París y figura

Laurent Fignon

Ajenos al destino, ayer mismo le citábamos en el relato que estamos publicando en esta página sobre la Ruta del Saja. Quién nos lo iba a decir. Cuando a mediodía sobrevino la noticia, mi primera intención fue borrar su nombre, reemplazarle por otro, por aquello de no dar rienda al morbo. Luego me paré, lo pensé y preferí dejarle ahí, como un homenaje inconsciente. Al fin y al cabo nadie mejor que él encarnaba ese papel, el del que atacaba en el control de avituallamiento o en cualquier situación de confusión o despiste en el pelotón. Todo aficionado al ciclismo y al deporte en general sabe quién es Laurent Fignon. Pero incluso a mucha gente no aficionada al menos le suena, guardará la imagen de su melena rubia y sus gafitas redondas, singular en un ciclista. Es que Fignon era parisino, no era de Meensel-Kiezegem, en Brabante, ni de Yffiniac, en La Bretaña, ni de Priego, Cuenca, o Villava, Navarra. A nadie dejó indiferente, para bien o para mal. Yo siempre pensé que era Jekyll y Mr Hide. Cuando empezaba, o cuando pasó por momentos de debilidad, era el intelectual, encantador, hablaba idiomas –español perfectamente-, muy atento con los medios, con los compañeros y los rivales. Cuando se sentía fuerte cambiaba por completo y aparecía el Fignon arrogante, agresivo, una tormenta de hombre que no permitía ni que se le rozase. Aquí le conocimos en la inolvidable Vuelta del 83, haciendo un trabajo impagable para el gran Bernard Hinault en su lucha titánica contra los Lejarreta, Gorospe y Alberto Fernández. No era la primera vez, ya la temporada anterior había realizado similar trabajo en el Giro. Un año después, en 1984, Fignon se presentaba a ganar su segundo Tour con sólo 23 años, y había desplazado al propio Hinault, que había tenido que dejar el Renault de su vida y buscarse otro equipo. Era el primer duelo entre el ex-gregario y su jefe, y fue una masacre. Fignon logró una de las victorias más aplastantes que yo he conocido en la carrera francesa, junto con las de Eddy Merckx o la de Ocaña en el 73. Arrasó en la montaña, contra reloj… ganó cinco etapas y en París le había metido más de 10 minutos al bretón, al viejo caimán. Era el principio de la era Fignon… y el final súbito. No volvió a ganar el Tour, no volvió a ser el mismo. El tremendo despliegue físico que exhibió, tan joven, sin duda le pasó factura, quizás azuzado por la ambición y los deseos de venganza de Cyrille Guimard, su director, que lo había sido durante años de Hinault. Lo cierto es que a la apoteosis del 84 le siguió un 85 en blanco, un 86 mediocre, continuamente lastrado por las lesiones. Volvió entonces el Fignon simpático, el profesor… hasta que en 1989 volvió a oler la gloria, ganó el Giro, era otra vez Mr Hyde y le sobraron ocho segundos en la última contrarreloj, en su París natal, para conquistar ese tercer Tour que pudo y ya nunca sería. En 1992, ya en su declive, se deshizo en elogios hacia Miguel Induráin cuando este le dobló como un AVE pasa a un Cercanías, en la célebre contrarreloj de Luxemburgo. Estos son datos de su carrera, pero lo que siempre queda es su imagen, su genio, y sobre todo su clase. Aún en sus no mejores años daba gusto verle subir al frente del pelotón y ponerlo en fila de a uno. Incluso cuando ya no tenía opciones en una gran carrera no dejaba de atacar, de dejarse ver, de dar noticias de su presencia. Un ciclista mayúsculo, un carácter indomable. Parisino y figura, nadie va a olvidar a Laurent Fignon.

De los muchos videos que se pueden rescatar, he elegido este, la subida a La Plagne en el citado Tour de 1984. Era la etapa reina, venían de subir el Galibier y la Madeleine, y abordaban la subida final. Entre otros, y aparte de la exhibición de Fignon, aquí puede verse a Hinault, a Greg LeMond con el maillot arco iris… y por cierto, a dos jóvenes promesas, Pedro Delgado y Robert Millar que hacen gran parte de la subida juntos. Es curioso lo unida que se desarrolló la carrera de ambos, ya desde el principio. Bueno, hoy viven ya muy lejos uno del otro…

Subida a La Plagne, Tour 1984, YouTube

4 Comments

  1. Enrique, me gusta que hayas hablado de sus dos caras, pues si bien tenía su lado afable también era un tipo terrible cuando se lo proponía. (y también hacen falta estos ciclistas del tipo “gruñón que no cae bien)

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