Las comparaciones son… peligrosas

No es que este chico me parezca mejor que Nadal a su edad. Es que creo que no he visto un tenista a los 18 años como Carlos Alcaraz. A Federer no lo vi con esa edad, a Djokovic sí, y antes a Borg, a Willander, a Chang, Agassi… y a Rafa, por hablar de los que fueron precoces. Ninguno me pareció tan bueno como veo a este. En calidad y variedad de golpes, en carácter, en toma de decisiones… si he de decir la verdad, me asusta ese nivel con esa edad.

Pero claro, ya estamos comparando al chico con Rafa Nadal. Y eso son palabras más que mayores. Porque para ser Rafa Nadal no sólo hay que ser buenísimo a los 18, hay que seguir siéndolo año tras año, cada vez mejor, luego adaptarte según cambia tu cuerpo y mantenerte ahí arriba hasta los 36 que va a cumplir en junio el de Manacor. Así ha ganado todo lo que ha ganado y es la cumbre del deporte español y mundial que es. Pero eso no sólo es muy difícil. Es que es muy raro que pase.

Es verdad que hoy los deportistas son más longevos gracias a la medicina, la biología, la nutrición… Pero (y va por Rafa, pero también por Roger y Novak) es muy improbable haberlo ganado todo y seguir teniendo ilusión por competir. Haber acumulado mucha fama y mucho dinero y mantener la disciplina para entrenar y no abandonarse. Ser el mejor y todavía querer mejorar. Ser una leyenda en vida y no cambiar. Eso aparte de las circunstancias que pueden afectar al cuerpo, a la mente, a la vida, que siempre son impredecibles. Por eso nadie le puede pedir a Carlos que sea Rafa, y el tiempo dirá lo que es. Él parece tenerlo claro, por ahora. Quienes más bien debemos tenerlo claro somos los demás.

Porque, aunque esto haya empezado pareciendo un artículo sobre tenis, que en parte lo es, va también sobre el vicio de comparar. Son odiosas, sí, pero además las comparaciones son peligrosas. Lo son para el comparado, que puede sentirse agobiado y no soportarlo. Pero también para el que compara, que puede crearse unas expectativas que después no se ven correspondidas. Y vienen las decepciones, las frustraciones, por no hablar de las etiquetas, esas que a tantos personajes públicos han terminado por amargarles la existencia y en más de un caso a arruinarles sus carreras.

Pasa mucho en el deporte. En el Barça pretenden que Pedri sea Iniesta. En el Madrid, creímos que Asensio iba a ser el Messi español. En ciclismo, los belgas sueñan con que Evenepoel sea nada menos que Eddy Merckx, aunque otros aseguran que el esloveno Pogacar va camino de serlo. Y en tenis, claro. ¿Qué ha sido del búlgaro Dimitrov, al que hace diez años ya que llamaban Baby Federer?

Pero pasa en todos los órdenes de la vida. Mucho de lo que vemos o nos sucede lo solemos poner en relación o contraste con algo que pasó o que fue. Acontecimientos, episodios, figuras del arte o de la política, guerras y epidemias, crisis económicas y catástrofes naturales. El nuevo o la nueva tal, el que recuerda a aquel, la reencarnación de este o la reedición de aquello. Sobre todo cuando surgen, después ya van tomando su propia identidad, más parecida o más alejada de aquello con lo fueron comparados en su origen.

Mucho se debe a la necesidad que tenemos de impactar. Los titulares en los medios, por ejemplo, ganan mucho con la comparación. Si a los madrileños nos informan de que se aproxima un temporal de nieve, puede que prestemos atención, pero si nos dicen que vuelve Filomena -como nos han estado avisando todo este invierno-, ya se nos ponen las orejas tiesas o no dudamos en pinchar y leer. En un plano más dramático, tenemos hoy una guerra en Europa, pero posiblemente las informaciones más seguidas son las que ofrecen paralelismos con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial -y es verdad que la situación y el contexto ofrecen no pocas y preocupantes similitudes. O constatar cómo la opinión política -más que información- en España está plagada -más bien diría infectada- de referencias a episodios y personajes de nuestra historia menos ejemplar, tanto en un sentido como en otro. Y sí, esas comparaciones son muy peligrosas.

Tampoco esto sucede por nada. La comparación es una figura retórica muy efectiva. Más directa y menos sutil que la metáfora, y además muy socorrida. Muchas veces es más fácil describir una cosa a través de su semejanza con otra que por sus propios atributos. Y cuando se informa sobre algo nuevo, que empieza, es posible que la audiencia lo comprenda y lo acepte mejor si se pone en relación con una referencia más conocida. Así, si al prometedor tenista español lo damos en llamar ‘el nuevo Nadal’, mucha más gente se va a enterar.

Porque, volviendo al tenis, habrá que admitir que la comparación es en cierto modo comprensible. Vamos a echar tanto de menos a Rafa cuando lo deje, que nos agarramos a la esperanza de haber encontrado uno nuevo. Que te sea leve, Carlos, pero sobre todo, sé tú.

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