Racismo, odio y fútbol: por separado y juntos

No pretendo añadir nada nuevo al tema de la semana, porque ya se ha escrito de todo y seguirá. Lo que sí me gustaría es poner un poco de orden. Porque en lo sucedido el domingo pasado en el estadio de Mestalla con Vinicius se han mezclado, me parece, varias cosas distintas. Que es verdad que aquí confluyen, pero quizás convendría explicarlas por partes. Y voy a intentarlo:

Racismo

No sé qué es exactamente un país racista, luego no creo que España lo sea. Tenemos, eso sí, nuestra cuota de racismo, como otros países, más o menos que otros. Y posiblemente, a nuestra manera. Aquí no proliferan los movimientos supremacistas, tampoco tuvimos esclavitud negra, y donde quizás más se ha manifestado históricamente es en la convivencia con los gitanos. Lo que sí se observa quizás en nuestra sociedad es un racismo implícito o llamémoslo sutil. No somos de marginar ni de agredir o ultrajar los derechos de la gente de distinta etnia por el hecho de serlo, pero quizás sí, a veces, de mirarlos con cierta superioridad, con algo de indolencia. No de atacarle ni hostigarle, pero sí de decir “qué gracia nos hace el negrito”. Y mientras los tratemos a distancia, parece que mejor. No es lo mismo enterarse de que el hijo del vecino se ha echado una novia negra que si a uno le dice su hija que se ha echado un novio negro. Pero en fin, todo esto lo explicaría mucho mejor un sociólogo. Yo sólo expongo mi percepción.

Odio

Lo que sí es evidente es que padecemos hoy con gran virulencia, en España y en otros países, una plaga de mala educación, mala baba y, en última instancia, odio. Lo tenemos y, además, en plena progresión y expansión. El mayor ejemplo de ello es toda esa ciénaga que circula y bulle por las redes sociales, pero lo podemos apreciar también en el mundo real y palpable que respiramos a diario, del bar al supermercado y de cierta prensa al debate político. Y esa mala educación, esa mala baba y ese odio se manifiestan en todos los “ismos” y “fobias” (sin contar el machismo, que es otro tema), que no significan más que despreciar al prójimo por el simple hecho de ser diferente, y sea cual sea la diferencia: de etnia, de religión, de país, de orientación sexual o, simple y llanamente, de forma de pensar. Por lo general, ese odio no es espontáneo, está a menudo muy bien organizado y dirigido, pero bien montado además para que parezca espontáneo. Eso explica mucho de lo que sucedió el domingo pasado en Valencia.

Fútbol

Y no olvidemos que todo esto ha sucedido en un partido de fútbol. Sabemos que, en los estadios, el insulto lleva normalizado desde hace mucho, mucho tiempo. No producía mayor escándalo que la gente fuera allí a desfogarse contra los árbitros, contra el equipo rival, contra ese jugador que caía antipático o que -ojo- era muy bueno. Ahora, ese clima “típico” de los campos de fútbol se ha visto todavía más viciado y enrarecido por toda esa mala baba que impregna la sociedad. Sucede en España, en Italia, en Grecia, en Turquía… pero también cada vez más en estadios del centro y norte de Europa. Pero los forofos del fútbol quieren, ante todo, que gane su equipo. Y los clubs de fútbol quieren ganar partidos, por cierto, ya sabemos cómo históricamente han protegido y financiado a sus grupos ultras, pero ese ya es otro tema. El caso es que luego se manifestarán y verterán comunicados contra el racismo, la xenofobia, la homofobia… pero cuidado, si sancionan, que sancionen a otros, no a ellos. La afición valencianista quería por encima de todo que el Valencia ganara e insultaba al futbolista negro que podía ponerlo en peligro, como otras aficiones -en Madrid, en Barcelona, Sevilla…- insultan al jugador más peligroso -y si además es antipático- del equipo rival. Si el futbolista es bilbaíno lo llamarán etarra, si es catalán independentista, si es alemán, nazi. Y si es negro o moro, pues eso. Futbolistas vilipendiados en los estadios españoles han sido, entre otros, Cristiano Ronaldo, Neymar, Piqué, Luis Enrique, Eto’o, Hugo Sánchez, Simeone… cada uno tenía sus características humanas y futbolísticas que los hacían ‘odiables’ para las aficiones rivales. Pero, como se ve, no todos eran negros. A Laurie Cunningham, futbolista inglés de los años 80 que jugó en el Real Madrid, le mandaron a su casa una carta con una bala dentro, porque había sido el primer negro en debutar con la selección inglesa. Eso sí era racismo.

Estos tres fenómenos son los que se han dado cita el domingo pasado en Mestalla para producir este cóctel esperpéntico y que en tan mal lugar ha dejado a tantos y nos ha dejado como país. Pero también vienen sucediendo, durante esta y pasadas temporadas, en otros estadios de España y de otros países. Lo que pasa es que esta última gota ha colmado el vaso, ha trascendido de la esfera deportiva y nuestras fronteras, y por eso han llegado las sanciones que tendrían que haberse decretado mucho antes. Y que, como siempre, los que las sufren consideran injustas y desproporcionadas. Por alguno había que empezar, aunque sea tarde.

Tenemos entonces que, dada la difusión mundial del suceso, todo el mundo ha venido a hacer su pan con sus tortas, y por supuesto, nadie ha desaprovechado la ocasión para llevar el asunto a su terreno. Claro, algunos tampoco han perdido la oportunidad de hacer el ridículo.

Y yo, lo único que pretendía era poner un poco en orden las cosas. De paso, también en mi cabeza.

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