Eslovenia Posta I: si te llamas Liubliana

Desde el puente Cevljarski, Liubliana  … O Ljubljana en esloveno, que casi me gusta más. Aterrizas de noche y lo primero que te encuentras esa esa Plaza Presernov y ese río iluminados,  sabes que por Navidad pero imaginas que fuera siempre así. La primera torre de la Iglesia de la Anunciación ha anunciado –claro- tu llegada, te ha saludado y te ha dado el paso, luego te asomas a la Plaza del Congreso y crees que te vas a caer de espaldas. Y ya sabes que siempre habrías querido estar ahí, ya no vas a parar de quererla. Al día siguiente la descubrirás en carne viva, la irás viendo cambiar de vestido y de piel, tibiamente soleada, de lluvia o de niebla, temprano o en su infinito atardecer, que a las dos la luz el sol se empieza a caer y deja unas sobremesas para pasear muy despacito, para detenerse en cada puente, para quedarse todo lo que puedas aunque ya sabes que a las cuatro y media será de noche.

Imperceptible a veces entre el gentío, cuando ya lo aprecias bien, el Puente Triple entra directamente a formar parte de esa colección de puentes que llevas años cuidando y ampliando a cada viaje. Al principio no sabes salir de esa franja del río Ljubjanica que fluye a continuación, en realidad son dos, el de las aguas y el de las gentes, bares y terrazas de todas las clases y categorías, puestos de Kuhano Vino y otros brebajes, mesas elegantes en las que no pedirías cualquier cosa, de hecho en la carta tienen Black Bush a 5 euros, y Macallan 25, este a 35 machacantes. Pero sobre todo es lugar de beber cerveza –Lasko, Union– y mear cerveza a mansalva, no sé si tanto por la forma de ser de ésta –tan cerca de Austria estamos- o esas aguas y esas corrientes, que estimulan tu aparato urinario, de hecho no debemos ser los únicos, por algo habrá tantos baños portátiles estratégicamente ubicados.

Plaza del Congreso, LiublianaCon los días empiezas a sentirte más a gusto en otros tramos del río, como el tranquilo que empieza siguiendo unos pasos desde el último bar de la fila, a partir del Puente Cevlarski y hasta el Hradeckega, a la izquierda la Iglesia de St James, gloriosamente morada de noche por imperativos del guión navideño, unos pasos más adelante a la derecha encontrarás un pub en el que hablar y no parar de fútbol con Marjana, que se lo sabe todo y adora a Soldado. Y empiezas a apreciar también el otro lado del río, el que separa –más bien es como si lo doblara- el Puente Triple, ahora flanqueado por el mercado y al fondo el que llaman Puente de los Carniceros. Siempre, eso Resiljeva Cesta, castillo al fondo, Liubliana sí, midiendo los pasos para no salirte de la ciudad, que hubo una vez que estuvimos a punto. Luego descubrirás calles menos glamurosas pero que se harán imprescindibles, como esa Resiljeva Cesta de otoño superlativo. De noche volverás al jolgorio y en Staramacka hasta podrás llevarte alguna sorpresa, claro que Eva se encarga estés siempre bien cuidado y atendido. No nos olvidamos del castillo, casi es la primera cita obligada, y a esa torre hay que subirse aunque imponga y aunque te cobren 4 euros.

Para terminar recomendaré dos buenos restaurantes: Julija, en la populosa y peatonal Mestni, que camina paralela al río; y un poco más retirado, para darse un homenaje por 30 o 35 euros, Spajza, en realidad es la misma calle que tuerce a la izquierda y ahora se llama Gonji, otro de los paseos diurnos y nocturnos estrictamente necesarios de esta inolvidable ciudad.

Que no podría ser de otra manera llamándose así.

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