¿Quién osó meter la langosta en el bolso de mamá?

Langosta 12-12-12No es leyenda, lo cuentan las crónicas y hubo testigos. El gigante de ojos azules metió la manaza en la gran pecera, y del fondo extrajo una aparatosa langosta. Trofeo en mano, corrió en busca de mi madre, al grito de “¡abre, abre el bolso”!, y cuando ya imparable iba a incrustar el bicho entre sus perfumadas pertenencias, la muy digna mujer reaccionó en el último segundo y no sé si llegó a acertarle en toda la frente el bolsazo que le lanzó. Que sí, que yo lo vi.

Esa misma noche, los comensales degustaban ese mismo o puede que otro crustáceo en un ambiente pretendidamente selecto, un acordeonista con pajarita amenizaba la velada con evocadoras piezas del París más decadente, aunque en realidad estábamos en Benidorm. En estas le dijo al niño: “anda, acércate y dale estos cinco duros”. Y allá se fue decidido el chaval, convencido de su ejemplar acción, pero otra vez mi madre, un dechado le reflejos, le agarró en el último instante del cuello, tal Casillas apresa el balón en la misma línea de gol. “Tú te quedas aquí y no te mueves” le espetó indignada, no en realidad con el pobre chico, que no era más que un iluso mandao. Que sí, vaya si lo vi.

Gamberros los he conocido de muchas clases y cataduras, pero gamberro ilustrado sólo puedo dar cuenta de este. Por Asturias me consta que también hizo de las suyas, salió a cazar osos por donde decían que ya no los había, y de hecho los fue a encontrar hasta en la habitación del que fuera Hotel Jirafa de Oviedo, sí, yo los oí. Que un tigre era otra cosa, según aprendí. Luego, lo del calamar que apareció en el vaso de whisky de su gigante hermano mayor, y el pollo que le montaron al pobre e incrédulo camarero del bar del Hotel La Gruta… Claro, a estas alturas ya se imaginan quién había sumergido el trozo de cefalópodo en el líquido escocés. Es que hacía las putadas con mucha gracia, y no podías dejar de reconocérselo.

Me contaban que por Cuatro Caminos rompió corazones, y luego por Vallecas alguna cabeza debió romper. Pero seguro que luego le invitó a un vino y acabaron haciéndose tan amigos. No fallaba, llegaba al pueblo de veraneo que fuera y lo primero que hacía era pelearse con el dueño del bar de turno. A los dos días ya era el mejor cliente, y si un día no iba, el tabernero le echaba de menos, preguntaba por él. Devoraba novelas negras y percebes, películas de Al Pacino y chuletones, veladas de boxeo y calamares. Y muchas más cosas, no vamos a enumerar cada una. Todo cabía, nada tenía fin. “Pero échale más gambas, miserable” dicen que fue una de sus más celebradas citas gastronómicas, a un colaborador durante el proceso de elaboración de una paella.

Habré visto tele, cine y teatro, los mejores cómicos y ciertos histriones, pero como con este no me lo he pasado con nadie. También canutas alguna vez. Un día se me ocurrió retarle al póquer y el revolcón que me dio aún lo tengo presente. Me ganó mucho dinero –para mí entonces, bueno y ahora también-, luego me lo devolvió todo, se empeñó en darme más y ya se sabe cuando se empeñaba en algo… Como heredé algo de la dignidad de mi madre, el excedente de la partida lo regalé, por cierto no me acuerdo a quién. ¿Al acordeonista quizás? Se habría jubilado ya. Si no le di aquellos cinco duros, ya no tuve ocasión de darle más.

El que nunca se jubiló fue nuestro protagonista. Le dio tiempo a hacer de todo, aprovechó su tiempo al máximo, tuvo espléndidos hijos, conoció nietos, trabajó a discreción, ganó y gastó, pagó el primero, plantó pinos a destajo aparte de otras especies… Y se comió, fumó y bebió la vida con profundidad y con dedicación. Hoy, 12 del 12 del 12, hace diez años que el gigante de ojos azules se piró. Pero no podrá decir nadie que no avisó.

6 Comments

    1. De Benidorm.. no te cuento, pero del Tranco el bar de la Pedriza, madre mía!!!

      Y las que quedan por contar, como cuando se disfrazó de monstruo y por la
      escalera se lo encontró una vecina y se desmayó del susto (luego el marido
      le quería pegar), cuando se fue al bingo disfrazado de ciego, cuando en la
      pedriza los vecinos (que eran cantantes profesionales de opera) se pusieron
      a cantar estupendamente y él les hacía las replicas, cuando torturaba al tío
      Luis insistiendo que a la fabada tenía que echarle un chorro de limón.

      Si me pongo a recordar podría escribir una novela.

      Ay!

      Dicen los egipcios que cuando se recuerda a una persona, y se repite su
      nombre….SIGUE VIVA…

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