Ni líricas ni prosas

Ni líricas ni prosas

Ciertamente llevaban tiempo sin ser buenos, pero los últimos han sido soberanamente malos para la lírica. Tampoco para la prosa han sido más floridos, y lo que se lleva es la soflama y la charanga. Este país ha tomado la determinación de volver a ser cateto y fanfarrón, como lo fue durante tantos episodios de su historia. Y para ejecutar la tarea cuenta con una sólida formación de gobernantes y ministros teledirigidos (léase Gallar dron, por ejemplo) que eficientemente dictan leyes y medidas para satisfacer a las élites que les sustentan y que ya no se conforman con tener la sartén por el mango, sino el mango también (sic María Elena Walsh).

Los poetas han devenido en tipos trasnochados, los creadores en ilusionistas del pasado, los músicos a la calle casting mediante. Aquí se aceptó que un obrero de la construcción ganara más, indecentemente más, que un ingeniero, ahora que no tiene donde “construir” ni casi donde vivir, se le dice que la culpa fue suya por fundirse la pasta que alegremente le dieron. Los que le embaucaron han salido indemnes, ellos no van a pagar ni los puros de la cuenta del banquete. Él pidió que no molestaran más al usurero, y ahora Elpidio está en la picota. Contra las rocas se estrellarán nuestros enojos, y en la siguiente estrofa las ratas volverán a correr por la penumbra del callejón.

Malos tiempos para el café con leche. Porque en torno a uno de esos brebajes, relaxing o no, suele reunirse gente a la que le da por pensar, tremenda osadía, adónde vamos a parar. Nos queda juntarnos de noche a tomar lacasitos con chocolate junto al árbol de Vodafone, y ojo aún así, no vayan a disolvernos en cinco minutos. La bebida oficial, y próximamente la única permitida, será el Red Bull, que te pone espídico, fomenta que el pueblo produzca de verdad, con energía y disciplina, y nos dejamos de excentricidades. Y las madres a tejer jerseys, como está mandado. Nos están enseñando el camino recto y correcto, no se nos ocurra salir a la calle cuando hay gente, ¿y si no volvemos?.

Esas perversiones, como la literatura y esas cosas, ya nos las van a quitar de la cabeza. Idear historias y contarlas es peligroso, eso no lo haría nunca alguien de buen parecer, trabajo de banquero bien retribuido, a ver si aprendemos de una vez. Nos vamos a enterar de lo que vale un peine, porque ni una horquilla nos vamos a poder comprar. ¿A quién se le ocurre quejarse de que suba el metro y suba la luz y se congele el salario mínimo, pero qué nos habremos creído? Esos juntaletras desquiciados y descastados que no hacen más que envenenar la mente de la gente de bien, mejor prohibamos escribir, y nuestros nobles vecinos esbozarán una sonrisa blanca y pura. Sí, eran tan pésimos los tiempos que German Coppini que se ha marchado, y aquí nos ha dejado. Con toda la gente que dan miedo, mienten siempre.

P.D. Naturalmente, todas las frases en negrita son (sic) Germán Coppini. Gracias, maestro.

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