El Galibier en Liébana (5ª etapa)

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El Galibier, en el paso entre Saboya y La Provenza, corazón de los Alpes, es el puerto de montaña más emblemático del Tour de Francia, el que mejor encarna toda su grandeza y la del ciclismo. Aunque hoy se hable más del Tourmalet, Alpe D’Huez o el Mont Ventoux. Pero por algo en su cima, a 2.645 metros, se instauró el monumento a Enri Desgrange, el fundador de la carrera. No serán las suyas las rampas más feroces, pero por su cara Norte es una subida eterna, asfixiante y majestuosa. Hoy lo han movido de sitio, el Galibier se va a subir en Liébana.

La más larga, la más alta, la más dura. Todos sabíamos antes de iniciar esta Ruta del Saja que la quinta etapa, 20 km entre Pejanda y Cahecho, era la reina. Con mal tiempo sería una lástima y un castigo, pero ha amanecido el mejor día de toda la ronda. Aún así se deja sentir la tensión en la salida porque además no hay preámbulos, dejar la posada, cargar la mochila y empezar a subir son la misma cosa. Hasta la indecente inclinación de la flecha que indica “San Mamés” es significativa, todo un aviso. Curiosamente ese cartel se encuentra junto a un campito de fútbol pero no, ni éste ni el citado nombre de Santo tienen que ver con la Catedral en la que todos estamos pensando. El grueso del pelotón (1) avanza despacio y los buenos ya toman posiciones, se dejan ver en cabeza Andurain de las Cremas y Perico Nomuydelgado (2), esto no es sino el preámbulo, dos kilómetros de subida pronunciada por carretera estrecha que después desaparecerá. Una vez en San Mamés, una auténtica virguería de pueblo, hay que buscar y pararse en la Casona de los Montes a admirar su impolutamente conservado escudo, como hizo Unamuno. A partir de aquí empiezan las vacilaciones y los mareos de perdiz: este primer tiempo muerto era obligado, pero luego que si el paisano nos dice que tiremos mejor por allá que por acá; que si nos pregunta una pareja que pretendía subir hasta la ermita en coche; que si no tenemos claro qué camino seguir porque hay dos que llevan al mismo punto… bueno, porque aquí no era de la partida Laurent Fignon, que si no a buen seguro nos hubiera soltado el hachazo así como estábamos a verlas venir. Por fin ya cogemos el ritmo y subimos con esmero por la cambera –ya se sabe, un camino para carros- y es entonces cuando empieza el P8040425 espectáculo. Lo que se despliega ante nosotros según vamos ascendiendo podríamos decir que es como el ceremonial de las Matriuskas al revés: remontada una colina se alza un picacho, luego otro mayor que desvela a su reverso una cadena montañosa, otra más elevada detrás y los Picos de Europa al final, cortados a algo más de media silueta por una línea de nubes que nunca se moverá, como si fueran los anillos de Saturno avistados desde un plano transversal. En total son 8 km de subida tendida y no por mejor escalador ni por más valiente, sino por haberse empeñado en no interrumpir su cadenciosa escalada, Enri Keteman (3) corona el Collado de las Invernaíllas, techo de la ruta a 1.569 metros, apenas 1.000 menos que el Galibier, total, ¿qué son 1.000 metros más o 1.000 menos? Después lo pasará mal, ese tramo por surcos semi selváticos le pondrá de los nervios, abriéndose paso entre el follaje, retirando ramas, brezos, quitándoselos de la cara, el precipicio a la izquierda, sorteando troncos ahí colocados con muy mala leche, que ni a Carlos Sáinz… y entonces empezará a picarle todo, la rabadilla, la espalda, los pensamientos… Será una bendición salir de este berenjenal y encontrarse con una explanada lunar si no fuera tan verde, pacífica, purificante y de panorámicas imposibles de no ser porque las tenemos ahí delante y no estamos soñando. Este altiplano de pasto, braña y rocas esparcidas se llama Brañacerrá, recorre la ladera del Cuernón de Peña Sagra y después empieza a querer descender hasta la Vega del Prau para dejarnos en el anunciado Santuario de la Luz, la ermita que decíamos más arriba y a la que en efecto no se hubiera podido llegar en coche. Aquí está fijado el control de avituallamiento, los bocadillos que nos preparó la sargento mayor, por cierto una mujer firme y seria pero con su toque de guasa. Cuando reemprendemos la marcha se nota ya que las piernas llevan tarea acumulada, pero no nos quejemos que hoy no es 2 de mayo y nosotros no tenemos que cargar con La Santuca hasta Potes, dicen la procesión más larga de España. Sabemos que tarde o temprano tendremos que empezar el descenso pero de momento se hace rogar, tres kilómetros de bosque sin perder ni ganar altitud hasta que finalmente, en El Dornaco, se nos presenta a tumba abierta, tres kilómetros y medio que se harán interminables, ahí es de agradecer que Bahamontes de la Alameda (4) tome la iniciativa y meta la directa como consumado experto en descensos, bético es no en vano, así el dolor rápido pasa mejor que el dolor lento por esas piedras y esas curvas de retorcer la moral, anda que si llega a llover no sé yo… Una vez abajo estamos en el Valle Estrechu, preámbulo del de Liébana, pero aún no podemos cantar victoria, que el libro anuncia de remate final una subidita de 1,5 km hasta Cahecho. Es por carretera y en realidad sólo unos 400 metros de rampa dura, el resto un falso llano viendo el pueblo acercarse. Apenas pocas horas después, evocaremos esta épica etapa (5) degustando la vida y sus copas en Casa Lamadrid, una inconmensurable terraza que asoma directamente al valle y deja visibles a la derecha los Picos de Europa, impenitentemente tocados por su fiel anillo de nubes. Como hoy tuvimos que comer en ruta, tocará cenar a la mesa, despacito y bien, qué menos que un suculento vacuno lebaniego de la ganadería familiar. Ha sido el día más largo y posiblemente la crónica también. Pero ya sólo falta un día y prácticamente se puede decir que esto… es Cahecho.  Imagen023

