Diríase un día en Oviedo

Calle Mon, OviedoQue corre el rumor, pero vayan a saber. Que en Oviedo han cambiado mucho las cosas de un año a esta parte. Viajan dimes y diretes y circula tal que un run run, se urden comentarios en voz baja en Trascorrales, suben de tono por la calle Mon y cuando bajas por la del Águila ya se han extendido por toda esa piedra brillante y lustrosa. Enterado está Woody Allen, algo le ha llegado a La Cestera, que menuda es, y La Regenta se reserva la opinión pero quien más quien menos sabe que puede dar fe. El que está que le da algo es el alcalde, no vaya a ser que se cumplan estas paparruchas, no vaya a ser que un día de estos… Pues anda que el anterior, a ese le pitan los oídos y hasta la garganta. El caso es que se cuentan sucesos insospechados que a unos mantienen intranquilos y a otros les da el ataque de risa.

Cierto que La Paloma transmite aparente normalidad, atestada los fines de semana y semivacía a diario, como venía siendo últimamente; las gambas a la gabardina se consumen a destajo como de costumbre, pero he aquí que ahora a veces dan en desaparecer del plato, vuelan de entre las manos, y esa burguesía se mira de reojo, advierten presencias extrañas y no pueden quitarse el rictus de mosqueo. Si ese vermuth solera 1900 ya pegaba lo suyo, ahora no saben qué leches lleva que a alguno le ha dejado inconsciente, otros se han puesto a clamar inconveniencias, soflamas obreras y blasfemias diversas. Los de la parroquia contigua ya están rezando rosarios y pidiendo a la autoridad que le echen el cierre al endemoniado local.

No se lo explican los bien cuidados ovetenses, el caso es que algunas noches dice haberse visto a cierto elemento subversivo bajar por el Campo de San Francisco, venido desde ahí arribota, esto es desde más allá del Hotel La Gruta. Que llega rugiendo y aporreando el piso, hasta la secoya se dobla al verle y el tipo ni repara, se cruza a la Escandalera, se monta en los Asturcones, le cambia la cinta al reloj de la Caja de Ahorros, y cuando den las siete en vez del “Asturias Patria Querida” va a sonar una de Los Panchos, hasta que el funcionario se dé cuenta de pronto y vuelva a programar el solemne himno del Principado.

Acto seguido parece ser que se baja a la Plaza del Carbayón, le cambia el agua a los garbanzos en la misma fachada del Campoamor, y allí se despelota y se queda de tertulia con las bigardas y bigardos del Monumento a la Concordia. ¿Quién bajando por Argüelles con la primera luz grisácea de la mañana se va a dar cuenta de que ahí hay siete culos en vez de seis?

Pero no es nada comparado con lo que anuncian que viene o sobreviene. Se comenta que nadie podrá evitar que la infame Centolla de Calatrava sufra una nueva transformación, y donde se levantara el Carlos Tartiere ahora van a instalar el Oricio Gigante, singular arquitectura en espiral que albergará un penal para ilustres rateros y expoliadores de Asturies, de puertas abiertas para que toda la ciudadanía pueda ir a visitarlos todos los días y, quien desee, echarles chuches, cacahuetes y otros escupitajos. No está mal la idea, ha pensado ya más de uno. Pero claro, también hay quien se ha echado a temblar… un rato.

Lo que ya choca es que la iglesia de San Juan el Real vayan a convertirla en una enorme y monumental lonja de pescado, eso sin duda levantará ampollas, y que el convento de Santa Clara se vaya a quedar en una macro-librería temática de novela negra y policíaca. A la catedral la dejarán en paz, que no tiene culpa de ser gótica, pero en la plaza de Alfonso II el Casto van a acondicionar una praderita con arena del Sahara, que ya está bien de tanta humedad. En lo que es la actual residencia Morate van a abrir un bien atendido puticlub.

Eso sí, no perderá la calle Uría su sempiterna vitalidad, sus tiendas guapas y sus caras bien lavadas y pintadas, las niñas de punta en blanco para salir a tomar café o a la farmacia. Los bombones de Peñalba seguirán siendo pecado de precepto, por Gascona correrán culines cuesta abajo y el Hotel Reconquista seguirá recibiendo a reyes y a presidentes de repúblicas. Si acaso, dicen, habrá que andarse con un poquito de cuidado y no pasarse de listo, de presuntuoso ni de prepotente. No se vaya a enfadar el gamberro. No te vaya a caer de repente una silla en la cabeza.

Diríase un día en Oviedo, yo no puedo confirmar ni desmentir nada de esto. Hace un año que no voy, porque hace un año que ya no tengo razón ni excusa para acercarme hasta allí. Únicamente estaré atento a lo que cuentan y a lo que pase. Por si, quién sabe, un día de estos volviera a tener motivo otra vez.

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