De la Ría al valle, lo que parece y no es

Ría de Vigo al atardecer

No son imágenes tomadas en dos confines del mundo distantes como los polos, sino a escasos kilómetros una de la otra. Del paraíso de la ría al edén del valle, la de Vigo y el de Tebra. No es la de Samil una playa que se diga solitaria ni salvaje, pero en ciertos atardeceres te regala este aspecto y esta vista. He de reconocer, eso sí, que ni yo mismo fui consciente de esa soledad cuando capturé la foto, de hecho no me encontraba en ese estado ni mucho menos. Salió así y es lo que queda. La mañana había sido dura, había amanecido gris y lluvioso, no podía ser de otra manera. Y lo que siguió, lo que fuimos reencontrando y encontrando, nos fue reparando hasta dejarnos el cuerpo medianamente arreglado, que no el alma, esa no había quien la levantara. Al menos nos quedan ese mar, ese cielo y esa luz.

En el Valle de Tebra las apariencias también engañan lo suyo. Pensarías haber llegado a un recóndito espacio a salvo del ruido mundano, en el que darte al retiro y por un día descansar, como en aquellos trabajados finales de etapa del caminante, que se gana una parada de reposo y reflexión. Luego viene lo inesperado. Que a escasos kilómetros dispongas de un reducto de civilización puede ser hasta concebible. Que te digan que te llevan a Las Colinas y lo único que haya que subir sea un escalón para entrar al inmenso y esa noche solitario comedor, perfectamente nutrido y todavía mejor atendido… hasta ahí se puede entender. Pero que dos curvas más allá, como quien dice, visitar el Club Social sea en realidad la excusa para darse a una sesión continua de licor café en un bar sin nombre ni marketing porque ya ves qué falta le hará… Y que, ya de vuelta algo complicada, sepas que te han ubicado el pub literalmente en el tejado de casa… A ver cómo se explica. Claro, así luego tu compañera ocasional de habitación –en este caso la gata- te mira no sabes si sin comprender o si comprendiéndolo todo.

Y todo hay que decirlo, unas y otras cosas, las vistas, las cenas y los chupitos, las contradicciones y las sorpresas, se vivieron en inmejorable compañía. Gracias por todo ello.

Valle de Tebra

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