Abortar a Gallardón, objetivo cumplido

Alberto Ruiz-GallardónEn todo momento ha sabido Mariano Rajoy perfectamente lo que hacía. El hoy dimitido y además ya ex-político Alberto Ruiz-Gallardón siempre fue un personaje controvertido e incómodo para las altas esferas del PP. Él sí que era no ya un verso suelto, como se auto-calificara su vieja antagonista, sino un poema entero salido del libro conservador. Y su ambición era innegociable, aunque pudiera esperar. Más tarde o más temprano se postularía para las más altas aspiraciones, dentro del partido y hasta donde fuera capaz de llegar. Recuérdese su urgencia por ir en las listas, su decepción por no figurar en las de 2008, sus gestos para ganar puntos en la alta dirección popular, por ejemplo asumiendo a Ana Botella en el número dos de su candidatura municipal, y a la postre como su sucesora en la alcaldía de Madrid.

Y llegado el PP al poder tras las elecciones de 2011, era evidente que al pujante Gallardón le iban a dar un ministerio, era un compromiso muy adquirido después de los servicios prestados a la causa en Madrid. Pero ¿qué ministerio le daban? A ver, no podía ser el de Fomento porque, conociéndole, era capaz de soterrar los Picos de Europa para erigir una red de autopistas al cielo, o de levantar la meseta castellana para construir un macro-túnel que uniera las provincias de Zamora y Soria. Tampoco de Economía, dados los tiempos que corrían –y siguen corriendo- y la deuda con que había dejado la capital. Exteriores, Interior, Sanidad… el presidente lo meditó y lo preparó bien: Justicia.

Sabía muy bien Rajoy que, en cuanto le nombrara ministro de Justicia, el intrépido Alberto se iba a ir de cabeza a dinamitar la reforma de la Ley del Aborto instaurada por el anterior gobierno socialista. Por sus convicciones profundas, por su ferviente compromiso con los grupos y sectores católicos, por la memoria de su padre –José María Ruiz-Gallardón fuera quien más se significó en la entonces AP contra la primera ley del aborto aprobada por el PSOE, en 1985. Y no se equivocó en un milímetro el estratega. Ni dos telediarios tardó el flamante ministro en anunciar en el Parlamento el ante-proyecto que desmontaba la ley vigente, la contrarreforma que detenía en seco todo lo avanzado, que retrotraía a un estado anterior a la primera ley del asunto, 30 años atrás.

Claro que era una ley del Gobierno, no de Gallardón. Al fin y al cabo figuraba blanco sobre negro en el programa electoral y, de hecho, llevaba camino de ser prácticamente la única promesa que iban a cumplir. Y aunque prácticamente nadie en la calle pedía ese cambio legislativo, se trataba de contentar a los poderes fácticos ultra-conservadores que tanto les habían apoyado. Pero como iba a ser polémica, alguien tenía que dar la cara y defenderla. Y él era el idóneo porque lo iba a hacer a conciencia, con pasión y convencimiento, con suma dedicación y compromiso personal.

Es que Rajoy siempre ha sido muy sibilino, ha tenido la habilidad y la paciencia para dejar que las cosas pasen, esto es, que crezcan, se desarrollen y mueran, que terminen cayendo por su propia dinámica, como las hojas en otoño. Rápidamente vieron en el ejecutivo y en los órganos del partido la contestación social que el ante-proyecto estaba provocando. Incluso dentro de ellos mismos hubo voces tímidas pero disidentes. Ya entonces el presidente empezó a ponerse de perfil. Pero como era parte del plan, o el plan mismo, dejó que la cuerda se estirara. Y su ministro siguió tirando de ella denodadamente, dejándose los riñones y abrasándose las manos. Así la ley del Gobierno del PP ya se había convertido, en efecto, en la Ley Gallardón. Lo supiera o no y con todas las consecuencias para uno, para los otros y para el texto reformador. Con elecciones en perspectiva y después del aviso recibido en las Europeas, ya tenían decidido vender la ley y a su mentor.

Después de varios días de especulaciones y avisos a medias, hoy el presidente del Gobierno aparecía por sorpresa –lo anunció ayer- en el Foro Mundial de la Comunicación, los Juegos Olímpicos de la materia según lo han llamado, un evento mundial que se celebra cada dos años y estos días ha recalado en Madrid. Podíamos preguntarnos qué pintaba allí él, que no ha ejercido precisamente la más transparente de las políticas comunicativas, que no concede preguntas en sus actos, que ha instaurado la mala –surrealista- práctica de comparecer a través de un plasma… Pues es que lo tenía muy bien estudiado con sus asesores. Según lo leído, su intervención en el foro no ha pasado de meras generalidades, pero eso era lo de menos. A la salida le aguardaba el sufrido pelotón de periodistas, y esta vez iba a ser de ejecución. En esta ocasión sí iba a concederles una preguntitas –qué menos, estando donde estaba. En total tres, y una fue sobre el aborto, como no podía se de otra manera. Ahí hizo el anuncio, esperado, servido bien frío. Ahí don Alberto Ruiz-Gallardón era hombre políticamente muerto. A ojos de la gente, porque sentenciado estaba hace tiempo.

La comparecencia del dimisionario, luego por la tarde, no ha sido más que un suntuoso funeral político, en la que el políticamente difunto ha expresado sus últimas voluntades y sentimientos, eso sí, dejando abundante material para comentario de texto. La maniobra de abortar a Gallardón -entiéndase frenar su despegue, cortarle el vuelo…- ha durado tres años, y hoy el presidente la ha dado por finiquitada con éxito. Ha mostrado la pieza a la afición, a adversos y a incondicionales, y se ha ido a China…

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