Atletas y nostalgias de Zúrich

Dafne Schippers, foto AP

Zúrich bien podría ser la capital europea del atletismo, porque allí se celebra cada año el mitin más importante del mundo, el que reúne a más figuras y donde se han batido 25 records del mundo. Estos días, ese mítico estadio Letzigrund ha acogido los Campeonatos de Europa. Que en cierto modo, lo son de la nostalgia. Para quien no los haya visto, aquellos europeos de los años ochenta eran todo acontecimiento para los amantes de este deporte. No había estadounidenses, jamaicanos ni africanos, y sin embargo teníamos compitiendo a un verdadero elenco de dioses sagrados. Y que no habían nacido en Eritrea, Argelia ni Etiopía, sino en Plovdiv, Leipzig, Goteborg o en las afueras de Londres. Eran aquellos años en los que el atletismo vivía sus años más dorados, cuando los atletas recibían ayudas médicas que no daban positivo en los controles antidopaje, recuérdese aquel entrañable reportaje en El País. Hasta que dieron, y a partir de los JJOO de Seúl 88 ya nada fue lo mismo.

No es que el nivel sea ahora pésimo, pero en general el atletismo de hoy ha perdido carisma. Se podían contar con los dedos de la mano las figuras rutilantes que acudían a estos europeos: Mo Farah, Lavellenie, un Lamaitre venido a menos… El tartán, en masculino y femenino, es un recital de africanos naturalizados, del Magreb al Cuerno en las pruebas de fondo y de la costa atlántica en las de velocidad.

Pero al menos sí hemos tenido alguna gran noticia. Quizás la mejor, la más gratificante, Dafne Schippers, esta muchachona holandesa, de Utrecht, que ha dominado con un poderío exultante los 100 y los 200. Sobre todo esta última, la de la curva, donde se la ha visto perfectamente capaz de medirse a las americanas y caribeñas, de hecho ha firmado la mejor marca mundial de este año. A ver en los mítines que vienen, en los próximos años, en Beijing 2015. Y a ver si aprende a tomar el testigo, que justo según escribo se le acaba de caer en el 4×100.

La peor sensación, como viendo siendo habitual en las últimas grandes citas, la ha vuelto a dar el 1.500. Hace un mes, en la reunión de Mónaco, siete tíos bajaron de 3.30. Claro, ninguno estaba en la final de Zúrich. Si se corre en 3.45 quiere decir que se han hecho tres vueltas al tran tran, pero al menos puedes esperar un final trepidante porque todos van a llegar con las fuerzas intactas. Pero no, resulta que después ese ritmo el ganador, inmensamente superior a todos, se despide del grupo al toque de la campana, se hace la última vuelta de paseo y entra en la recta con 20 metros de ventaja. Pobre mediofondo europeo.

Ganador que no es otro que el inefable Mekhissi-Benabbad, tan excelente corredor como un tipo impresentable. La delegación española podría haberse ahorrado la reclamación oportunista para rascar la medalla en el 3.000 obstáculos, pero está claro que al chaval había que descalificarse porque entra sin camiseta y, por lo tanto, sin dorsal. Y sistemáticamente ha venido librándose de sanciones, tanto de los jueces internacionales como de su federación. Aquí no ha agredido a la mascota, porque ésta, con prudente criterio, no ha osado ni acercársele.

Queda, claro, hablar de la actuación española. Hace años que venimos cruzando un desierto que se antoja interminable, pero en los dos últimos se viene notando que al menos hay una dirección técnica más coherente, ya que no un presidente joven y con nuevas ideas, que eso ya lo damos por perdida. Seamos realistas, de las seis medallas conquistadas, posiblemente sólo la de Miguel Ángel López en marcha tendría reflejo exacto en unos mundiales u olimpiadas, quizás también la de altura femenina pero apurando mucho. Pero al menos se han visto nombres nuevos con proyección, la nómina de finalistas ha sido notable, como la de los que han estado en sus niveles de marcas, que es lo que se les debe pedir. Y el balance queda realzado, lógicamente, con el lustre que da el oro a última hora de ese monumento que es Ruth Beitia, a la que tanto hay que agradecerle que no se retirara cuando lo dijo. Qué final de carrera se ha marcado esta mujer, que ha sabido esperar para recoger al final todo lo que sembró durante muchos años.

Ruth Beitia, foto Efe

Pero volviendo al principio, y aún agradeciendo las buenas noticias, nos sigue quedando ese regusto de nostalgia de aquel atletismo que no volverá. Zúrich seguirá siendo la capital, y dentro de 10 días, si se mantiene el programa previsto, veremos correr a Usain Bolt en el Veltklasse. Y por cierto, aunque no venga a cuento, no me olvido de que aún le debo algo a esa ciudad. Y ella a mí.

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