El día más largo (I)

El día más largo 1 Siempre he sido muy respetuoso y observador con las conmemoraciones. Y aquella mañana no podía olvidarme de que se cumplían justamente diez años. El caso es que estoy desayunando en la cafetería del magnífico pero casi vacío Sheraton Colony Square, hoy se llama W Midtown, 11,95 dólares el buffet, serán las 8.30h, viendo las noticias en un alto televisor. La del día, prevén, será que Michael Jordan va a anunciar a media mañana su vuelta a las canchas, con los Washington Wizards. Es martes y mi segundo día en Atlanta, he venido para dos semanas. El primero había servido para que me presentaran, me dieran una vuelta por las dos plantas de oficinas y me regalaran la tarde libre, aún no tenían preparado mi sitio, en todos los sitios cuecen habas. Me fui andando hasta el Dowtown, algún mal ratillo pasé, que no son estas ciudades de mucho pasear. Hoy ya irá en serio. Cruzo Peachtree St, todo Atlanta es Peachtree, la callle, la avenida, la autopista… estamos en el Midtown, aún no me ha dado tiempo a saber que será lo más bonito y acogedor de esta ciudad. Mi jefe de operaciones, Dave, no ha llegado todavía, luego sigo sin sitio, pero sé dónde está su puesto y ahí le espero. La gente está llegando, escucho unos gritos como de sorpresa, pero curiosamente es una llamada de Madrid lo que me pone al tanto. Me engancho al ordenador de Dave y ya veo una torre gemela ardiendo. Pronto me doy cuenta de que hay un office a unos metros, con una pequeña televisión, y ahí está ya la gente agolpada, no impactada todavía, digamos que sorprendida, incrédula de momento.

Llegado a esta parte no tengo que dar muchos más detalles porque lo que estoy viendo no es diferente de lo que presenció todo el mundo. Sólo decir que aquí todo va a pasar muy deprisa. Dave se preocupa por mí, se esfuerza porque todo parezca normal, me lleva a mi sitio al fin, allí le espero, mentira, allí me pego a Internet; busca una sala para tener una reunión, y cuando me dice que ya la ha encontrado, le sigo, abre la puerta y lo que tenemos es una sala de juntas repleta de espectadores, principalmente los bosses de la oficina, ante un gran televisor en el que en ese preciso instante se está derrumbando la segunda torre. Y las caras. Vuelvo a mi sitio, empiezo a escribir un e-mail al alias “a todos” de la oficina en Madrid: “amigos, esto es un nuevo Pearl Harbour y me está tocando vivirlo en directo. Nos mandan a casa”. Esto último lo escribo porque en ese momento llega otra vez Dave y me dice que nos vamos, todos a sus casas, que han tirado otro avión en Pittsburgh. Y si lo han tirado en Pittsburgh, perfectamente lo pueden mandar aquí y estamos en un rascacielos. Veo llantos, veo mareos. “Mi tío tenía una reunión allí esta mañana y no sabemos nada de él”, sale de una voz ahogada en lágrimas. En el ascensor de bajada se corta el aire, tiemblan los gestos, justo enfrente de mí Chris, una de las secretarias de dirección, transexual o travesti no lo sé bien, los ojos cerrados, de sus labios sólo sale “oh my god, oh my god”. Cruzo Peachtree… y señores, la cruzo mirando para arriba. El hotel tiene varios ascensores, uno exterior, totalmente acristalado, que lo ves todo y te quitas el hipo según subes o según bajas. Ni soñarlo ahora. Me encierro en la habitación 1219 con intención de no salir hasta no sé qué orden. Aquí está empezando el día más largo de mi vida.

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