Bomba a bordo (o periodista, según…)

El Gobierno de un país europeo se ha tomado la licencia de bajar del cielo un avión de pasajeros que sobrevolaba su territorio. Explicó primero que había una bomba a bordo, pero no, la bomba era un periodista que alentó protestas contra el régimen. Una vez aterrizado, lo han detenido junto con su novia y en la cárcel están, puede que por 15 años más. A los restantes 170 viajeros les han permitido proseguir su trayecto después de siete horas de “escala técnica”. “Disculpen las molestias”, debieron decirles. La Unión Europea ha dicho que eso no está bien y ha impuesto sanciones a Bielorrusia.

Pero hecho está y al presidente de ese país -el último dictador europeo, le dicen- le importan poco las reprimendas, las sanciones y lo que digan de él por ahí. Al contrario, por machote, se ha ganado puntos ante su benefactor ruso, que lo elogia y lo aprecia. No dudará en proceder igual a la menor oportunidad que se presente. Y Europa, el mundo occidental y civilizado, clamará e interpondrá protestas oficiales, amenazará con nuevas sanciones. Los periodistas seguirán entrando en prisión y quien más y quien menos, a partir de ahora, se cuidará de tomar un avión que pase por allí.

Lo que han perpetrado las autoridades bielorrusas es, evidentemente, un atentado contra la libertad de expresión, solo que ésta allí no existe de facto, luego no tienen la menor constancia de haber violado ningún derecho. Además, han cometido un delito contra la libre circulación de personas. ¿A cuánto ascendería la indemnización que deberían pagar a cada uno de los pasajeros secuestrados, a la compañía aérea y a todos sus tripulantes? ¿Se sabe que, entre las protestas, medidas y tal vez exigencias de la UE, figure esta “pequeña” y justa reclamación?

Pero no pasa nada. La vida sigue, el mundo gira, nos entretenemos con las grandes cuestiones estratégicas, geopolíticas, los discursos inflamados y las poses de indignación. Y nos perdemos los detalles. Que en un país de Europa -y no es el único- se siga encarcelando a periodistas por sus informaciones u opiniones debiera sonrojar a cualquier ideólogo o defensor del proyecto europeo, no digamos a los que ejercen la plasmación política de dicho proyecto. Pero que resulte además que unos ciudadanos del continente, que van de Atenas a Vilna como podían ir de Madrid a Barcelona, pueden ser bajados a tierra y retenidos impunemente, con la ineludible excusa de que llevaban a un compañero de viaje sospechoso… ¿nos puede parecer tan normal? ¿Nos quedamos tan tranquilos? La noticia ha tenido cierta repercusión en los medios -no es que no la haya tenido-, pero muy en segundo plano respecto a los “grandes temas” que nos interesan, o mejor dicho, nos distraen.

El mes pasado, dos periodistas españoles y un ecologista irlandés fueron asesinados en Burkina Faso. La noticia espantó, conmovió, pero quien más y quien menos pensó que claro, el que se mete en esos países, con esos líos… y a lo nuestro. Esta semana ha sido rescatada por algún medio al conocerse la emocionante historia de interés humano que brotó en medio de la matanza. Pero pronto, casi nadie se acordará de nada. Y sí de las idas y derivas de cualquier líder político o celebrity al uso.

En 2020 fueron asesinados 50 periodistas en el mundo, según Reporteros Sin Fronteras -60 según la Federación Internacional de Periodistas, ni en eso nos ponemos de acuerdo. En cualquier caso, la cifra se mantiene más o menos constante año tras año, da igual si es de pandemia o de otros avatares. Pero un dato a tener en cuenta: dos terceras partes de esos asesinatos se produjeron en países que oficial o declaradamente no están en guerra. Dos en Europa (Rusia y Suecia tienen el honor). Y según RSF, cerca de 400 periodistas constaron encarcelados en 2020, por cierto, cuatro de ellos en Bielorrusia. Y entre los señalados figuran países como Turquía, Egipto, otra vez Rusia, ¿qué decimos de Iberoamérica?… no tan lejanos.

En el mundo volátil, incierto y malinformado en el que vivimos, es fácil perder la perspectiva. Nos escandalizamos, no puede ser de otra forma, de la represión y las violaciones de derechos que nos cuentan en determinados, numerosos enclaves de nuestro planeta. Pero no dejamos de verlo como algo exótico, que por aquí hace mucho que ya no pasa -en realidad, no hace tanto que pasaba. Y a medida que se desmesuran ciertos discursos, conductas e incitaciones a públicos enfervorizados, puede que tendamos a normalizar según qué cosas, qué limitaciones, qué prohibiciones. De hecho, hay un partido político en España que veta a medios de comunicación en sus actos y repetidas veces ha anunciado que, cuando esté en sus manos, cerrará empresas o impedirá el ejercicio a según qué periodistas. No se sabe si de boquilla, para parecer muy valientes -lo son siempre ante los débiles, vulnerables e indefensos- o porque de verdad lo pondrán en práctica. El caso es que no por vivir en una democracia garante debemos dejar de estar atentos y avisar. Visto lo de esta semana en aquel país que nos parece tan remoto y sin embargo es europeo, avisados quedemos.

Y que no tengamos, cuando volvamos a volar, que preguntar si va algún periodista entre el pasaje. Como si de una bomba se tratara…

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