El periodista y su soledad

Los periodistas, los que son y se sienten, están cada vez más solos. Iba a decir ‘estamos’, pero no quiero parecer presuntuoso. Y ahora, además, se han quedado sin Soledad. Nos hemos quedado, que ahora sí que lo quiero decir.

Soledad Gallego-Díaz era respetada y admirada por los de su empresa y por los de la competencia. Por los de sus ideas y los de otras ideas. Unos, otros y los de más allá admitían y recuerdan ahora que su compromiso con la profesión era insobornable. En eso, ella también se estaba quedando sola. Me parece a mí.

Periodista es un oficio, por mucho que el título universitario, si se tiene, lo adorne y le dé categoría. Pero para serlo, se vale o no se vale. Se tiene actitud o no se tiene. Periodismo es ver algo, entenderlo y contarlo de manera que se entienda. Si es necesario, además, explicarlo y ponerlo en contexto. Y si se tiene el suficiente conocimiento y bagaje como para emitir un juicio de valor relevante sobre el hecho contado, emitirlo. Así se definen los tres géneros de esta profesión: información, interpretación y opinión.

Pero para abarcar los tres, hay que saber dominar el arte de cada uno. Y no todos van a saber, o puede que no a la primera y con el tiempo lo aprendan. El primero, informar, es el básico, y se puede ser perfectamente periodista manejando solo ese. El problema es que los hay que ni eso saben. Y lo peor es que los hay que prefieren practicar el tercero antes que el primero. Opinan, aunque no tengan ni información ni vocación de informar.

No es mía la frase, incluso puede que fuera de la propia Soledad y yo se la he escuchado a alguien que podría quizás considerarse discípula suya: la información es cara, la opinión es gratis. Para contar bien una guerra, unas elecciones en un país o una exposición canina en el parque, uno tiene que irse hasta allí y ver con sus ojos lo que pasa. En cambio, para dar cualquier opinión, basta con verlo por la tele o esperar a que te lo cuenten. Ya sabemos que los medios de comunicación no andan hoy, en general, sobrados de recursos. Entonces, lo que suelen tener esos medios es a uno que informa del hecho -si es buenamente posible- y a muchos que opinan del mismo.

Y no solo opinan todos los que están en los medios, en las tertulias, en sus columnas como atalayas privilegiadas. Hoy todos podemos expresar nuestra opinión libremente y en público a través de las distintas plataformas disponibles. Eso no es malo, es estupendo porque es democracia. El problema viene de que muchos no entienden el juego y no conocen las reglas, y además no tienen por qué. No saben, porque nadie se lo ha enseñado, que lo primero es la información y que ésta ha de ser fiable y contrastada. A partir de ahí, se explica, se opina, se toma partido… Si no, esa opinión es gratuita, por supuesto, pero además, errónea. Si se formula a partir de un hecho mal contado, será falaz. Y si parte de una mentira, es más mentira. Lo peor es que los que opinan desde los medios sí que suponemos que conocen esas reglas y a menudo se las saltan. Pero ese ya es otro asunto y tiene que ver con otras disfunciones, ¿de la profesión? Más bien, de la empresa periodística y el negocio como está montado hoy.

Volviendo al periodista, su figura hoy parece empequeñecida. No ya porque siga siendo una de las profesiones peor consideradas por la sociedad, algo de lo que ya hemos escrito hace poco y de lo que, sin ser realmente culpables, sí somos en parte responsables.

Más que empequeñecida, diría ninguneada, porque hoy la de periodista parecería una categoría menor. Ahora tenemos influencers, creadores de contenido (madre mía), líderes de opinión (otra vez), politólogos, geo politólogos, analistas en cualquier ámbito y, según demande la actualidad, epidemiólogos, ambientólogos, tecnólogos… que algunos en realidad no son nada de eso, pero tienen la innata capacidad de mutar y transformarse en lo que toque. Por no hablar de toda esa legión de expertos ‘patrocinados’ que hábilmente se van colando en estudios, platós y espacios dedicados cada vez que se trata de defender un interés concreto ante una situación determinada.

