Copenhague, abierta por verano

El Expreso Nórdico, Capítulo I

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Una ciudad en la que entras por la puerta y lo que te recibe es un señor parque de atracciones, con su bullicio y su adrenalina desatada, ya te está diciendo mucho. El Tivoli es el más antiguo del mundo, el más urbano y seguramente el más bonito. Marca de la casa, un chorro de vitalidad que te asalta tal que te bajas del tren. Pero tampoco hay que fiarse de todas las apariencias, o creerse que siempre va a ser así. Ya me lo explicará un camarero de Huelva que lleva cuatro años viviendo: “aquí la ciudad la cierran por septiembre y ya no la abren hasta mayo”. Y no será el frío o la lluvia lo que eche a la gente para atrás, sino la oscuridad. Según vengan septiembre, octubre, noviembre… esto será negro, más negro, muy negro y luego todavía un poco más. Pero ahora está abierta por verano, “el mejor de los últimos veinte años”, me dirán. Y encima es que está durando, se supone que por estas latitudes en agosto ya debiera empezar el otoño. Copenhague derrocha alegría y sol, los que se supone hartos de atender a los turistas te sonríen como si fueras el primero, y cuando intercambias unas palabras, todos, indefectiblemente, hacen alusión al buen tiempo.

Pero una vez aquí, mientras todavía no hemos completado la fase técnica, hay que intentar enterarse entre el jaleo. En las estaciones centrales ya se sabe que nadie es del lugar, pero al fin encontramos a Daniella Sorensen (1), pura eficiencia, que al segundo interpreta perfectamente el exiguo mapita que le enseño, sí, el de la hoja que imprimes cuando reservas por Booking. Efectivamente, el Cabinn City está inmejorablemente situado y, como se le esperaba, tiene todo lo estrictamente necesario para dejar la maleta, refrescarse y salir a andar. Para enterarnos de cómo funciona el mecanismo de la ducha ya tendremos tiempo.

Rápidamente comprendemos -qué razón tenías amigo mío, tanto hace veinte años como hoy- que esta urbe es un festival de torres. Por donde mires y de todas las formas: señoriales y solemnes, coloridas, afiladas y romas, sugerentes… Y además es de las que se andan solas. Basta seguir la corriente de los ríos –de gente, me refiero- para orientarse sin necesidad de planos, GPS y demás inventos. Kongens Nytorv pudiera ser de las plazas más pulcras y abiertas que haya conocido, pero una inoportuna obra en todo el medio nos priva de una perspectiva que adivinamos gloriosa. Y sin darnos cuenta, sin siquiera haber empezado a buscarla, estamos en Nyhavn –el Puerto Nuevo-, la postal por excelencia de Copenhague. Un canal insobornablemente nórdico, para admirarlo desde un lado y sortear las terrazas por el otro, al final nos sentaremos en la última, que terminará siendo la de siempre. No va a haber sorpresas, veníamos avisados: nada más salir del hotel, junto al decorado modernista del Tivoli, la primera cerveza, servida diligentemente por 60 dkk (algo más de 8 euros), perfecta, redonda, fabricada en el propio sitio, pero para que nos vayamos enterando. Disfrutemos entonces la atmósfera impagable, las vistas, de toda índole, y no lo pensemos mucho más. Como Anika Simonsen, que no para de mesa en mesa, menuda ella bandeja en ristre, se diría estresada, en cambio se la ve contenta.

StrogetSe antoja una ciudad ecléctica en los gustos y los usos, nórdica sí, pero con algo de alemán, de inglés, incluso de holandés. Las calles son straede y las plazas, plads, de modo que nos suena. Y restaurantes italianos a cada salto de mata, faltaría más. De vuelta por la arteria peatonal, decido pararme a cenar en Le President, un bistro que tiene prácticamente de todo –danés, mexicano, pizza, sushi…- y sobre todo tiene a Magdalea (2), que te cuida y te regala sonrisas, miradas claras y buena conversación. En seguida constataré que aquí el pub que se precie ha de tener música en directo y además buena. En el Streckers, por la misma vía principal genéricamente llamada StrØget, canta y toca la guitarra a pecho descubierto un tío en bermudas que suena como un trueno, a ratos recuerda a Johnny Cash, regala versiones de todo y todas suenan bien, sinceramente me sorprende el Living Next Door to Alice de los Smokie, tanto hacía que no la oía.

Presumíamos un largo atardecer, pero el uso horario marca que el plus de horas de luz se lo cobrarán de madrugada. Cruzando la estación, ahora hacia abajo, Vesterbro pasa por ser el barrio canalla y a la vez alternativo de Copenhague, pero en mi primera incursión descubro más de lo primero que de lo segundo, también es verdad que es lunes. Y me admiro de que haya bares que permiten fumar en el interior. La señora Skibby, que tenía casa en Málaga y regenta uno de ellos, me lo explicará ya el último día: la ley establece que, si el local tiene menos de 40 m2, no vende comida y consta de salida directa a la calle, el dueño puede elegir hacerlo de fumador o no.

Apurando la noche bordeo los muros del Tivoli, ya apagado, sus torres de tortura tenuemente iluminadas como para revelar esbeltas figuras antes insospechadas, quién sabe si segundas vidas. En esos pensamientos retorcidos vuelvo a la City, que es como se llama el barrio céntrico. Callejeando por donde ya no pasa casi nadie me encuentro con el Mojo, un viejo y humeante pub consagrado al blues que, con los días o mejor dicho las noches, dará mucho de sí. En realidad no será el último antes de retirarme por hoy, lo que pasa es que el siguiente no me dejará el mismo poso, y además es cuando caigo en que ya me he fundido la mitad de las coronas que me dieran en el aeropuerto por la tarde. A relajarse amigo, esto es Escandinavia.

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(1) Aviso, ya empiezo con los nombres imaginarios.

(2) Pero este sí que es un nombre real, así sin la “n”.

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