Yogur griego

Yogur griego

No tenías más medios que los puramente manuales, así que mezclaste con delicadeza los ingredientes y los pusiste a calentar a fuego medio hasta que alcanzaron los 85º. Cuando el conglomerado ya humeaba, lo dejaste enfriar hasta los 45º-40º. Después lo vertiste cuidadosamente en un recipiente. Lo tapaste muy bien con paños y lo guardaste en un sitio cálido durante ocho horas para dejarlo fermentar. Pasado ese tiempo procediste a filtrarlo, lo colaste con una gasa y con mucho esmero, y ya tenías sobre la tela tu yogur griego, blanco y voluptuoso placer de los dioses antiguos y de hoy. Sabías que, una vez reposado en la nevera esa noche, tomaría cuerpo y estaría más rico.

Pero también temías que a la mañana siguiente, al abrir el frigorífico, te encontraras con que tu delicioso yogur había desparecido. Que alguien se lo había afanado. Entonces te asaltaba la duda: si comértelo recién hecho, aún grumoso y sin textura, o dejarlo enfriar y espesar, arriesgándote así a no llegar a probarlo. En realidad era un problema nuevo, eminentemente contemporáneo. Llevabas años elaborando el cremoso producto, y nunca habías tenido esa extraña sensación de pensar que te lo iban a quitar en tu misma casa.

En aquel tiempo, los hogares europeos habían descubierto las cualidades del yogur griego, más digestivo y saludable que el que hasta entonces habían venido consumiendo, con menos lactosa y muchas proteínas. Así que empezaron a comprarlo profusamente. En su original versión natural, pero sobre todo con tropezones de frutas, fragmentos de frutos secos e incluso con virutas de chocolate. Para desayunar, como postre o en la merienda. Todas las grandes multinacionales de los lácteos ya lo incluían en su oferta, bien envasado y empaquetado, sugerentemente dispuesto en los lineales de los supermercados.

La diferencia es que en Grecia el yogur se hace con leche de oveja, pero las empresas europeas y americanas tiraban de la leche de vaca para poder producir en mayor cantidad. Eso lo sabían muy bien los distinguidos guardianes del sistema y los sibaritas de lo ajeno, y a ellos no se la iban a dar. Bien que el pueblo llano consumiera los yogures industrializados y se los comiera a todas horas pensando que disfrutaban de un producto genuino. Pero ellos no se conformarían más que con el auténtico y artesano. Así las ciudades y pueblos helenos empezaron a poblarse de señores de negro que acechaban las casas, escudriñaban las ventanas y se apostaban sigilosos en cuanto mínimamente sospechaban que un suculento yogur griego que se estaba cociendo por allí.

Por otra parte, a aquel pobre país poco más le quedaba por ofrecer. Lo había empeñado todo para que no le embargaran hasta el último capitel de sus clásicas ruinas. Y aún así seguía debiendo hasta lo que no tenía. Por lo tanto, los dignos administradores de los bienes comunitarios se sentían en el derecho de considerar que todo lo que allí se produjera era suyo. Y podían zamparse sin remilgos todo el yogur de cualquier casa y de cualquier familia.

En esa tesitura estabas, fabricando tu yogur. Habías perdido toda la esperanza depositada en aquel intrépido postulante que prometió suspender los pagos, nacionalizar el producto lácteo y las propias ovejas, defender a ultranza lo que os pertenecía, aunque ya sólo os quedara eso. Se avino a negociar, y al final resultó lo mismo. Sería más tarde o más temprano, pero os lo iban a quitar igual.

Sólo se te ocurrió una idea: cambiar la receta. O mejor dicho, aumentarla. Echarle el doble de leche y el doble de nata, al diablo la austeridad. Y ponerle mucho más amor, volcar toda tu generosidad, ponerle lo mejor de ti. El primero que dejaras en la nevera se lo iban a beneficiar. Pero del empacho que agarrarían, ya nunca iban a querer más. Para su paladar usurero, era demasiado ese magnífico yogur.

Yogur griego III

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