La sirena escurridiza

El Expreso Nórdico, Capítulo II

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En todo viaje a cualquier sitio hay un “mandao”, algo que inevitablemente hay que ver o hacer. “¿Has visto la sirenita?”. Y claro, ¿cómo vas a decirle que no? Así que ese va a ser uno de los deberes para nuestro segundo día en Copenhague. “¿A que te pareció muy pequeña?” Y escurridiza, añadiré. Entiéndanme, no es que intentara subirme a ella o yo que sé que vayan a pensar, que además ya imagino que ese bronce tan bañado no estará como para marcarse un ballet sobre su cabellera. Quiero decir que suponía que la tarea iba a ser más fácil. No sé si le habrá pasado a otros, pero uno que usa llevar el plano como recurso, procura consultarlo lo menos posible, ir andando y ver lo que se encuentra y, todo lo más, si no está muy claro, mirar la chuleta a ver qué es. Pues nos hacíamos la idea de que estaría, sí, en el puerto, más o menos a la altura del Palacio de Amalienborg. Y andandito por el muelle íbamos bajo el solazo cuando lo que se nos aparece es un David, el de Miguel Ángel, a tamaño natural. ¿Me estará sentando mal este calor? Y sigues camino, cruzas un parque, pasas por una iglesia, un puente… ya te empiezas a mosquear un poco. Por fin, allá al final, ya divisas un corro de gente, ahí tiene que estar. Y en efecto mírala, tan poca cosa pero tan solicitada, con sus patorras y su torso brillante sobre las piedras. La imaginas feliz y, sin embargo, sabes de las penalidades por las que ha tenido que pasar la pobre, las veces que le han cortado la cabeza, la han vestido con mal gusto o la han pintado de todos los colores. Armarse de paciencia toca para poder sacarle una foto sin bicho, esto es, con el careto de un turista asomando o la mano de su prima surcando el paisaje. Y sólo un poquito de cuidado para no romperse la crisma en el húmedo pedregal. Lo dicho, y reitero, escurridiza la sirena.

Por lo demás, esta historia nos sirve para contar cosas, pero también para ofrecer información de servicio, consejos útiles. La octogonal Plaza de Amalienborg alberga el palacio del mismo nombre, donde reside la familia real danesa. Su diseño mantiene una bien cuidada simetría, rematada por la Iglesia de Mármol –así la llaman a la Frederiks Kirke- que preside desde la avenida que entra en dirección al mar. Diríase un Buckingham en pequeño, además con su guardia real y todo, esta con casaca azul oscuro –roja si va de gala, pero hoy no toca- y sus mismos cascos de piel de oso. Si cruzas la plaza a eso de las 12.00h y en realidad vas de paso porque ya la viste antes, te puede extrañar advertir una larga cola de gente esperando, y te preguntas para qué será. Y aquí la cuestión clave: si optas por no detenerte y buscas un espacio más despejado para ir más deprisa, si de pronto te topas de frente, a escasos metros, con una hilera de estos soldados reales perfectamente formada, si miras hacia atrás y lo que tienes es otra hilera igual exactamente enfrentada a la anterior… macho, es que esto es el cambio de guardia y tú te has metido en todo el medio. Y la cola que creíste no era tal, sino el corrillo de gente que está presenciando la ceremonia. ¿Modo de proceder en esta singular situación? Ante todo, naturalidad. Lo que se recomienda es, sin aspavientos ni giros bruscos, variar el sentido de tus pasos tomando la diagonal opuesta, esto es, dejando a los uniformados progresivamente a tu derecha en lugar de estamparte contra ellos. Y no se te ocurra mirar atrás ni tratar de explicar nada. Como dicen los expertos en protocolo, cuando se mete la pata, mejor no sacarla. Sabes que posiblemente habrás provocado la carcajada de la mañana y que habrás salido en decenas de fotos, serán fotos con bicho que está vez eres tú, además con ese polo verde que tan bien se ve y se distingue. Al fin y al cabo, este ritual es más modesto que el londinense, por eso mismo esto no te pasaría nunca allí. Claro que tampoco lo verás nunca tan de cerca.

06082013667Decíamos que Copenhague es ciudad observada desde grandes y espectaculares torres, y no podíamos pasar sin subirnos a una de ellas. He elegido la que de lejos más me llama porque me parece la más original, además de su notable verticalidad: la de la luterana iglesia de Nuestro Salvador, en la Isla de Christian. Claro que, una vez metido ahí dentro, siempre me pregunto para qué hago yo estas cosas, por esos espacios estrechos, a veces claustrofóbicos, subiendo primero y luego escalando peldaños, procurando no mirar hacia abajo… lo peor es cuando te encuentras con gente que baja, y sobre todo cuando algún pesado se te para delante, en el punto más crítico, para tomar una foto o porque no sabe si seguir o quedarse. La parte final es a la intemperie por una escalera espiral, sí, la dorada que se ve de tan lejos, azotado en firme por el viento pero al menos bien pertrechado por la maravillosa y ¡alta! barandilla áurea. Eso sí, una vez arriba, la cara de susto no te la quita nadie, con tan poco margen para moverse y todo ese vacío a tu alrededor. Siempre me ha costado sacar fotos desde esas alturas, soy más de un vistazo rápido y marcharme. Pero alguna salió esta vez, ahí queda, déjenme paso que me bajo ya. Una vez en tierra firme, siempre te alegras de haberlo hecho y las vistas, aunque fugaces, ya te quedan para siempre.

Son episodios rescatados de un día muy largo en vivencias y en kilómetros andados. Y caluroso. Si no es por el poderoso aire del Estrecho de Oresund, que de vez en cuando recordaba que para algo está, hubiéramos terminado derretidos. De lo que no nos libra es de tener que darnos cremita, llámenme exagerado pero este cogote y esta frente ardían al llegar al hotel. Y las piernas y el ánimo lo acusan cuando salimos a dar nuestro paseo nocturno. Como Vesterbro sigue sin llamarnos, iremos a tiro fijo y plan seguro: unas Carlsberg oscuras en magnífica compañía y al calor de la guitarra de Pancho Belaunde, que sudamericano resultará ser –no sé de qué país- el maestro de la voz ronca que habíamos conocido ayer, el que toca en el Streckers, de Elvis a Kings of Leon pasando por todo lo demás. Terminamos nuestra primera etapa en Copenhague y nos quedan 100 coronas. Si dan para comprar mañana el billete de tren, objetivo cumplido.

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