Los donjuanes de la Comunicación

Donjuanes de la Comunicación“¿No es verdad, ángel de la difusión, que en esta apartada exclusiva más pura la noticia brilla y si me la publicas respirarás mejor?”. Lo que hay que hacer a veces para convencer al periodista… Porque sí, mucho zombi, brujas y fenómenos sobrenaturales nos evocan estos días, precisamente el año pasado citábamos algunos de los que atañen a esta romántica profesión del comunicador Comunicación, brujería y otros efectos raros. Pero más allá de sustos y horrores ciertamente importados, lo muy nuestro, aparte de los santos, que también haylos en esto, siempre fue el Don Juan. Y algunos de la Comunicación se las pintan solas. Grandes maestros en seducir, en engatusar, en arrancar esa portada, y después si te he visto no me acuerdo. Bueno, de todo hay, tampoco vamos a generalizar. Existen donjuanes honrados, comprometidos y respetuosos con su profesión y la de los demás. Pero ay como des con un sátiro…

“Cuan difaman estos canallas de la prensa, pero mal rayo me parta si, en redactando este comunicado, no pagan caras sus informaciones”. Sí, este es un ejemplo del pendenciero, el que actúa como azote y castigo del periodista. Obstaculizar su trabajo es de lo menos maligno de sus prácticas. Ni una facilidad, ni una licencia, ni una mínima concesión. Además suelen dominar todos los entresijos del convento, y no se les pasa ni una. Las novicias de su organización están completamente entregadas, cuando no atemorizadas, y no se les va a poder sacar ni media confesión. Pero también sabe ser malignamente sutil: si el incauto plumilla le viene con una conquista, una bella primicia que piensa publicar, y pretende contrastarla, el burlador le dejará tirar adelante, sabiendo que la información es errónea y mañana él va a dar la buena, la que es. Y le abocará a la más denigrante evidencia.

Empresas hay que anhelan contratar a cierta clase de donjuanes que saben que les garantizarán una buena presencia en los medios, y poco les importa cómo se las arreglen para conseguirlas. Si “la razón atropellaron, si la verdad escarnecieron, si el rigor burlaron y a la gente vendieron”, cosa suya es, lo que importa es que sepan mantener su reputación bien guardada. Pero con cuidado deben andarse porque a veces no todo vale. Bajo promesas irrechazables y apuestas innombrables, personalidades y entidades hubo que, por obra y arte de valerosos asalta-honores en los que confiaron, “en todas partes dejaron memoria amarga de ellos”.

Es cierto que el buen donjuan de la Comunicación “a las cabañas ha de bajar, a los palacios subir y a algún que otro claustro escalar”. Va en su oficio. Pero a las novicias de la prensa no se las debe atraer con engaños, si no con buenos y sólidos argumentos. Y su vocación ha de ser establecer una relación duradera. Contrariamente al Tenorio de Zorrilla, para quien desee ejercer su profesión fructíferamente no es de recibo “un día para “enamorar” al periodista, otro para conseguir su favor, otro para abandonarle, dos para sustituirle y una hora para olvidarle”. Si sigue trabajando, indefectiblemente habrá de volver al mismo convento. Y no querrá que le reciban como comendadores de piedra. Que pétreos son los líderes de opinión y las redacciones cuando les da por no hacer caso.

En este gremio de donjuanes predominan en realidad los honestos y casi nunca bien pagados. Pero como de todo hay, según con quien de, cuidado también con “jurarle al punto capitán por más valiente, y que aunque júreles él amistad franca, bien pueden a la noche siguiente huir y dejarles sin blanca”. Suelen ser los más fanfarrones, los que por ahí van pregonando conquistas y pendencias, y se retan con sus iguales a ver quién ha dejado más almas deshonradas: “búsquenle los reñidores, cérquenle los jugadores; quien se precie que le ataje; a ver si hay quien la aventaje en juego, en lid o en amores”. Pero luego serán los primeros en desaparecer si la cosa se pone fea.

Para los que la ejercen, la función de Comunicación tiene mucho, sí, de don Juan. Pero en su faceta noble, la de conquistador, valiente, conseguidor de hazañas y metas que a veces parecen imposibles. Merece la pena confiar en ellos y dejarles hacer. Del embaucador sin escrúpulos, que “cualquier empresa abarca si en oro o valor estriba”, mejor cubrirse. Al fin y al cabo, la buena imagen empresarial, personal, institucional… es asunto suficientemente serio como para encomendársela a un calavera. Si en cambio creen en la buena práctica, el ingenio, la creatividad y el ejercicio serio y sano de esta profesión, quedan muchos y “en su puerta este cartel: aquí está don (póngase cada uno su nombre) para quien quiera algo de él”.

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