La Comunicación tiene un precio pero… ¿lo tenemos nosotros?

La Comunicación tiene un precio...Todo en esta vida tiene un precio, y también el trabajo de los profesionales de la Comunicación. Sí, porque todavía queda a quien eso no termina de quedarle claro. Aún se sabe de reductos empresariales en los que se preguntan y luego te esperan “¿pero cuánto tengo que pagar para salir en…” sin cuadrarles que en realidad a quien deben pagar –esto es, contratar- es a un buen profesional o agencia, o tener alguien en su staff, que gestione su reputación y proyecte sus mensajes donde deban hacerse visibles, en medios de comunicación pero también en otros muchos sitios y escenarios, como veíamos el otro día. Y sin incurrir en otros costes, aparte de lo que opten por invertir en publicidad de acuerdo a su plan de Marketing o en función de otras estrategias corporativas.

Siempre nos ha costado un mundo hacernos valer. Incluso con quienes sí entienden nuestro trabajo. Cierto que trabajar con intangibles –la imagen, la percepción, la motivación del consumidor… – siempre tiene estas dificultades en cuanto a cuantificar las acciones y los resultados. Pero aún así nunca hemos alcanzado el privilegiado status de todas esas maravillosas consultoras y auditoras que durante años se han limitado a extender una escueta factura con cantidades digamos que respetables -por no decir otra cosa- argumentadas con el mero concepto “servicios del mes de octubre”. A nosotros nos toca continuamente justificar, presentar informes, aplicar ratios, fórmulas y conversiones que no siempre convencen… a fin de demostrar un retorno de inversión a partir de unos honorarios generalmente mucho más modestos.. Y eso aún cuando florecían los buenos tiempos, no nos engañemos. Luego están las particulares formas de cada empresa de pagar por resultados. Conozco el caso de una reconocidísima multinacional tecnológica que pagaba a su agencia a razón de los centímetros cuadrados en papel impreso. Me consta que hoy ya no lo hacen, pero ahí queda eso y podríamos citar otros ejemplos sangrantes.

La Comunicación tiene un precio, sí, pero ¿lo tenemos realmente las agencias, los profesionales que nos dedicamos a ganarnos la vida en este oficio? Hay conocidos emporios del ramo que saben vender su prestigio y alto rango, sí, funcionan o pretenden hacerlo como aquellas consultoras, suelen aplicar tarifas por horas, al estilo de los fontaneros o los técnicos informáticos, pueden llegar a cobrar un potosí por asistir a una reunión. Y –se decía- ni recibían al potencial cliente si éste no se anunciaba con una digna dote de entrada. Eran las menos, y posiblemente hoy ni son. Tampoco sería ese prepotente modelo el más defendible, aunque desde luego a todos nos iría bastante mejor. Pero en el sector de las RRPP existe una competencia feroz, cualquiera dice que sabe hacer una tarta con media galleta. Y, sobre todo, los tiempos y las cuentas de las empresas dan de sí lo que dan y obligan a ser más flexibles. Eso sí, cuidado con la flexibilidad, que un tronco pueda ser capaz de doblarse con un huracán no es lo mismo que pretender que se tronche a la mínima brisa, y mucho menos que lo aceptemos.

Más bien digamos que en cualquier momento, y sobre todo ahora, el precio justo (con perdón) pasa por dimensionar bien lo que se nos pide y lo que podemos ofrecer. Es decir: primero, entender al cliente, su situación, sus necesidades, sus objetivos y prever las oportunidades/riesgos que va a suponer trabajar con él; segundo, proyectar el mejor trabajo que podemos hacer para él, qué estrategia a medida, qué campaña, qué acciones puntuales o continuadas, qué modelo de relación sería el idóneo y si hay pasos previos que consideramos necesarios, como formación, auditoría de imagen…; tercero, valorar todo ese trabajo y presupuestarlo honestamente, incluyendo todo lo que creamos necesario, poniendo en negro lo que nos cuesta y el tiempo que hemos de dedicarle, sin regalar nada pero sin pretender sacarles los hígados, si ofrecemos algo más allá de lo que nos piden, presentarlo como opcional, no metido a cajón dentro del paquete; cuarto, casi inevitablemente tocará negociar, y habrá que saber ceder, calibremos dónde podemos hacerlo y qué alternativas caben, tampoco nos cerremos en banda, seamos abiertos de mente y creativos en las soluciones que ofrezcamos, apelando a que nuestro interlocutor también lo sea.

Tenemos precio...Pero ya sabemos que, desdichadamente, para nosotros siempre puede haber un quinto paso. Si con todo, las condiciones que nos terminan imponiendo nos parecen inviables para realizar el trabajo que se espera de nosotros, actuemos con sensatez. Seamos muy claros si preferimos decirles que se busquen a otro que se lo haga por la miseria que pretenden pagar. Pero también pensemos si nos lo podemos permitir. Puede, y eso por desgracia está pasando, que no nos quede más remedio que tomarlo, como quien acepta un mini job, esto que siempre se llamó empleo o contrato basura. Pero procuremos siempre, en la medida de lo posible, no caer hasta lo más bajo, no sólo nos haríamos un flaco favor sino que perjudicaríamos al mercado, que al fin y al cabo no dejan de ser nuestros colegas y compañeros de este metal, y al final el boomerang terminará volviéndose contra todos. Valoremos lo que perdemos pero también lo que podemos ganar, y si nos recortan presupuesto, recortemos servicio, o adaptémoslo a las lentejas que nos dicen que son. Los acuerdos han de ser razonables… para las dos partes.

En fin, que las nécoras no se venden a precio de pipas, otra cosa es que el cliente en realidad prefiera gambones o langostinos congelados, entonces a nosotros nos corresponderá ver si los tenemos o no en oferta. Ya sabemos que nos movemos hoy en barrizales y charcos muy difíciles de vadear. Toca ser hábiles, imaginativos y sin duda ágiles. Eso sí: de regalar, nada. Con mancharnos en el fango ya contamos y no se nos van a caer los anillos, además ya estamos acostumbrados. Pero tampoco nos vamos a comer nosotros todo el lodo.

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