Cuando escribir es amar

Cuando escribir es amar¿Por qué escribes? Porque amas. Escribir es más difícil que hablar. Pero quien lo consigue puede llegar a decir muchas más cosas, explicar mejor lo que ve, expresar con mayor riqueza sus sentimientos, sacar lo más profundo de su alma y llegar, asimismo, a lo más profundo del alma de quien lo lee.

Es verdad que cuando hablamos podemos parecer más espontáneos, pero también corremos el riesgo de parecer más simples. Es verdad que una voz cercana, tierna, cálida, resulta difícil de reemplazar. Pero también lo es que al leer lo que escrito por ti o por otros también puedes imaginar y recrear la mejor de las voces. Es verdad que una palabra bien dicha a tiempo puede mover el mundo. Pero a lo mejor esa palabra la hemos escrito antes, en el papel o en nuestra mente.

Hay quien piensa que ponerlo por escrito es un mero formalismo, un ejercicio básico de juntar palabras y procurar que tengan un cierto sentido. Pero quien lo ha probado lo sabe: escribir va más allá de usar las herramientas de la gramática y la ortografía. Es una búsqueda dentro de uno mismo para sacar lo mejor, encontrar la idea, el nombre o el adjetivo, la pieza idónea, sopesarla, jugar con ella, hacer piruetas en el aire y presentarla de la forma más original, como nadie podría hacerlo igual.

Hay quien escribe para contar lo que ve, y quien imagina historias y las publica para que otros se entretengan, se sorprendan, se admiren o se conmuevan. Hay quien escribe para comunicar lo que no se atreve a decir, y quien simplemente no sabría transmitirlo de otra manera. Quien recrea viajes que sucedieron o nunca podrían suceder, construye personajes que podrían vivir a dos manzanas o en otro planeta, dibuja paisajes terrenales o imposibles, fabrica argumentos lógicos o desmedidos. Pero todos, cualquiera que se dedica a escribir no por formalidad sino por devoción, lo hace para amar.

Sí, es puro amor lo que sale de unas frases, de un párrafo, de unos versos creados desde lo más íntimo, generados en estados definidos o indescriptibles, elaborados, revisados y mejorados a fuego lento. Cuando te entregas a la escritura no dejas vocablos por el camino como quien echa los dados a ver si salen seises o un unos. Los eliges, los acaricias, los meces, les das vueltas y vueltas hasta que te convences de que puestos así sirven para cumplir el propósito inicial y verdadero. Que no es otro que provocar una reacción. Las más de las veces, emocionar.

El acto de escribir es como detener el tiempo, procurar que no pase nada alrededor que te distraiga. Concentrarte únicamente en lo que te mueve, en lo que te impulsa a hacerlo. Crear un momento único en el que no existan interferencias, quedarte a solas con quien sabes que quieres que esté ahí –puede ser uno, cien mil…-, desnudar lentamente tus poderes creativos o mágicos, revelar tu deseo, dejar salir sin reparos tu instinto y tu imaginación, proceder con delicadeza o dejar rienda suelta a la pasión. Y siempre, abrir el corazón.

Puede uno haber escrito cientos de novelas y relatos, haber inventado crónicas, mundos y soledades, vender millones de ejemplares, recibir un Premio Nobel, obtener el reconocimiento universal. Pero por encima de todo, lo que ha dejado y regalado es AMOR en cantidades industriales. Decía una canción que, al final del todo, el amor que recibas será igual al amor que has dado. En el caso que estos días tenemos bien presente, posiblemente se ha cumplido con creces. A los demás nos queda tomar nota. Y queremos escribir mucho.

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