director de publicaciones que no se rozaba con nadie, o al periodista estrella que miraba a todos por el encima del hombro.

– Cuando tu jefe te confirma que sí, que tienes que llamar para avisar cuando mandas las notas de prensa, para confirmar asistencia a las ruedas de prensa, para preguntarles por qué no publicaron la información en cuestión. ¿Para pedirle al director que no nos mande a un becario? “No, eso no”“Sí, eso también”.

– Cuando tienes que llamar a tu mejor amigo en los medios para explicarle por qué no puedes facilitarle la información que te pidió sobre la previsible fusión de esa empresa. Y a cambio intentas venderle un viaje a Murcia para conocer el nuevo centro de excelencia para la producción del pimiento morrón de nueva generación.

– Cuando tienes que participar de la decisión sobre quién se sentará y quién no en una mesa redonda con el más deseado del mundo mundial.

Pasados esos primeros tragos, te adaptaste, le fuiste tomando el pulso y el gusto a tu nueva profesión. Y te convertiste en un excepcional ejecutivo de cuentas, etapa previa –llamémosla purgatorio– a una carrera como reconocido profesional de la Comunicación. Y uno de tus grandes activos sería precisamente haber sido antes cocinero, conocer al periodista, entender su profesión… saber cómo podían reaccionar, qué les podías ofrecer y qué no, cómo se lo debías presentar.

Y en el fondo, después de todo, conseguiste no perder la perspectiva. Atendiste con profesionalidad los intereses de tus clientes y tus jefes. Pero no dejaste de defender a los periodistas con argumentos o con pasión, de entender hasta donde podías sus reacciones, sus actitudes, sus artículos… de respetar su independencia –la que tuvieran- y ponerles todo lo a salvo que pudieras de los altisonantes calificativos que escuchabas en ciertos despachos y salas de reunión. La mayoría no lo sabrían nunca, no quisiste ni necesitaste decírselo, lo hacías a conciencia. Porque en uno o en otro lado del bien y del mal, ellos son como tú.

P.D. Está claro que, situaciones más o menos concretas o certeras las narradas, este artículo no alude a nadie en concreto. Nos ha pasado a tantos…

Periodista que te confiesas 2

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