Boleros de Octubre II

El juego de la vida

Boctubre6

No sale a jugar, hoy prefiere quedarse leyendo un libro. Ayer también, mañana veremos. Los niños de la ciudad pobre salen más que entran, en la calle lo tienen todo para desfogarse y aprender el juego de la vida. Una carrera de poste a poste o un minuto de pánico desafiando los peligros urbanos son la descarga de adrenalina que necesitan, una chapa lisa o un par de garbanzos valen para hacer la tarde. Sus gritos rasgan el tedio y disipan el aire viciado, sus risas nerviosas animan la anodina vuelta a casa de los que no tienen con qué animarse, alegran el cansino caminar de los que olvidaron de qué alegrarse, corren y botan entre todas esas almas dejadas que deambulan con la memoria entumecida y dormidos los sentidos. Atardece pesadamente un día como todos los demás días en los que nada ha de pasar ni esperarse. El grande ha ganado, el chico ha perdido como siempre.

Sumida en la noche que le procura su desalmada historia, la ciudad desposeída mal duerme sin decirse nada, sin mirarse más de lo justo y preciso, de seguido darse la vuelta y esperar a que el sueño les libere y les saque unas horas de allí. Por la mañana no salen más que prisas de los portales y carritos vacíos que quizás, a la vuelta, con un poco de suerte pesarán algo más. Las cuatro puertas siguen abiertas, las iglesias predican obediencia, los hospitales huelen a mugre, las cárceles expresan poderío y los cementerios reciben visitas. Cerradas a conciencia las suyas, los colegios exhiben su estilo recio, revelador de que es la recta instrucción lo que impera dentro, quién dijera que viven niños detrás de esas paredes. A las cinco de la tarde estallará lo que ni un minuto más podía aguantar callado. Ni imaginarse un bocadillo, un par de castañas crudas o un cuadradín de chocolate chirriante bastan para suministrar la energía necesaria. Las calles empedradas toman algo de color al fin, el somero aburrimiento de los mayores se va llevando. ¿Y ese niño tan tranquilo, que no corre ni jalea como los demás?

Los edificios ennegrecidos se dejan ver entre marañas de cables que se disocian en torcidas hileras y seccionan el cielo. El tibio sol de avanzado otoño alarga las sombras con las que los chicos se entretienen de un día para otro, nadie se va a fijar en las fachadas desconchadas porque parece que siempre fueron y van a ser así. Ni en la basura extendida por esas aceras abolladas. Desde un alto balcón se divisarían todas esas siluetas negras circulando uniformemente, avanzando sin salirse de su línea o esperando a cruzar la vía con sobria resignación; y tropeles de otras algo más claras y vivas, saltarinas, que se agitan sin orden ni concierto como moléculas descontroladas. Es el ritmo de unos y otros, los que aún no saben que hay futuro y los que ya saben que no hay futuro. Queda para apurar un chato de vino, consentido o furtivo, hoy de cenar hay pellejo de naranja frito. Él se lo dejará en el plato y se quedará dormido sobre el libro abierto.

Dicen que el hambre agudiza el ingenio y hoy, en la ciudad despojada, el instinto es fundamental. Un trapo es perfectamente una pelota, dos bolsas una portería, y el intenso partido sólo se suspende cuando pasan dos niñas aparentemente tímidas que supuestamente no querían pasar por ahí. Se desata la jauría sobre el adoquinado, los que asisten a la persecución se ríen porque saben, están seguros, que no va a pasar nada, los pobrecitos no saben lo que tendría que pasar, y si algo intuyen no se atreverán, que el infierno es eterno y abrasador. Ya habrá otros tiempos, o quién sabe. Pero el más espabilado y la más resuelta ya se han echado el ojo, hoy se han ido cada uno por su lado pero harán que se encuentran mañana, que se tropiezan pasado… El instinto sabe más que ellos mismos y la pobreza lo puede, lo asola casi todo, pero no las hormonas. Él, que lo ha visto todo, de momento prefiere quedarse quieto y pensar.

Él se queda a solas con sus historias y sus filosofías. Ha ido y venido mil veces por esta calle angosta y adoquinada, en realidad muy corta, paralela a otra mucho más brava, ancha y populosa pero también destartalada y gris. No hay tienda ni puesto donde no le conozcan, cae bien porque es más modoso y educado de lo normal, pero él se fija como nadie en las miradas tristes y ajadas. Algo ve más allá de lo que oye bramar a sus amigos, hermanos o a los jefes de la pandilla. Y quizás ya piensa que tal vez en los libros, esos que relee varias veces hasta que le traen uno nuevo, hay un mundo más prometedor que lo que vislumbra alrededor. Donde la vida a lo mejor se juega de otra manera. Mientras lo va entendiendo, sigue paseando por los oscuras atajos y los recios desfiladeros de la ciudad desmantelada, busca en las caras dolientes y en esos andares de silente e infinito pesar. Es pronto, ya habrá tiempo de salir a rodar.

No sale a jugar, él en su mundo de sabios no necesita más.

En el juego de la vida, Daniel Santos

Boctubre 8

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