 

 

 

(1) Grueso del pelotón no es ninguna alusión a nadie, lo prometo.

(2) Esta sí que es una alusión pero con todo mi cariño, también pensé llamarle Perico de los Palotes (bastones, se entiende)

(3) El ínclito además va de naranja en homenaje al gran corredor holandés Gerri Kneteman, eso sí, portentoso rodador pero de escalador nada, se le atragantaba hasta la rampa del garaje.

(4) Pronúnciese Bahamontes con “h” aspirada.

(5) Sí, la más dantesca fue la tercera por el día de perros que tocó, pero esta la más exigente, según declaraciones de mis piernas al final.

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5 Comments

  1. Esta etapa para mi fue la más bonita. Sobre todo por el día que amaneció y nos acompañó justo hasta el copazo de Barceló, que fue justo cuando empezó a decir la nube aquí estoy yo.
    Me impresionó cuando de repente apareció ante nuestros ojos esa impresionante ristra de montañonas, esos peasos Picos de Europa. Picos que recorrió en un día un excursionista que apareció por la recepción de uno de los hoteles del pueblo. No me invento nada, aquí están mis colegas para corroborarlo.
    -Recepcionista: ¿Que tal el día?, ¿hoy dónde?
    -Excursionista: Por los Picos de Europa.
    Y se fue como el que dice, acabo de descubrir América.
    Aunque es la penúltima, se podría considerar como la “última” ya que aquí dejábamos esas maravillosas Posadas de Cantabria que nos ayudaba un poquito más a seguir cada día. Fantásticas y bonitas, cada una con su encanto especial. Y sobre todo el trato de sus gentes.

  2. De acuerdo en todo con mis colegas……. pero a mi me gustaron todas las etapas y si tengo que elegir me quedo con la última, que solo eran 8 km…… no hombre, que es broma…… la de Tudanca a pejanda y esta quinta fueron las que más me gustaron por el paisaje, el tiempo y lo bien que iban las piernas….. ya que la de Barcena era chula pero la bajada fue criminal y la de saja a Tudanca era una pasada pero la lluvia nos fastidió la mitad…..
    Desde luego la cervezona en ese mirador al final fue de las que se ganan a pulso…… Y lo de las posadas y sus gentes 100% verdad……

  3. No se si es triste casualidad pero la acaba de palmar el gran Laurent Fignon que con sus gafas y maneras dio vidilla al Tour en su época……. si es casualidad el narrador le ha hecho un homenaje sin saberlo……….

    1. Pues es pura y cruel casualidad, me acabo de enterar y lo primero que he pensado es en quitarle y cambiarle por otro ciclista de su estilo batallador e indomable. Pero casi voy a preferir dejarle ahí, como tú dices, a modo de homenaje.

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