Cuéllar, el Jefe de Toros

Cuéllar, el Jefe de Toros I

 

 

Presumen en Cuéllar de que sus fiestas son más antiguas que los Sanfermines, y que fue el Duque de Alburquerque el que las descubrió y se las llevó para allá. El caso es que nunca estuve en las de Pamplona pero sí en estas, y puedo asegurar que el primer día de “Toros” que es como allí las llaman, se hace muy largo y cuidadito con el agua que bebas. Ese sábado que precede al último domingo de agosto empieza con el pregón y termina… Bueno, de madrugada cuando ya has perdido la noción te meten en un coche, viajas dormido y cuando te sacan, resucitas. Se te pasa toda la tontería en cuanto te golpea ese gélido airón de la Dehesa. Y se te quita el hipo que te quede nada más asistes al panorama que te ponen delante. Cuando se abra el portón y el mundo se ponga en movimiento, no tienes otra que estar bien despierto porque detrás de toda esa polvareda viene la manada de astados.

Y aquí es donde entra en acción el comandante Braguillas, el jefe de los caballistas. A diferencia de los de San Fermín, los encierros de Cuéllar no son completamente urbanos, discurren cinco kilómetros por todo ese campo castellano entre praderas y pinares. Los caballos llevan a los toros, a mitad de recorrido hacen una parada para controlar el tiempo, los unos pastan, los otros vigilan y los que cabalgan echan su trago de anís. A la hora convenida dejan a la manada en El Embudo, el punto en el que el sendero se convierte en calle, donde las lomas hacen de tribunas desde las que la gente se lleva una perspectiva inolvidable y algún no menos inolvidable susto, ¿quién ha dicho que esos animalitos no trepan las pendientes? Como un morlaco se suba por ahí ya se ha montado el lío. A partir de ahí el encierro se desarrolla tal como los conocemos, con sus talanqueras, sus caídas y esas vicisitudes. Entonces el Braguillas, que ha dirigido toda la operación, ya ha dejado el relevo a los corredores y se retira con su tropa a descansar y a celebrar el deber cumplido.

Porque ahí empieza la tercera etapa imprescindible de estos actos. El comandante agasaja a su gente con un almuerzo como es debido, nada de mariconadas. A los invitados con enchufe nos dejan colarnos, asistir al consejo de sabios y caballistas y hasta participar. No hablando, que no tenemos nada relevante que decir ahí, y además tampoco vamos a tener ni tiempo. Porque sólo dará para llenar la mente y el cuerpo de sólidos argumentos, en los años que estuve no vi un Donut por allí. Y así es como regeneramos el ánimo vital y recobramos energía para afrontar otra noche. Cuando volví a casa después de mis primeras fiestas allá, creo que experimenté ciertamente mi primer jet lag.

Los siguientes años que fui procuré tomármelo con algo más de tranquilidad, pero nunca quise faltar al espectáculo de los toros saliendo de la Dehesa ni desde luego al posterior almuerzo en casa del comandante. Entonces fui llegando a la conclusión de que ni el alcalde ni el pregonero ni los santos a los que se venere allí, el verdadero Jefe de Toros era el Braguillas. Me parecía que todo giraba alrededor de él, no necesitaba decir mucho porque con su presencia ya mandaba justo lo necesario, y le bastaba un gesto para poner la tierra, el ganado y las personas en danza. Y si lo era de toros, también era el jefe de todo, porque aunque aquello no fuera Caná, fui testigo de cómo en las bodas de ese pueblo corría vino del bueno y se multiplicaban los lechazos y las nécoras. ¿Nécoras en mitad de Segovia? Anda, tú calla y come que ya estás hablando demasiado.

Pero los comandantes también pasan a mitos, y es lo que tiene noviembre, que salen demasiadas listas de ascensos. Al Braguillas ya se le había ido media vida –o puede que más- hace dos años, también justamente por noviembre. Y ahora ha entregado la que le quedaba. Ingenuo de mí, pienso nada más conocer la noticia que ya no podrá haber más fiestas si el Jefe ya no está. Pero vaya si las habrá, que ya dejó sentado y pactado que el tiempo no se detenga, que la Tierra siga dando vueltas en Cuéllar y además, para siempre, los caballos ya saben lo que tienen que hacer y los toros por dónde ir.

Cuéllar, el Jefe de Toros II

2 Comments

  1. Cuando empecé a leerlo me preguntaba que hace una crónica de las fiestas de Cuéllar en Noviembre, y conforme comenzaba la lectura me iba temiendo lo peor. Yo también viví esas fiestas y lo clavas.
    También uno tiene amigos por esas tierras. Y ese año ya iba uno aliñado con las fiestas de Sepúlveda, previa a las de Cuéllar.
    Como me quedaban días de disfrute allá que me llevaron y me contaron como eran. Y sí, la jornada de encierro es como una peli de Ben Hur, por lo que dura.
    Comenzamos la noche con sus vinos, sus copitas, sus copitas, sus vinitos…..así hasta la hora de irse a esa dehesa para coger sitio y ver como salían esos bichos. Yo nada más que iba localizando algún árbol para poder subirme, viendo el plan. Porque allí lo de los burladeros y esas cosas como que no. Muchos caballos, y mucho, mucho campo.
    Por fin llegó la hora y los toracos fueron llevados perfectamente por esa cuadrilla de caballos hasta la loma donde pararon para desayunar o almorzar, porque ya no sé como llamar a los tramos de comida en esta tierra. A las cenas les llaman meriendas….en fin.
    Nosotros nos fuimos yendo para el pueblo a esperarlos entre anises y algún que otro cubata aún suelto.
    Y que no llegaban, y yo que cada vez se me hacía aquello más largo. Hasta que de repente tras una nube de humo aparecen los toros y como si vieras una etapa de ciclismo a pie de carretera, ni te enteras.
    Ea, ya se ha acabado menos mal, por fin nos podemos ir a dormir. JA, que te crees tu eso.
    Ahora hay que ir a almorzar. Lo que decía antes, las 9 de la mañana y a almorzar. Me llevaron a un chalet de uno de los presentes, y allí la madre del ínclito nos tenía preparado el almuerzo del fin de la humanidad. Cuando vi aquello todo lo ingerido la noche anterior y esa mañana se me subió hasta donde pudo y a partir de ahí no cuento más. Solo sé que me despertaron acostado en el asiento de atrás de un coche y de ahí me fui para Sevilla con una caraja espectacular. ¡VIVA CUELLAR!

  2. El Braguillas es ya una institución en Cuellar y le recordaremos con ese porte y ese silencio que acojonaba pero que sabías era una postura de jefe de la manada….. por debajo mucha nobleza y buena gente…. Los almuerzos en su casa en dos palabras: im presionantes…… a mi allí me llamaban el “callado”…. os podéis imaginar que me sentaba a la vera de las chuletas y solo abría la boca para engullir una tras otra…. buenos tiempos….. sobre los toros y los requiebros para escapar de ellos y de algunos humanos daría para escribir un libro……… ahora pienso lo que hemos llegado a beber y comer por esas tierras y casi me parece irreal….. un no parar……

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