Las Gotas de Flandes III: Amberes, estación Sol

5. Amberes, estación9. Estación de Amberes

Podrás haber encontrado el sitio ideal, pero si no caíste en que hoy 15 de agosto es fiesta también en Bélgica y está cerrado, pues te queda elegir entre desayunarte un McMorning en el McDonald’s o algo del sex shop. Dejamos ya Bruselas, apenas un pequeño paseo matinal para toparnos con la catedral –será la segunda que veamos en este viaje- y de nuevo a la Gare Central. Esta vez el billete es sólo de ida, en la taquilla Roland De Vlaeminck (*) ya nos conoce y revela que habla un pulcro español de la República Dominicana, donde trabajó unos años. Este tren lleva destino Amsterdam, pero si no nos equivocamos ni nos traiciona el subconsciente, nos bajaremos en Amberes, nuestro cuartel general en los días que restan. Entramos de lleno en Flandes y ya sólo escucharemos y leeremos –pero ay, no hablaremos- en neerlandés. El tránsito ferroviario permite vislumbrar el Atomium allá lejotes o la apabullante entrada Norte de Bruselas, y pasas por ciudades emblemáticas que no sabes si vas a poder hacerles sitio en la agenda, por ejemplo ayer Leuwen (Lovaina) y hoy Mechelen (Malinas), que por cierto se antoja más que visitable desde la estación.

Pero hablando de estaciones, la de Amberes es monumental. Profundísima por dentro –hasta cuatro pisos de andenes-, altísima por fuera –calculo equivale a diez pisos, casi no le llega la noria que emerge a su lado- y desde luego no han escatimado en arquitectura, bueno, como en tantos edificios de estas latitudes. Elegí un hotel que estuviera próximo, y si me descuido duermo encima de las vías. Para los que conozcan bien Amsterdam, tiene Antwerpen una estructura muy similar, y de hecho se le parecerá en tantas cosas, aún careciendo de canales. Hay que ir desde la Centraal Station todo para abajo, y la avenida por la que sales recuerda plenamente a Damrak. Luego sigue la impresionante Meir, que en realidad hace de la típica calle comercial que va serpenteando, pero esta tiene un señorío poco común. Ahora está todo cerrado y la corriente va más ligera de gente, pero ya la veré en todo su cauce y esplendor. Bordeas el Boerentoren –feo rascacielos, hay que decirlo- y ya divisas la verdadera torre, doblas y sales a una amplia plaza, Rubens en todo el medio y al fondo, en efecto, la generosa Catedral de Nuestra Señora, tercera ya en dos días. El sol pica con avaricia, eso sí, de vez en cuando sobreviene una ráfaga de aire y se lleva todo –digo absolutamente todo- lo que haya sobre las mesas. Nos acabamos de meter p’al cuerpo una hamburguesa que se llamaba “de autor” acompañada de las imprescindibles patatas fritas, muy similares en color dorado y textura a las famosas del país vecino. Lo que pasa es que el tal autor era una bestia, seguramente el que le preparaba los menús a Eddy Merckx. Y chico, me deja grogui.

15. Amberes, vista del puertoRozando por las paredes góticas entramos ya en el meollo de la ciudad. Como es festivo, hay mercadillo y todas estas calles y plazas están atestadas, la fabulosa Groote Markt con el Ayuntamiento vestido de banderas de no sé cuántos países, vamos, se diría que de todos los que hoy se han llegado hasta aquí de excursión, más de toda Bélgica. No hay quien avance, la humedad reblandece las ideas y las gotas son ya un hecho evidente en mi pecho. Aún así todo esto es un espectáculo, gano a duras penas el camino hacia Het Steen (castillo de piedra), antigua fortaleza, el edifico más antiguo de la ciudad, por cuyo puente ya emite su brisa el Schelde (Escalda), río perfectamente navegable que da sentido al puerto, el segundo mayor de Europa tras Rotterdam y cuarto del mundo. Hacia allá me encamino bajo la solanera, bueno, a ver el principio y hacerme una idea con las panorámicas que puedo abarcar, que son 50 km de muelles. El de Bonaparte, el de Guillermo… estos son los deportivos, los otros quedan ya mucho más allá.

Emprendo la vuelta por camino nuevo, a ver qué me encuentro, por lo menos la zona ya no es turística y hay sitio para andar. Lo que pasa es que ya no son gotas, son torrentes que bajan por todo el cuerpo y deshidratan, quién nos lo iba a decir… Italiëlei es un pedazo de avenida que aunque larga y no demasiado vistosa, si no me aparto de ella me va a dejar casi en casa. El hotel no tiene aire acondicionado, como casi nada por estos lares, normalmente ni les hace falta pero claro, cuando aprietan veranos así… Menos mal que la ventana está orientada al Este, no entra el sol por la tarde, se puede estar. Este polo rosáceo ya ha quedado condenado, imposible de recuperar. Y el espejo dice que he ganado un colorcillo de playa que vaya… a ver cómo explico luego dónde he estado.

Hay que cambiarse, refrescarse y recuperarse, porque queda noche. Y hoy un Bélgica-Holanda, amistoso pero que aquí es asunto muy serio. Antes, saboreando una Hoegaarden pacificadora, divina y sombreada en el Bar Decó, la también divina Graciella Van Impe (*) me dice que sí, que posiblemente se ponga de tormenta esta noche, y de hecho la radio lo ha anunciado, que estos calores no son normales aquí empezando la segunda quincena de agosto. Desde luego el cielo se lo está pensando, el viento suelta andanadas de aviso. Y sin embargo, los truenos van a ser para otros. En el apretado bar donde anunciaban el partido hay un ambientazo y ojo, también se ve a tres holandeses con sus camisetas naranjas. Cuando resten minutos para el final ya habrán hecho mutis por el forro. Un 4-2, esto en Bélgica es un acontecimiento, en verdad no se lo creen.

19. Catedral desde el puenteAl final han caído cuatro gotas pero al menos ha refrescado algo, casi no he cenado, un picoteo tonto en el descanso, pero tampoco me hacía demasiada falta con lo que llevaba. El mercadillo ya ha levantado y de noche la Groote Markt (Plaza Mayor, no se crean) ya adquiere el aire señorial que ciertamente es el que le corresponde. El sitio y el momento son para una cerveza de reyes, y esta vez me decantaré por la reina, un clásico que conocí hace más de 20 años y que ocasionalmente encuentro en Madrid, pero no a 3€ como aquí. Sí, una Duvel (dígase Diufol amplificando la “l” final, o no te entenderá ni el tato belga) densa, pausada, gotas de oro que sabiamente entran en el cuerpo, lo actualizan como si fuera un sistema operativo y dejan todas las cosas perfectamente en su sitio. Mañana viene un día largo, pero este ha sido flamenco también, nunca mejor dicho.

(*) Nombres ficticios, como se puede suponer.

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