Göteborg, los vikingos en tierra

El Expreso Nórdico, capítulo IV

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Hemos procurado que los hoteles nos queden cerca de las estaciones centrales de tren. Y así es en Göteborg, unos 300 metros… en línea recta. No nos engañemos, el acceso es sumamente fácil. Sí, para quien ya haya estado alguna vez: saliendo de la estación hay que sortear la ancha y transitada avenida que te recibe, en la acera de enfrente adentrarnos en Norstaden, una inmensa galería comercial, una vez en la calle central de ésta, tirar hacia la derecha buscando la salida, subir unas escaleras que conducen a un puente elevado cubierto que cruza una circunvalación. Una vez bajando ya se ve el río y en línea recta se divisa el barco vikingo, hay que llegar hasta él –aunque en estos momentos ni advertimos lo que realmente es- para dejarlo a la derecha, pasar un breve pasadizo bajo el Götteborgs-utkiken, que es un centro de negocios, y ya al fondo por el embarcadero lo vemos. Si nos lo explicó perfectamente el bueno de Tomas Nylander, el único que lo sabía de todos a los que fuimos a preguntar, solo que también el único que no hablaba inglés. Por otro lado, un detalle que hemos empezado a apreciar ayer en Malmö, y que ya vamos advirtiendo que es una constante en Suecia: aquí las calzadas y las aceras son predominantemente adoquinadas, unas más suaves, otras pura pedrería. Supongo que porque así el piso soportará mejor el frío, las lluvias y las heladas. Pero para el trolley es un cierto problema. Y para el brazo que tira de él, una señora tortura.

Hasta este episodio, han sido tres horas de tren, con poco paisaje que admirar porque hoy, por fin, ha tocado mal tiempo en la parte baja de Escandinavia. El otoño que ya avisa, aunque no hace frío, habíamos optado por equipaje ligero y poca ropa de abrigo –a la vista de las previsiones- y vamos acertando, hoy estrenamos la manga larga. Y dormiremos en un barco: el Ibis Styles Göteborg City, después de todas las penalidades para alcanzarlo, es una auténtica maravilla de hotel por módico precio, además cómodo y acogedor. Ni una escalera que subir, la habitación junto al restaurante, la ventana al río Göta älv –de ahí el nombre de la ciudad- a poco ya de desembocar y que acoge el mayor puerto de toda la península, el único donde las aguas no se congelan en invierno. Si Malmö pareció plácida dentro de su mestizaje, esta se antoja una ciudad más peleona, en realidad como las que son o fueron portuarias. Es de las que se tuvieron que reconvertir –al estilo de Bilbao, Liverpool…- y sus nuevas salidas pasan por el turismo y la oferta cultural: teatros, museos, festivales, ferias y la mayor población universitaria de Escandinavia.

No está la tarde para grandes paseos, ni en barco ni a pie, pero da para acercarse al estadio Ullevi, que se ve desde la estación, y ya según te acercas se aprecia su atractiva arquitectura, como un galeón, y gradas coloristas que se dejan ver desde fuera. Aparte hitos futbolísticos que recordemos, aquí entró triunfal Martín Fiz para conquistar la medalla de oro de maratón en los Mundiales de Atletismo de 1995. Pero la ruta imprescindible es la simplemente llamada Avenyn –su verdadero nombre es interminable- , un bulevar que asciende desde el formidable Stora Teater hasta la ilustrada Götaplatsen, y luego hay que descenderla por la otra acera, unos 2 km ida y vuelta. Göteborg es de estas donde el Norte se representa en ciudad, rigurosa 08082013702impronta remarcada por el día gris, con sus tranvías y sus amplias plazas, la principal montada sobre un canal. Por cierto que la construyeron holandeses, según parece porque tenían experiencia en levantar urbes sobre terrenos pantanosos e inestables. El barco vikingo de cuatro mástiles, que se divisa desde lejos, confiere personalidad a cualquier vista hacia allí orientada. Como ya hemos dicho que está de camino al hotel, nos pararemos un montón de veces ante él evocando hazañas, desembarcos, abordajes o incluso si habremos visto a Tejure por aquí. El lado no romántico de la historia es que en realidad fue construido en 1906 a semejanza de aquellos, fue buque escuela, vive atracado aquí desde 1950 y actualmente ejerce como restaurante y hotel.

Por el centro hay bares y restaurantes españoles, creo que todos de la misma cadena, ofreciendo tapas y pollo al chilindrón, pues que ellos lo disfruten. Y muchos pubs irlandeses o de estilo tal. En el Ölahallen tienen Smithwick’s de la auténtica, y Ole Svenson, el camarero, me la vende como si él fuera en realidad del mismo Kilkenny, o como si pensara que no se la voy a comprar. ¿Qué vale una cerveza en Suecia? Pues imposible calcular, que diría el portugués del chiste. Quiero decir que las he pagado a entre 5 y 8 euros aproximadamente, y nunca he conseguido cerciorar que los distintos precios mantuvieran relación con el sitio, la marca o el tamaño. Por ejemplo, las marcas locales no eran necesariamente más baratas, y una botella de 33 cl solía costar lo mismo que un vaso de 0,5 cl.

¿Y del pescado que hay? Pues sí, que hay salmón, arenques, gambas, calamares… pero lo que tiene un éxito inusitado por aquí es el Sushi, como si el dios japonés les hubiera venido a ver para darles nuevas alternativas a la hora de preparar y degustar sus productos marinos. No obstante, el pez más apreciado de esta zona resguardada entre el Báltico y el Mar del Norte es el rödspätta, dígase plaice en inglés, y en español… platija. Lo pruebo en el Bee Kök och Bar, en pleno centro antiguo, y ciertamente está exquisito. Luego me explicarán que en realidad esta zona no es tan prolífica en buena pesca, como sí lo es la costa Oeste de Escandinavia, la que baña el Atlántico, y por eso es Noruega la que parte el bacalao, el salmón y todo lo demás.

Pero cuidado, que hoy los vikingos se han quedado en tierra. El bar más animado se llama Tranquilo, es un diríase mexicano que tiene sesión de salsa, y ahí encontramos a suec@s y latin@s, sí, pero también turc@s, african@s, asiátic@s, unos y otros consagrados a su más o menos desaforada forma de interpretar los bailes caribeños. En todo caso, mejor no quedarse en medio con la copa en la mano. Es una ciudad de marcha, pero nosotros ya vamos en retirada. Por el ya sabido de memoria paseo hasta el hotel oímos los estertores de una macro-discoteca al otro lado del río. Preferimos quedarnos a la entrada de nuestro barco, fumando un cigarro mientras observamos las estrellas ahora que el cielo ha abierto un poco. La de allá enfrente debe, tiene que ser la estrella polar. Y piensas, ¿cuántas veces a lo largo del año tenemos la oportunidad de estar así y ver esto, y cuántas realmente la tienen los de aquí?

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