Houston, tenemos un problema… de comunicación

Houston, tenemos un problema... de comunicaciónEs muy probable que, de producirse ahora, y no en 1970, aquel célebre incidente en la expedición Apolo XIII, los astronautas transmitirían aquel “Houston, tenemos un problema”, pero en seguida las fuentes oficiales aclararían que se trata de “un problema de comunicación”, y no uno producido en las fuentes de generación de energía de la nave. Es a lo que se agarran hoy todos. Una empresa que ha fracasado con el lanzamiento de un producto o una iniciativa; un gobierno o partido político que pierde votos y adhesiones a mansalva a causa de sus acciones y decisiones; una institución que no levanta cabeza, asediada por continuos acontecimientos negativos que lastran su credibilidad; un club deportivo que se mueve a continuos bandazos ante la ausencia de buenos resultados. Todos argumentan que tienen un problema de comunicación. Y claro, los responsables de la materia –directores, departamentos, agencias…- empiezan entonces a sentirse como los pavos por Navidad, o por Acción de Gracias en Estados Unidos.

Evidentemente, cualquier desastre o pifia de una organización deriva en un problema de comunicación, porque afecta a su reputación y toca saber gestionarlo. Eso es una cosa, y otra achacar el origen de todos los males a la Comunicación. “Es que no hemos sabido comunicarlo” o “no hemos sido capaces de contárselo a la gente” se escucha cada vez más a menudo a dirigentes y directivos, cuando tratan de plantar cara ante cualquier decisión tomada por ellos y cuyos efectos se han vuelto dramáticamente en su contra. Es como echarle a culpa al fontanero de todas las vías de agua que se abren en un edificio. Pues no, el fontanero es el responsable de arreglar el desaguisado, si es que tiene arreglo. Y por supuesto, antes que en solucionar, hay que pensar en prevenir riesgos. Y de eso, los responsables son todos los que han intervenido, primero en la construcción, y después en el mantenimiento del edificio. Incluidos desde el arquitecto hasta los expertos en cañerías.

A veces produce hilaridad escuchar a esos directivos, apelando a la función comunicativa para defenderse de otras carencias y errores. Lo que pasa es mucha gente termina por creérselo, y lo peor es que ellos mismos terminan creyéndoselo. Entonces todas las miradas dan por confluir en el dircom y su equipo. Alguna cabeza tiene que rodar, y las suyas son las más sensibles. Así vemos rotar ese puesto en las organizaciones, se suceden unos tras otros sin que a ninguno le haya dado tiempo en realidad a implementar una estrategia, diseñar un plan coherente que incluya la prevención, montar y dirigir los conductos del agua y apuntalar las posibles vías de escape.

Asistimos a meteduras de pata empresariales, políticas y de cualquier ámbito, o a portavoces que salen a la palestra dejando constancia de que no saben ni dónde están. Pero cuando les sacan los colores, el problema es para el director de Comunicación. No vimos que nadie achacara a una deficiente política de comunicación el hundimiento del Titanic, la caída de Nixon, la del Imperio Romano o la catástrofe de Chernóbil. Pero si acaecieran hoy, seguro que a más de uno se le ocurriría.

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