Cuando el espionaje ya no es romántico

1404831_snow_owl_-_eyeCiertamente las historias de espías eran más bonitas antes. Ahora no hay nada de literatura, ni rastro de glamour, y el cine lo tiene complicado para crear escenas sugestivas con rostros como aquellos, compuestos de inteligencia y misterio. Pero ya sabemos que el espionaje existe y, aunque ya no es un arte, ahora es más efectivo que nunca. Generalizado, ya no hace falta ser político, militar o periodista para que a uno le sigan, basta una persona normal con un ordenador. Y ni siquiera sibilino como aquel. Al contrario, se ejerce ya sin disimulo en aras de la Seguridad, ese concepto gracias al cual en los últimos once años hemos devenido en más inseguros que vulnerables que nunca.

Ahora lo reconoce el Gobierno de los Estados Unidos, sí, la Administración del que fuera “mesías” Obama. Él mismo acaba de aseverar esto que aunque pueda parecer normal, es terrible: “no se puede tener 100% de privacidad y 100% de seguridad”. El gobierno británico se ha sumado a admitir que también se ha valido de esos datos que la National Security Agency obtenía de las grandes compañías tecnológicas a las que fiamos no ya nuestros datos, más o menos básicos, personales o íntimos, sino nuestros propios actos. Esto es, no ya nuestra edad, sino lo que buscamos en Google, no ya nuestros gustos musicales, sino a quién le hemos enviado un e-mail o le hemos mandado un mensaje por el iPhone, luego está claro que le conocemos.

Veremos qué otros gobiernos salen ahora y se demuestra que también están pendientes de sus ciudadanos. Pero en el fondo es lo de menos, en realidad el asunto viene de muy atrás. Hace ya tiempo que el almacenamiento y análisis de datos personales se convirtió en un mercado al alza. “El petróleo del siglo XXI”, afirmaba Stefan Gross-Selbeck, presidente de la red social Xing; “lo que crea valor y lidera la innovación hoy en Silicon Valley”·, según el experto en nuevas tecnologías Andrew Keen.

Y por cierto, la comisaria europea de Justicia, Viviane Reding, estimaba que “los datos pertenecen a las personas y si un usuario quiere retirar del servicio datos que ha puesto, debería poder hacerlo”. Con ello daba contenido al concepto que conocemos como Derecho al Olvido al Internet, que instituciones y empresas han venido defendiendo vigorosamente en los últimos años, y empresas han prestado servicios para ejercerlo, consiguiendo éxitos muy trabajados pero encontrándose con barreras insalvables en más de una ocasión ¿Qué puede decir ahora que la comisaria ahora que sabemos que son las propias entidades gubernamentales las que sacan provecho de esa información?

En efecto, si las empresas privadas ya eran reticentes a borrar los datos que las personas no queríamos que estuvieran ahí rodando por la Red –alegando lo difícil y costoso, pero en el fondo porque no pocas obtenían beneficios vendiéndole ese activo a terceros. ¿Qué aspiraciones de que nuestra foto o nuestro comentario en un blog desaparezca si a los propios estados les interesa tenerlos ahí, en aras de la “Seguridad”?

Lo dicho, antes era más romántico y arriesgado espiar. Pero ahora es mucho más eficaz. Y otra diferencia sustancial: ahora los que corremos riesgo somos nosotros.

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