Rapaces de Hollywood

Rapaces de HollywoodDicen que eran una pareja de Hollywood. Aunque en realidad eran rapaces ibéricas, y poco sabían de esos mundos glamurosos. Su alfombrilla era ese cielo al atardecer por el que se lanzaban en picado, ligeros y libres. Su Paseo de la Fama, los vuelos rasantes abriéndose paso por bosques impenetrables, enfilando angostos pasos entre riscos. Su mejor película, la que vivían en el nido que construyeron. Desde que se conocieron vivieron juntos, criaron sus polluelos, disfrutaron y se disfrutaron, juntaban sus picos a la vista de todas las demás aves, no faltaría quien les envidiara. No eran águilas perdiceras, así que tampoco se trata de predecir fácilmente lo que comieron durante esos años. En realidad da igual si azores, alcotanes o gavilanes, no hace falta especificar su especie. Porque tal vez era única, no catalogada por los expertos naturalistas.

Su vida, como todas las vidas, dio sus vueltas, idas y venidas, pero siempre juntos. Abrir las alas y dejarse llevar por las columnas de aire ascendente, trazar círculos sobre el fondo infinito como si dibujaran corazones que se citaban, se iban aproximando hasta unirse. Eran rapaces básicamente diurnas, pero en una etapa de su vida hubieron de adaptarse al trasiego nocturno. Allí conocieron a otros habitantes del barrio, léase monte, nuevas especies y especímenes con quienes entablar retos y tertulias. Por los alrededores de su nido empezaron a frecuentar a altas horas mochuelos, cárabos, autillos, clases varias de lechuzas y algún que otro lechuzo. Tampoco faltaban canallas diurnos que alargaban sus sobremesas y se dejaban caer al olor de los tumultos tardíos, ratoneros, cernícalos, águilas culebreras… Una nueva vida con otros amigos y amigotes, divertida al fin y al cabo, pero había que andarse con más cuidado. Y en el Hollywood peninsular también hay historias que tienen segundas partes.

Algo pudo pasar, o quizás no, en esas noches de secreta jarana y ruidos misteriosos que asustan a quien no es habitual de esos pagos. No toca aquí investigar ni especular lo que ocurriera. El caso es que un día ella decidió irse. Sin remisión, sin posibilidad de vuelta atrás. Sin dar oportunidad. La rapaz más amada de la fauna ibérica quería conocer otros mundos, otras vidas, sobrevolar paisajes nuevos, tal vez cazar en otros valles. Los que les conocían no se lo podían creer. Ni los buitres leonados, que de todo se enteraban porque lo vigilaban desde sus atalayas, podían explicárselo. El galán más amante hizo lo posible por convencerla, por que no se rompiera todo aquello, pero no hubo manera. Estaba muy segura, determinada y satisfecha de su decisión. Se sentía un águila real que podría volar más alto que nunca, o tal vez un halcón peregrino capaz de alcanzar velocidades inusitadas que le trasladarían a espacios desconocidos. Él, en cambio, se quedó un aguilucho pálido, triste y desvencijado. Y que no comprendía nada.

Incapaz de darse a la mala vida, se dio a la vida regular. A los vicios cotidianos, a los días sonámbulos y las noches más vacías que llenas. No dejaba de preguntarse por qué le había sucedido aquello, si habría hecho o dicho algo equivocado, adónde iba su adorada ciega, o tal vez si el que se estaba quedando ciego era él. De rabia y de desesperación. El milano rojo le acompañaba en esas veladas desoladas, era su confidente y le escuchaba paciente al otro lado de la rama, le miraba, le compadecía, intentaba animarle, o más que nada distraerle. Porque en realidad no sabía qué decirle. Nadie sabía cómo reconfortar a quien fue rey de las aves de presa y hoy era presa de un abandono absoluto.

Por no todo eran líos y gente mala –que no mala gente- en esas sesiones desveladas del bosque frondoso de día y dudoso de noche. En una de estas que iba de ronda de águilas con la calzada, la pescadora y la imperial –habrase visto gente tan distinguida a esas horas y por esos tugurios-, dio por entrar en el último hueco de árbol abierto y allí se encontró con el búho real, que era en verdad personaje de no dejarse ver mucho. Sabio y tranquilo, le reconoció, se le acercó, le tomó por el hombro desplumado y le dijo con voz grave y serena: “Ella quería volar, no hagas nada, déjala. Cualquier cosa que intentes por que vuelva no te servirá, al contrario, no hará más que reafirmarla en su intención. Haz tu vida, apóyate en los que todavía te quieren y lo sabes. Y dale tiempo. Ella volará, y a lo mejor un día se dará cuenta de que hace demasiado frío por esas alturas, o de que agotada la energía de su primer gran vuelo en libertad, se le empieza a hacer aburrido volar sola. Cuando decida volver y te llame, será decisión tuya que te encuentre o no”.

Ya de amanecida, el pájaro ayer majestuoso y hoy desamparado regresó a la mínima repisa que había adoptado como nido de soltero. Si empezaba la tercera parte no tenía nada, pero tampoco nada que perder, y en ese momento decidió que iba a ponerse alas nuevas.

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