Gigante en jefe

Secoya Campo San Francisco, Oviedo

Lo que va de los sudores de África a la humedad de los praus, o de lo que eran las inmediaciones de Cuatro Caminos a lo que hoy son. Por todos esos paisajes se vio esa figura aporrear el piso con su paso grueso, y se escuchó la voz de trueno, como también de León a Oviedo, no por el camino ni por carretera, no, por la misma vía del tren. De la quinta de gigantes, por razones y destinos que no toca desmigar ahora, en su día al que hoy nos ocupa le ascendieron a Gigante en jefe. Ya tendremos tiempo de contar y recrear más despacio, que esta es una crónica escrita con la urgencia que los ánimos permiten.

En el Sahara es lo que hay y comulgarás con rueda de molino, pero si estás en Vetusta, mejor en La Paloma que en Morate, dónde va a parar. Siempre que puedas elegir, que no siempre la vida te lo va a permitir. Cuesta abajo terminarás por caerte en cualquier altar con botellas y culines, cuesta arriba el pelo se te vuelve blanco en un santiamén. En esa dirección, cruzado el Campo de San Francisco, el escenario se hace más gris, las fachadas y los asfaltos se despojan de brillos y el semblante de la ciudad se torna más severo, ya no es cantarina sino más bien roncadora. El plácido paseo se convierte en esforzado tránsito, el Naranco a la derecha observándolo todo. Dicen que en Proaza hace años que dejó de haber osos, yo me lo encontré plantado a la puerta del llamado bar Tebongo. Hace diez años y ya no ha habido vuelta atrás. Y por entonces ya imaginé que mejor no subir más.

Estaba esperando, eso me dijo. A lo que pasara, a lo que viniera. Los vinos cosecheros tienen menos alcohol y entonces se pueden beber a destajo, producen menos efectos. Luego un pulpo con gambas de La Jamonería, un bacalao del Tizón, un chuletón de La Pumarada o un pixín en cualquier sitio se pueden rematar con algo más fuerte. Y los oricios… mejor déjaselos pagar que te la arma. Que este entra en la tasca con el billete por delante, cual atracador con la pipa en ristre, solo que en este caso es al revés. Que nadie le gane la posición, y como el tabernero no respete los protocolos, capaz es de no volver. Al de los oricios dice que no volvió, y eran amigos suyos. Con los años y la pérdida de reflejos y reprise, ya le pude pasar alguna vez por la derecha, en realidad sólo le podías pasar por ese lado. ¿Le rompió la cabeza al que le estampó la silla? Pues nunca me lo dijo, solo que le estampó la silla. ¿Y a cuántos más?

Estaba esperando. A que pare un poco la lluvia o a que escampen los recuerdos. Que reposen y se asienten, macerar toda esa novela requiere paciencia, esmero y delicadeza. Que no es como las policiacas que devoró por kilos, tampoco como los blascoibañez que no se dejó uno. Esta es una historia con muchas fases y matices, arenales y palmeras, horizontes verdes, sierras y sonsierras, La Rioja existe pero Yugoslavia ya no, la que yo conozco es deconstruida, él se la recorrió enterita y compacta cuando nadie se planteaba acercarse por allí. Lo de cambiarle al caldo a los garbanzos es en realidad de otro gigante, aunque yo se lo escuché a él. Ni mucho del Madrid ni poco del Atleti ni algo del Real Oviedo, pero el Barça que pierda hasta en los entrenamientos. Lo siento, pero eso sí es suyo y era así. Enganchado a la máquina de oxígeno, cuando le metieron el primero al Manchester en la final de Wembley, quería apagar la tele. Entonces salió la cara de Fergusson y dije “mira, este está pensando lo mismo que tú, que la apaguen ya”.

A veces podía hacerse pesado digerir esas cuestas. Toda esa lluvia y toda esa solanera. Porque no se le había olvidado casi nada. La calle Topete parece hoy de otro país, caribeño para más señas, y los mesones de la Plaza Mayor no dan más de sí una tarde de madrileño agosto. Queda retirarse al Norte y caminar despacio, fatigoso, por los suelos exquisitamente empapados del parque, dejarse saludar por los 955 árboles, los chopos, los arces, los fresnos… y la secoya ante la que siempre me paraba desde que supe que estaba ahí. Dejar la memoria que discurra mansa como el orbayo, ordenando y poniendo los nombres y los hechos en su sitio. Cuando los recuerdos se empinen costará más sortearlos y no digamos apartarlos a un lado, y a medida que la pendiente se ponga seria, pasada la Plaza de América, hasta respirarlos será una tarea penosa. Cuando el aliento se eche en falta a cada paso, dolerá cada palabra, cada marcha y cada huida que hubo que gestionar, cada ausencia que hubo que asumir, con la frente siempre alta, eso sí. Acelerado el pulso y el bofe a punto de salir, la historia dobla a la izquierda y siempre encuentra un rincón donde mecerse al amor de un vino reparador. Ya sabíamos que partir de aquí, mejor no subir más.

Pero cierto día tocó hacerlo, y ya tocaría todos los santos días a la misma hora de cada tarde durante cuatro años o a saber si bastante más. El gigante en jefe se alistó a la Legión dos veces, una rebelde cuando todavía tenía los cabellos y los pies intactos, la otra todo dignidad y espolones, cuando ya las fuerzas le respetaban lo justo, pero se lo tomó como innegociable obligación. Dejó de bajar a La Paloma, ya sólo cuando las visitas, y empezó a gastar horas y horas en el desierto de Morate, rodeado de inmunda demencia –y no me refiero a la de los inquilinos-, agarrado a la mano que todavía emitía tímidos latidos de cariño, apurando ternuras intermitentes, acunando las vivencias que se van y sólo de vez en cuando, levemente, hacen por volver. El regreso a casa era estricta tortura, así terminaba cada día, ahí anunciaban terminarse los días.

Después de estos años, inevitable tenía que llegar la visita más triste. A la altura de esas circunstancias comparecía Oviedo un lunes por la noche, qué distinta de la que siempre me recibió. Cuando nadie me veía, me escapé al San Francisco, busqué casi a tientas en la tenue luz, fiado del instinto, y di con la secoya con la que tantos ratos a solas pasé. A la mañana siguiente, en lo más alto –así irremediablemente tenía que ser- contemplaba la espléndida panorámica que desde allí se divisa. Imaginé, o tal vez constaté, que el Naranco y la Catedral se miraban y de reojo me miraban a mí. Se me antojó entonces que algo más se acababa, un capítulo de mi vida se cumplía y quedaba cerrado. Ya no tendré el gran motivo para volver, aunque para siempre me queda algo allí. Y por cierto, emprendida ya la vuelta a Madrid, reparé en que fue un domingo de noviembre la última vez que le vi, le toqué y le abracé… en La Paloma apretada de gente. Es lo que me queda, pero por lo menos mejor así.

Bandujo_Proaza

4 Comments

  1. pues ya sabes que nadie muere mientras alguien lo recuerde……..así que no dejes de ir en el futuro a esa Paloma y tomarte un vermut a su salud….

  2. Puede que no tengas que volver solo, algunos desearíamos acompañarte, y brindar por los gigantes… tal y como lo hicimos con ellos, Ese trio que al principio mirabamos desde abajo y que siempre echaremos de menos, por mucho que crezcamos…

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