Crisis en Christiania

El Expreso Nórdico, Capítulo VII (final)

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Las hermanas Zabaleta van casi todos los días a spinning, pero esta mañana de domingo no creo que vayan a tal, o eso supongo cuando me las encuentro justo a la salida del hotel. Claro que, por si acaso, les pregunto a qué hora dan la clase por aquí. Ya sabía que mi gimnasio es muy grande y va mucha gente, pero ahora confirmo que le cabe el mundo dentro.

Es nuestro último día en Copenhague, por extensión el último en estas tierras, y vamos a tener una crisis. Nos faltaba por visitar Christiania, la ciudad que dicen libre, paradigma de lo anti-sistema, consolidado y establecido desde hace ya 40 años. Habíamos estado muy cerca, cuando subimos a la espiral torre de Vor Frelsers (Nuestro Salvador), pero no habíamos llegado a adentrarnos en el barrio propiamente dicho. No habíamos contado ese día que fue una maravilla pasar el Puente de Christian, el que lleva a la isla del mismo nombre, cruzarse con el desfile de bicicletas que de allí vienen, y cómo cambia el escenario una vez te ves allí. Hoy tomamos otro camino, por el bulevar que lleva al periférico barrio de Amagerbro, un paseo muy matino-dominical bajo un solazo, rodeando los bastiones de la isla y abordándola por detrás. En nada entramos por uno de los portones y estamos ya en territorio fuera de la ley. Que ya empieza a no serlo tanto, porque aún cuando mantienen sus disputas con el gobierno, ya no son tan “ilegales” sus rebeldes habitantes cuando están comprando colectivamente los terrenos que ocuparon en los años 70. Y cuando una cerveza te cuesta prácticamente lo mismo que en cualquier establecimiento de la capital. ¿No decíamos que aquí no pagan impuestos? Le queda, eso sí, el ingrediente pintoresco, los mercadillos de artesanía, el olor a hierba por doquier y esa impronta hippy harto decadente, teniendo en cuenta que los pioneros ya se han hecho bastante mayores. Me da que ya están aceptando convertirse en un reducto más para curiosos y turistas que otra cosa. Pero cuidado, que algo sí conserva esta gente de su contestatario espíritu fundacional. Y vamos con la prometida crisis.

Es cierto que no he visto mucha cámara, pero el caso es que me decido a sacar una foto en uno de los pasos más concurridos. Mientras estoy apuntando con mi Nokia, escucho a coro desde varios frentes un “fotos no”. Fuera en danés o en lo que fuera, lo capté al momento y además supe perfectamente que iba por mí. Y además comprendo enseguida, no hace falta que me lo expliquen, está claro que esta población digamos clandestina no quiere ser retratada y mucho menos reconocida por ahí, más ahora que cualquier imagen que tomas no la revelas y te la quedas en casa como antes, sino que puede dar la vuelta al mundo en cuestión de segundos. Pero esta reflexión se produce en centésimas de segundo. Porque fue escuchar esas voces y ya tenía a cuatro tipos encima de mí. Pido perdón, no lo sabía, no es mi intención… pero el más alto y larguirucho –le llamaré Jesper Mortensen-, que será el que se erija en mi interlocutor, ya me está echando la mano al móvil. De eso ni hablar, pienso, y trato de explicarle que no he hecho la foto y que ahora se las enseño todas para que vea que no hay nada. Que sí –balbuceo mientras hago apresurada memoria-, hice una allá arriba y la borro inmediatamente, no quiero problemas. Pero como el muchacho –de buenas maneras, eso sí, pero muy pertinaz- no para de incordiar con la manita, me está poniendo nervioso –más lo que me estoy poniendo yo- y en estas no soy capaz de encontrar la ruta en el menú para abrir el álbum de fotos. Se me abre el Facebook, inicio sesión en Internet, el correo electrónico, el whatsapp… me sale todo menos las dichosas fotos, vamos que al pavo le va a parecer que es que no se las quiero mostrar. “Get relax” me dice, y pienso “sí macho, pero tú déjame un poquito en paz y ahora te las enseño, si soy yo el que está deseando”. Cuando al fin doy con el iconito y se abre la galería, no me da tiempo ni a pasarlas, ya está el tío deslizando el dedito por la pantalla táctil para comprobar que, en efecto, la que estaba disparando ha dado en el suelo y en cuanto a la otra… “ ah perfecto, es una foto de una calle, no se ve a nadie”. Y ya tan colega me deja ir, hago intención de explicarle algo en plan conciliador, pero mejor déjalo no lo vayamos a “arreglar”, un trémulo “I’m sorry” y vámonos de aquí. Estoy sudando como un pollo. Así a la salida tomaré otra –aún me quedan h… ya me vale- pero esta será la típica foto que todo el mundo saca allí, la que encabeza este post. Adiós Christiania, ha sido un verdadero placer. Me voy a tomar una cerveza en la UE para recobrar el aliento.

