El Comunicador mentiroso

El comunicador mentirosoLo peor que le puede suceder a alguien que se presente ante la opinión pública es que le tachen de falso. Que lo sea o no, va en la calidad de la condición humana del personaje. Aquí hablamos de comunicar. Presuponemos que cuando se sale a la palestra hay que decir siempre la verdad. Si ésta es delicada, inconveniente, perjudicial y en definitiva peligrosa, ya tocará, según el caso, cuidarse de dulcificarla, procurar no entrar en el asunto o, simplemente, esperar a otra ocasión para comparecer. Pero nunca mentir. Desde el punto de vista ético, por razones obvias. Desde la perspectiva de la Comunicación, porque si te pillan estás muerto.

Entre ser mentiroso y parecerlo hay una delgada línea, lo primero hay quien lo disimula muy bien, pero lo segundo te llevará indefectiblemente a lo primero. El sábado pasado escuchaba en la radio a un ministro que concedía una entrevista a un programa de cine, no porque fuera su ramo sino porque necesitaba congraciarse con esta industria, y no hace falta que dé muchas más señas. Cualquiera que también le escuchara estará de acuerdo conmigo en que no consiguió en absoluto su objetivo. Intentó denodadamente demostrar lo que le gustaba, lo que apoyaba y lo que sabía del séptimo arte, y no hizo más que delatarse repetidamente –Todo para mi madre, esa gran película de Almodóvar (fin de la cita)-, adoptando además un tono de peloteo que resultaba hasta baboso y cercenaba la poca credibilidad que le podía quedar. Lo que pasa es que estoy seguro de que el ministro se quedó muy satisfecho con su intervención, y seguro de haber recuperado buena parte del favor que los profesionales de este sector le han negado por sus hechos y por sus comentarios. Pero en ese mundo viven los políticos, que a veces se creen que sus audiencias son bobas.

Cuando se pretende defender una postura, vender un producto, convencer a la audiencia, hay que dotarse de argumentos que refrenden el mensaje. Pero estos han de ser sólidos, documentados y contrastables. Si das un dato tomado al vuelo y te lo rebaten en directo –o te lo creen de primeras pero luego sale alguien a demostrar que era inexacto-, se te cae todo lo demás que hayas dicho, por muy bonito y verdadero que fuera. Para la gran mayoría de la audiencia serás un MENTIROSO.

Si te falla la memoria, no la tientes, no asegures lo que no recuerdes perfectamente, matiza que quizás te equivoques, concédete un margen de error, porque si no, probablemente sucederá que alguien con más memoria que tú –o con la documentación en la mano- te deje en evidencia. Y quedarás como un MENTIROSO.

Y desde luego, no subestimes la memoria de los demás. Cierto que hay quien la tiene de pez, y no ya entre los espectadores, sino también algunos medios y profesionales de la información. Pero nunca sostengas una falacia amparándote en que nadie se va a acordar de lo que realmente fue. Como ese presuntuoso entrenador que se jactó de haber dirigido a un famoso futbolista brasileño, cuando bastaba echar la mirada atrás con un poco de perspectiva para constatar que nunca le entrenó porque cuando ese jugador estuvo en su equipo él era el ayudante –o traductor- del técnico que estaba al cargo. Por lo tanto ese día se comportó como un MENTIROSO. Esta en realidad es ésta una anécdota ilustrativa pero menor, porque hoy día vemos aplicar esa táctica cuando se trata de temas mucho más trascendentes. Y ya digo que ciertos medios de Comunicación actúan como cómplices de ella, cierto que a veces la desmemoria es justificable y perdonable, pero otras resulta de todo punto intencionada. Si tuviéramos verdaderas hemerotecas públicas online… pero ese ya es otro tema.

Muchas veces se miente no ya por lo que se dice, sino por la forma de decirlo. A todos nos pasa, cuando entramos en un bar o en cualquier establecimiento, que nos incomoda el camarero o dependiente que nos trata con excesiva amabilidad, nos “regala” con una cova exagerada y dándonos conversación que no viene a cuento, como necesitado de ganarse nuestro aprecio. Casi preferiríamos en ese momento al que nos recibe seco y distante. Lo mismo pasa cuando un personaje sale en los medios y nos abruma con un discurso edulcorado y adulador. No nos lo creemos, nos da por elucubrar que su propuesta lleva gato encerrado. Es verdad que, por la razón que sea, tendemos a creer más a quien nos habla enfadado que a quien lo hace sonriendo. Pero cuidado porque esto lo saben no pocos artistas de la Comunicación, y las poses también son parte del mensaje.

Luego están las dudas, las vacilaciones, las rectificaciones. Desconfiamos del que habla balbuceando, denota inseguridad, y muchos cursos de portavoces ponen su énfasis en paliar este defecto. Pero mucho peor es cuando lo que balbucean son los El comunicador mentiroso IIcontenidos. Una acción de comunicación concreta –entrevista, artículo, discurso en público…- normlamente no es un hecho aislado, lo suyo es que forme parte de una estrategia integral. Y ésta debe ser sólida, coherente, sabiendo siempre qué se quiere decir a quién y en qué escenario. Es preferible un portavoz que se exprese con alguna dificultad –al fin y al cabo la naturalidad no deja de ser un grado, y además todo es susceptible de perfeccionar- que un tenor de los micrófonos –o un Cervantes del papel- que nos cambie de canción o de novela a la mitad. Si se confunde o se desorienta a la audiencia, ésta tendrá razones para sentirse engañada. Y actuará en consecuencia.

En definitiva, el comunicador mentiroso no es sólo y necesariamente el que difunde falsedades. Es el que no transmite verdad. En sus contenidos y en sus formas. Como lo del César me dirán, pero esto tiene más que ver con la esencia que con la apariencia. La interacción de las marcas, las entidades y las personalidades con sus públicos hoy tiene muchos canales en los que manifestarse e innumerables formas de producirse, con lo que la reputación está más expuesta que nunca. Y cualquier renuncio puede costar muy caro. Ser sincero en la vida depende de uno mismo, pero comunicar íntegra y honestamente requiere además un excelente dominio, una buena preparación. Y no es cuestión de aparentar…

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