Las Gotas de Flandes: I ¿existe Bruselas de noche?

Stella Artois Grand Place

 

A la entrada a la T4 de Barajas, una señora empuja con dificultad un carro hasta arriba de bolsas, y una se le cae a mi lado. Me agacho a recogerla y es de esas amarillotas y rojas de Bosco, igual que las demás, y lo mismo el chándal de la mujer, que me sonríe agradecida. “¿De dónde viene?”, pregunto sagaz. “De Londres”, con singular acento. “- ¿De competir” – No, soy entrenadora -¿De qué? -De Gimnasia Rítmica -Hombre, si habéis quedado muy bien, enhorabuena”. Me vuelve a sonreír, ahora con cierto deje de hastío, y se aleja con ese carro en el que las bolsas no paran quietas, claro, no dejan de dar saltitos, piruetas, mortales… Pienso que será una miembro del equipo técnico de la federación, no me veo a la entrenadora cargando el material de las chicas. Pero sí, después de documentarme resultaría ser Anna Baranova, seleccionadora del equipo nacional.

Sirve esta anécdota para evadirme momentáneamente de la cuestión central: ¿Qué hago embarcando en un vuelo IB3208 a las 19.45h con destino Bruselas? Según lo previsto –que se cumplirá meridianamente- aterrizaremos a las 22.05h, entre salir de la cabina, recorrer pasillos, esperar la maleta, no saldremos del aeropuerto hasta las once de la noche por lo menos, tomaré un taxi porque a esas horas no me arriesgo con otra cosa en una ciudad cuyo aeropuerto no conozco –la otra vez que estuve llegué en autobús y con alta resaca. Pero ¿estará puesta la ciudad cuando llegue, teniendo en cuenta además que es lunes? Según atestiguaba un señor conocido antes de venir, esta es de esas capitales donde uno encuentra más gente a las siete de la mañana que a las siete de la tarde.

El taxi es un Mercedes y el taxista una seta. Avanza como con parsimonia y pronto se percibe urbe, entonces llegamos en seguida, celebro, pero lo que sigue es un desesperante deambular por calles absolutamente vacías pero acertando todos los semáforos en rojo, esto es, tráfico cero, avance uno o ninguno. Y ni un alma por las aceras. De súbito se aparece la Catedral rotunda, dobla una avenida, se aprecian signos de vida en Marte y ya estoy en el Hotel NH Atlanta, y primer aviso serio: son 50 euracos la carrera. Ciertos problemillas con la llave de mi habitación ralentizan aún más el proceso de salir a dar una vuelta al menos, a ver qué queda por aquí. Pregunto en recepción dónde puedo encontrar algo abierto para cenar –en realidad para tomarme algo líquido y a ser posible espumoso- y a qué hora tienen por costumbre cerrar. Depende, aquí algunos sitios cierran muy tarde y los hay que abren toda la noche. Esto es Bruselas. La verdad, me siento un tanto paleto después de la respuesta, y más que nada de la sonrisita de la chica. Como si uno sólo hubiera estado en pueblitos con un bar, y desde luego el testimonio antes reflejado –el de las siete y tal- era decididamente antiguo.

La primera terraza que me encuentro, y sobre la que me precipito sin dudarlo, es de un restaurante turco, uno de los cientos o miles que debe haber en esta ciudad. Mehmet Yalçin me trae raudo la ansiada cerveza y se desvive por interpretar el abigarrado plano en una hoja fotocopiada que le muestro, pregunta aquí y allá, y al final ya me aclara dónde estoy y hacia dónde tengo que ir. Una vez en la dirección correcta, no se tarda en divisar la torre del Ayuntamiento que domina la Grand Place. ¿Estará abierta a la una ya casi? Pues claro, y hasta me pregunto si no la habré encontrado en el mejor momento posible, aunque apenas un día después comprenderé incluso que no. La otra vez, 23 años hace, era sábado por la tarde, estaba empetada y asistimos a un magnífico espectáculo de música y luces. Pero es toda una novedad conocerla ahora semivacía –nunca jamás estará vacía del todo-, los bares todavía abiertos y muchas mesas libres en las terrazas. El rectángulo central del recinto está vedado al paso de peatones, algo han hecho o están preparando, aquí es que no paran de sacarle partido a su amada plaza, pienso.

Una Stella Artois de 50 cl cuesta 6 euros, si es una Leffe ya nos vamos a 7,80… pero es lo que tiene estar aquí, y no es cuestión en estos momentos de valorar si caro o no, sino de recrearse en el trago y la escena, degustarla gota a gota. Mi primer momento Grand Place, que desde luego no estaba tan seguro de poder disfrutar. Por cierto, al pagar y ver el ticket, es cuando reparo en el nombre del bar en cuestión: Le Roy d’Espagne. Me sonrío y se sonríe el camarero. Por detrás de la plaza, la calle de los cerveceros –Brasseurs en francés, Brouwers en holandés- está a tope, todo abierto y animado. Sí, es que es que aquí todos los letreros de calles y demás indicaciones son bilingües. Aunque sea para poner Rue de la Colegiálle / Colegialle Straat. En efecto podría quedarme aquí horas canallas, pero prudencia manda irse ya a dormir, que mañana espera un día bien completo, y encima ahora tendré que avisar al botones para que suba a abrirme la puerta de la habitación con su llave maestra, y aún así se resistirá, la cerradura digo, el empleado me dice que ya está acostumbrado, pues vaya cruz el problema ese que tienen con la empresa que les hace las tarjetas. Para mí y para ellos, y conste que el hotel por lo demás está impecable y su personal es de diez. En el disipado trayecto de vuelta no dejo de ver gente y establecimientos abiertos –bares, kebabs, tiendas de todo, sex shops…-, y una cosa ya voy admitiendo: me he alegrado de estar aquí, en esta ciudad a estas horas. Bruselas existe de noche, vaya que sí, y pensaba que me lo iba a perder.

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3 Comments

  1. Alfredo, pues con ese nombre no, pero en la Plaza Fontainas estuve en una que, bueno, pensaba hablar de ella en el próximo capítulo.

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