Por cierto que, no sé si paradoja o con toda la intención, nada más entrar en la oficialidad europea y dejar la isla por el ya citado Puente de Christian, con lo que te topas es con el Palacio de Christiansborg. Que entre otras muchas cosas alberga el parlamento danés, la oficina del primer ministro, los principales ministerios, el Tribunal Supremo, salones para actos oficiales, dependencias para uso de la Corona, capilla y por supuesto una soberbia torre. La división de poderes en este país será real y práctica, pero no física. Y el Estado se ahorra unos buenos dineros para que los elevados impuestos que pagan los cinco millones y medio de daneses –descontados los 800 de Christiania- se empleen en cosas verdaderamente importantes.

Todos estos sucesos y pensamientos me distraen de la inapelable realidad: estamos llegando al final. Esteban es el camarero de Huelva que trabaja en NyHavn, sí, en el pub escocés de siempre. Le pido los arenques picantes, para terminar con algo típico. Están ricos pero ya sé que donde estén unos boquerones de allí… La subida a la Rundetårn (Torre Redonda) es menos agresiva que la del otro día, pero la vista más redonda, en efecto, aún cuando no tan vertical. O que la disfruto más porque impone menos. Todas las demás torres de Copenhague están ahí, perfectamente formadas. La hora feliz en el Streckers –pero sólo de Carlsberg, a 30 coronas que no está nada mal- y mi obligada última visita al Mojo cumplirán el ritual de aliviar la pesadumbre. Aunque por breve, buena gente la que he conocido en este viaje. “¿Qué te fuiste hasta GØteborg, tres horas en tren? Pero si yo lo más que he hecho es hora y media, lo que se tarda en llegar a la otra punta de Dinamarca”. Cómo les gusta a estos daneses darte conversación en cualquier bar, pero Kasper Friis es de los que han viajado poco. A mí el próximo expreso nórdico ya sólo me llevará hasta el avión de vuelta.

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***

Tres horas y media después de preguntarme, cómo es de rigor, qué hacía yo en el aeropuerto de Kastrup tomando un vuelo Norwegian 3704 con destino a Madrid, ya en el infame autoservicio de la T1 de Barajas, tendré la sensación de que ha pasado bastante más tiempo que estos siete escasos días desde que salí de aquí mismo. Mi primera experiencia nórdica ha entrado de lleno, ha dado mucho de sí, y lo que me más me gusta decir después de viajes como este es que he aprendido un montón de cosas. En buena parte, en la mayor, tengo que agradecérselo a toda esta gente que me he ido encontrando por los distintos lugares que he visitado, con la que en general fue tan fácil hablar, y bueno, varios de los cuales han ido apareciendo por aquí con alias de futbolistas, ciclistas y otros deportistas y personajes, daneses y suecos. Ahora, mientras empiezo a sentir las primeras molestias de lo que será una tendinitis que me tendrá dos días prácticamente manco –lo achacaré al trolley por esos empedrados suecos, pero vete saber-, empiezo a reunir ideas, recuerdos, imágenes y sensaciones –ya que en esta ocasión no tomé ni un apunte- para construir esta historia, que así ha quedado. Y que pensaba que esta vez iba a tener uno menos a quien contársela. Pero se la he contado igual.

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