Los caminos de Nani Roma

Nani Roma

 

 

Permítanme que por hoy deje de lado los balones, las patadas y las zancadillas. Más cornás dan las carreteras, bueno es un decir, me refiero a los barrancos y las dunas por donde circulan –otro decir- esos temerarios del Dakar. De eso sabe muy bien Nani Roma. Me he acordado estos días de que una vez le entrevisté. Era en 2005 y acababa de disputar su primer París-Dakar en coches –todavía era el que se corría en África. Un año antes había ganado su primero en motos, después de siete participaciones en las que había tenido que abandonar en seis, casi siempre por accidente, alguno grave, alguno cuando iba líder. De hecho, el único año que terminó, en el puesto 17, había ido comandando la clasificación hasta tres días antes de llegar a la capital de Senegal. Pero por fin lo consiguió, fue el primer español en ganarlo.

Como yo le imaginaba –por su trayectoria conocida hasta entonces- más motorista que piloto de cuatro ruedas, y la entrevista no era ni mucho menos de contenido deportivo, le pregunté si en su vida normal utilizaba más la moto o el coche. Y me contestó rotundamente que el coche, que la moto en ciudad le daba un pánico horroroso. Es decir, que lo que no le daba miedo era surcar dunas, pegar saltos y pegarse trompazos, que ya digo que se los dio y buenos. Pero un cruce de calles y que no te vean, pararse en un semáforo y que te embistan por detrás, cuidado.

El caso es que me cayó bien Nani aquella vez. Aunque la conversación fue por teléfono, me pareció un tío sano, centrado y muy realista con lo que hacía y lo que es esto de los rallies extremos… En esa edición de 2005 había muerto Fabrizio Meoni, ganador dos años en motos, rival y amigo suyo. Un años después vio morir a su copiloto a escasos centímetros, en un accidente que sufrieron en el Rally de Marruecos. En el Dakar es ya un clásico, entre una categoría y otra, con la que acaba de terminar victorioso suma ya 17 participaciones. Aquel primer año en coches, con un Mitsubishi, hizo sexto, que no estaba nada mal. Tendría, supongo, la tranquilidad de saber ya lo que es ganarlo. Pero con el paso de los años, imagino que volvió la ansiedad. Llegó Carlos Sainz y se llevó uno –y otros cuantos sustos-, Peterhansel sumaba y sumaba, y él ya empezó a rozarlo, segundo hace dos años, cuarto el pasado.

Ahora ya lo tiene también en coches, y me alegro. ¿Que se paró Peterhansel respetando órdenes de equipo? Bueno, estas cosas pasan en este deporte. Él ya sabe que no es el mejor porque el francés es una máquina. En un rally que, dicen, volvió a parecerse al africano, dominó de largo en las fases más duras, pero fue en la última semana cuando empezó a tener problemas y vio mermar la gran ventaja que llevaba. Ha tenido muy mala suerte muchas veces, hubiera sido una faena –quiero decir lo siguiente, ya saben- perderlo el penúltimo día. Se merecía ganarlo. Y si se lo han “regalado”, ya “regalará” él otro. Porque volverá al Dakar, seguro, a Roma todos los caminos le llevan allí, sea en el Sahara o por las pampas y altiplanos de Sudamérica.

Por lo demás, reconocer a Marc Coma, cuatro en motos lleva el tío, y este se lo ha llevado de calle, bueno, si se puede usar esa expresión aquí. Y de Carlos Sainz, celebrar que volvió vivo otra vez. Desde que lo ganara en 2010, eso es lo que le deseo cada año. A veces pienso que mejor que se quede en casa, qué necesidad tendrá de seguir metiéndose en esos líos. Pero luego ves lo que te puede pasar un día esquiando tranquilamente con los niños y dices bueno, pues que haga lo que quiera y lo que le gusta. Este año vio que se quedaba sin gasolina, se salió de la ruta para tomar una carretera normal, paró a repostar en una gasolinera normal, y saliendo se la pegó en una curva con un rasante mientras se iba poniendo el cinturón, según reconoció él mismo. Que no, que muy rápido no iba, desde luego a menos de 120, lo permitido. Ya, sé quién dice pero no ha venido. Tres vueltas de campana pegó.

Y por cierto, en este deporte en el que te saludas por la mañana y no sabes si te volverás a ver por la noche, casi todos son amigos, o por lo menos buenos compañeros, por encima de rivalidades. No se prodigan los ataques de celos, ni se les ve ir de etiqueta a esas glamurosas galas que se retransmiten a todo el planeta. Y claro, sin esa dimensión mediática, no tienen la posibilidad de hacer gestos que conmuevan al mundo.

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