Feliz Navidad, Míster Spain

Foto Jesús Diges, EfeLa Naturaleza no entiende de navidades, y no me refiero a las ciclogénesis explosivas –otrora llamadas invierno– sino a que también en estos días la gente sufre, enferma y se muere. No ya los miles que por el mundo lo hacen también aunque sea Nochebuena, que además eso no es naturaleza sino otra cosa. Quiero decir mucho más cerca, en cualquier familia, y cada uno sabe, ha tenido y tiene lo suyo. Charles Dickens nos contó una ilusión, una historia bonita para entretenerse y emocionarse, pero eso no quiere decir que su cuento se vaya a reproducir en las vidas de este y aquel, y mucho menos que consiga terminar igual. A Míster Scrooge le visitaron tres fantasmas la noche que había despedido a su empleado y dejado morir de frío a un mendigo, pero hoy sabemos de muchos Míster C…, H… o J…, complétense los puntos suspensivos a consideración, a los que nadie va a visitar, porque ya no dan abasto los espíritus o porque simplemente tienen otras prioridades. Y a buen seguro que muchos miserables hoy van a ponerse morados de langostinos y a abotargarse con los licores. Después dormirán a pierna suelta, salvo que cada uno tuviéramos la facultad de convertirnos en su fantasma toca-pelotas particular.

Las navidades son para los que no tienen recuerdos, me dijeron hace ya mucho tiempo. Para los niños, se entiende. Los que los tienen pueden al menos distraerse viéndolos disfrutar y admirarse de la destreza con la que hacen sus primeros pinitos en el deporte de la ambición –quien sea excepción a la regla bien lo sabrá y no hace falta que nadie se lo diga. Los que no los tenemos, pues nos toca aguantar cándidamente la euforia de los peques y las babas de los mayores. Como esquivar a los que vienen absolutamente perjudicados de las “entrañables” cenas. Como sobrevivir a las torrenteras humanas que bajan arrasándolo todo y se afanan por comprarlo todo a tiempo y en forma. Por lo demás, sobrellevar la impenitente sucesión de rituales que indefectiblemente se repiten año tras año igual. Y los recuerdos. Efectivamente, esos perviven y además van engrosando la memoria y pesando más. Este año también hay una llamada menos que hacer.

Pero algo de Dickens sí van a tener estas navidades de hoy. En aquellos tiempos victorianos, el 26 de diciembre se despachaban cajas con las viandas sobrantes de las comilonas de las familias pudientes, y las hacían llegar a la plebe que no tenía para pagarse la uña de un pavo. Pasado mañana, con un poco de suerte, los contenedores de las calles irán bien surtidos, y miles de españoles podrán salir a hacer su compra navideña, aunque ese desfile no se retransmitirá en directo por ninguna televisión. Rebañarán la carne pegada al hueso mientras gozarán de la inmensa suerte de ser felicitados por sus rectos “benefactores de la patria”, a los que verán emerger en sus pantallas vestidos de pingüino, con los ojos brillantes, sus discursos babosos y siempre blandiendo su invencible espada de orden y prosperidad. Y se abrazarán, partícipes de esa felicidad institucional que la tradición vasalla les ha hecho tener a bien aceptar, vivan como vivan y estén como estén.

La Navidad podría significar muchas cosas o absolutamente nada, según cada uno su credo, su carácter festivo o simplemente sus ganas. Pero tal como se conciben en este tiempo, en lo que han derivado mayoritariamente es en ese estado de exaltación de la amistad que sobreviene en los instantes previos a la intoxicación etílica, solo que en este caso con una dimensión plenamente global. Si no vas piripi, es que no tienes espíritu navideño, y a eso se ha terminado por reducir la cuestión. Lo malo es que, a más pobres, peor alcohol y peor sienta, y no digamos si te lo tienes que aplicar en la oscura calle, desnuda ya de los adornos de otro tiempo, a la intemperie del invierno, perdón, de la ciclogénesis explosiva. Es lo que nos han dejado, lo que nos han deparado y, lo que es peor, lo que estamos asumiendo. Feliz Navidad, Míster Spain.

P.D. Para intentar tener un buen rato a pesar de todo, o el mejor posible, yo me he provisto de un pan wasa, una botella de vino, otra de cava y una modesta caja de bombones. Si te apuntas a mi fiesta, ya le añadiremos algo de jamoncito y queso al pan wasa.

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