Cuando el periodista no está, no contesta…

Dustin Hoffman & Robert RedfordEs verdad que para conseguir hablar con algunos periodistas hay que ser poco menos que el pequeño Nicolás. Y evidentemente no lo eres. Cuando digo periodista, no me estoy refiriendo al director de El País o del programa de radio estrella. Puede ser el redactor jefe de una revista sectorial –que suele mandar sobre dos o tres redactores, cuando no uno o ninguno-, o un redactor de un diario o revista a cargo de una sección o de una temática concreta. Es decir, no es cuestión de status. Dijéramos más bien de receptividad. Hay gente más accesible, y otra cerrada en banda al exterior. Si estás empezando a tratar con ellos, algunos te parecerán más difíciles de abordar que Dustin Hoffman o Robert Redford cuando les llamas a la redacción del Whasington Post, por no decir el mismísimo Superman. Y puede, en efecto, que alguno se lo crea. Pero en general son personas normales, con sus alegrías, miserias, problemas, complejos… como todos.

Ciertamente, el periodista de redacción es, entre otras funciones que cumple, un selector de información. Siempre hay más noticias que espacio, más aún cuando los departamentos y las agencias de comunicación están continuamente bombardeando –a veces hasta el abuso- con un aluvión de notas de prensa cuya relevancia, a menudo, ni sus propios emisores se creen. Por lo tanto, hay mucha criba que hacer. Hasta el punto de que a veces el redactor en cuestión, más que seleccionar, lo que hace es despejar el spam. Y como no tiene tiempo de rechazar formalmente el 90% de lo que le llega, termina por ignorarlo.

Se puede entender en cierto modo esa actitud, dados también los tiempos que corren para la profesión, la precariedad con la que se trabaja y la ingente profusión de información que se recibe. Lo que pasa es que hay periodistas se aplican con tanto celo a esa tarea de ignorar que terminan por no hacer absoluto caso de nada de lo que se les envíe, de nadie que les llame. Únicamente atienden a un sota-caballo-rey de una baraja que o se han marcado ellos por defecto o se la han dado marcada desde arriba. Y evidentemente se convierten en una barrera. Para el que honestamente pretende difundir su actualidad. Pero a veces para ellos mismos y para el medio en el que trabajan. Es que los hay que, siento pero debo decirlo, más que periodistas parecen estudiantes de oposiciones encerrados en su cuarto con sus libros. Y no es eso…

Pero se trate de quien se trate y lo que parezca, hay que tratar con ellos y buscar la forma de interesarles, si no es de una manera, de otra. El periodista puede tener sus criterios, sus presiones, sus vicisitudes profesionales y sus principios fundamentales. Una máxima de la Comunicación, en su vertiente de la relación con los medios, es que éstos tienen siempre la última palabra. De ellos depende en última instancia la cobertura que obtenga cualquier información, venga de quien venga y se difunda por la vía que se difunda. Pueden darle una página entera, una columna, un breve o nada. Pueden darle un tratamiento amplio y riguroso o un titular fallido, porque no entendieron bien lo que escucharon o lo que leyeron, y en todo caso hay que poner mucho empeño y cuidado en informarles bien. Pero el resultado está en sus manos. Ese es su poder.

Cuando el periodista...Por esa misma razón, y siendo conscientes de su papel, y también de su dificultad y sus problemas, cabe pedirle al periodista que no sea absolutamente impermeable. Que seleccione porque es su trabajo, que no tenga más remedio que discriminar entre tanta pseudo-información que le abruma y colapsa su bandeja de e-mail. Que obvie algo a veces, incluso bastantes veces. Pero no que lo obvie todo siempre. No es de recibo vivir de espaldas a todo lo que viene de fuera o de fuente no homologada según su homologación, la que sea. Menos aún si se dedica a un sector determinado y lo que le llega y no observa no son otra cosa que informaciones de ese sector. La Comunicación siempre ha de fluir en dos sentidos, y al periodista le corresponde tanto escuchar como hablar, leer como escribir. Y más de un medio se ha perdido alguna vez una noticia importante por no saber escuchar.

Cuando el periodista no está, no responde… Sucede que algunos profesionales de la Comunicación que sí se creen lo que venden, que piensan de verdad que están ofreciendo una información valiosa, se frustran irremediablemente al ver que no se les escucha o saben con certeza que sus e-mails se borran sistemáticamente. El periodista, y por correlación el medio para el que escriben, se convierte en un muro infranqueable, inaccesible para esa empresa, para esa agencia o ese ejecutivo. Y le quedan dos remedios: uno, darle tiempo al tiempo, esperar y no dejar de buscar la oportunidad de alcanzar un punto de empatía y empezar a entrar en su círculo; y el otro, ser impenitentemente pesado, no dejar de asediarle, a ver al final quién es más obstinado o cabezón de los dos. Claro que una y otra fórmula también pueden ir de la mano y retroalimentarse. Y la cosa puede terminar bien o mal.

Y en fin, responder un e-mail o descolgar una vez teléfono para decir tranquilamente “mira, es que esto no me interesa, no le veo cabida, ahora no lo puedo cubrir…” sería a la postre más rápido, económico, productivo… y sin duda más agradecido y provechoso para las dos partes.

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