Al final, todos esos son, en su ingente mayoría, opinadores. Y los hay solventes y documentados, sin duda. Pero luego están los que tienen capacidad y potestad para opinar de todo sin informar -y a veces ni informarse- de nada. Los que están ahí primordialmente para vender su producto o su marca personal. Y un buen puñado a los que podríamos considerar ‘pícaros de nuestro tiempo’ (¿cuántos de esos que hoy se acreditan como influencers vendrían a ser más o menos lo que entonces llamábamos canaperos?). Entre todo ese glamur que hoy predomina en el ecosistema mediático, el periodista se antoja un sujeto vulgar, una profesión viejuna y encima desprestigiada. Y cada vez más prescindible, ahora que la inteligencia artificial puede hacerte el periódico entero y pronto quizás un informativo de radio. O eso se creen…

Ahora sí voy a usar la primera persona. Si supiéramos hacernos valer, tendríamos sobrados argumentos para convencer a la sociedad y a las empresas que sustentan este negocio de que sin periodistas no habría democracia, desde luego; pero tampoco servicios públicos eficientes, consciencia del mundo en el que vivimos, personas a las que admirar o a las que compadecer y ayudar; tampoco países y ciudades que visitar, espectáculos que ver, productos y servicios que nos hagan la vida mejor. Si esperamos a que un tik-toker o una IA nos cuenten lo que hay y lo que pasa por ahí, íbamos a ir listos.

También, si los periodistas estuviéramos y nos dejaran estar en nuestro papel, la sociedad estaría mejor informada y capacitada para ejercer sus derechos, cumplir sus obligaciones y hacer valer su soberanía. Desinformación siempre habrá, porque siempre existieron y existirán la mentira y los que viven de engañar. Y sucedáneos de medios nunca faltarán mientras haya quien los financie para el fin que persiga. Pero un periodista que trabaje con rigor siempre va a apelar a la fuente. La noticia más inverosímil puede ser cierta y lo que parecería muy normal puede ser falso, todo depende de cuál sea el origen primigenio de esa información (una agencia, una emisora local, un personaje público reconocible, o en cambio, una web desconocida, un anónimo, un perfil dudoso en redes sociales…). Eso, en realidad, lo podría hacer cualquier persona, pero no tiene por qué saber. Si se fía del trabajo del periodista, la mentira sería mucho más fácil de detectar y aislar. El ciudadano tendría entonces más posibilidad de distinguir entre lo que son hechos rigurosos y percepciones inducidas; entre juicios de valor honestos y propaganda interesada.

Y si volviéramos a conseguir un equilibrio entre información y opinión, cada una ocupando su espacio correspondiente y sin interferirse, la gente podría hacerse sus ideas y contrastarlas con las de otros. Consumir el medio por el que sus preferencias se inclinen, consciente de que los hechos son básicamente los que son y que cada uno los podrá explicar según su entendimiento y tomar partido o no de acuerdo con sus convicciones. Para eso, necesitamos informar más y que haya más profesionales con medios y recursos que les permitan hacerlo.

El problema es que estamos cada vez más solos. En buena parte porque no nos valoran, pero también en gran medida porque hay quienes ya no valoran su profesión. Puede ser dejadez, impotencia, desilusión… por no adivinar otras causas. Y este trabajo se puede hacer sin muchas cosas, y de hecho se hace, a pesar de todo. Pero sin creérnoslo, es imposible.

Entre otros méritos por los que ha dejado huella, Soledad Gallego-Díaz fue alguien que se tomó muy en serio su profesión. Da la sensación de que se estaba quedando más sola, a saber cómo se sentía ella. Ahora estamos más solos nosotros. Yo sí me siento…

(foto: yinet_87)

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