¿Quién le pone el cascabel al dato?

¿Cuánto vale tu casa, tu coche, tu móvil de última generación…?  No será difícil valorarlo. ¿Y tus cosas queridas, los libros con los que creciste, tus recuerdos de grandes viajes o esa colección única de discos de jazz o de rock? Ahí ya será más complicado, habrá que añadir un componente emocional e intangible. No digamos si en vez de tu casa hablamos de tu hogar, que adquiere un significado muy distinto. Y tus gatos, tus tardes de verano en la terraza o tus paseos por la mañana. ¿Y cuánto vale tu vida? Lo típico y fácil sería decir que no tiene precio. Pero sí lo tiene. Lo que pasa es que no se lo pones tú.

No podrán decir que la curiosidad mató al dato. En su día fue novedoso, pero hoy ya es una obviedad, reconocer que los datos personales son las minas de oro de este siglo XXI, el principal activo y fuente de negocio de las empresas más exitosas. Lo que no es tan nuevo es la reflexión que escuchaba el otro día a una directiva experta en analítica y big data: llegará un momento en que a las personas habrá que remunerarlas por la cesión de sus datos. Lo que automáticamente nos lleva a una frustrante deducción: llevamos 15 años o más regalando generosamente nuestros datos. Todo ese petróleo que mueve los negocios de hoy y que amasan los gigantes de Internet, lo han estado obteniendo gratis total y con nuestro consentimiento. Ahora caemos en la cuenta, tristes de nosotros. 

No hemos vendido nuestra privacidad, la hemos regalado. ¿Y pretendemos algún día cobrar por lo que ya se han acostumbrado a conseguir sin contraprestación económica alguna? De acuerdo en que cuando hemos accedido a facilitar nuestra información personal, suponíamos que no lo hacíamos a cambio nada. Pretendíamos comprar algo, recibir algún servicio, darnos de alta en alguna red o plataforma de la que esperábamos alguna satisfacción, de la índole que fuere. Lo que no esperábamos, o no se nos decía, es que esa información iba a ser facilitada a otros, procesada en poderosos servidores, tratada por complejos algoritmos. Algo nos sospechábamos al principio cuando, después de consultar hoteles en Praga en una web de viajes, al entrar en cualquier otra página que no tenía nada que ver, nos aparecía invariablemente el anuncio de una oferta de hotel en Praga. ¿Y cómo se han enterado? Sí, ahí había dato encerrado. Ahora ya ni nos lo preguntamos, nos parece tan normal.

Pero resulta que ya no sólo saben a dónde queremos ir de vacaciones. Nos negaremos a hacer inventario aquí de todo lo que saben de nosotros, más que nada por aquello de que “ojos que no ven…”, no vayamos a amargarnos la tarde o salir despavoridos. Pero pensemos, ¿cuánto vale todo eso que hemos regalado? Imposible calcular -que diría el portugués del chiste-, pero desde luego mucho, infinitamente más de lo que hemos obtenido a cambio. Con la particularidad de que, si uno por uno pretendiéramos ahora ir a cobrarlo, los detentores -sí, decimos bien- de esa información nos responderían que tus datos o los míos, por sí solos, no valen gran cosa. Y no les faltarán argumentos, vamos, que no le busquemos tres pies. Pero es la suma de los tuyos, los míos y los de millones de personas lo que conforma una fortuna descomunal. En bruto, sí, pero medios ya tienen, y cada vez más, para explotarla, pulirla, clasificarla y rentabilizarla.

La cruda realidad es que vamos dejando señales de nuestra vida por donde vamos, y la mayoría de las veces ni nos damos cuenta. Basta con llevar el móvil en el bolsillo, y dentro de muy poco bastará con la ropa que llevemos puesta o con el interruptor de la luz, que según esté apagado o encendido, dirá a alguien algo de nosotros, y no sólo que estamos en casa. ¿Y quién le pone ahora el cascabel? Esto es, ¿qué ente y en qué momento decidirá que hasta aquí hemos llegado y que en adelante el que quiera información personal deberá pagar por ella? ¿Quién y cómo regulará esa compra-venta? ¿Qué criterios establecerá para fijar precios en función de qué tipo de datos? ¿Y qué pasará con los que ya los facilitaron sin que nadie pasase por caja, se determinará algún tipo de compensación retroactiva para los primos que ya lo hemos dado todo en la Red? Vamos a jugar a ponernos escépticos, que lo más seguro es que acertemos. Ya se dotarán de argumentos las grandes entidades para librarse de semejantes desembolsos y para no renunciar a lo que entienden que son sus derechos. Y ya llegarán tribunales e instituciones a darles la razón y dejarles campar a sus anchas.

Mientras tanto, nos regalarán caramelos para contentarnos, en forma de pírricas batallas ganadas que nos venderán como históricas victorias. Léase la RGPD, con un año ya de vigencia, de la que la inmensa mayoría de los usuarios no se ha enterado y apenas se ha sabido de aquellas cuantiosas multas que se anunciaban para las empresas que la incumplieran. O la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que impide a los partidos políticos recopilar datos de los ciudadanos con fines electorales, que fue emitida, qué casualidad, justo después de las elecciones generales. O el reciente anuncio de Facebook, que tiene todo el pelaje de otra cortina de humo para lavar la imagen. Pero las decisivas guerras ya están perdidas. Los grandes ríos, lagos y océanos de información personal, de la más trivial a la más íntima, de la genérica a la intransferible, seguirán fluyendo en los macro servidores y alimentando modelos de negocio que luego nos presentarán como innovadores e irresistibles y así seguirán sacándonos los secretos y las tripas. No, ni de noche todos esos datos son pardos.

Con todo esto, tal vez no haga falta llegar a un punto de vista tan radical como el de Marta Peirano, expresado en esta entrevista. Pero sí nos debería servir para reflexionar. Tenemos todos claro lo que Internet y todos sus servicios asociados nos han dado, lo que nos han cambiado y en muchos casos mejorado la vida. Pero nunca, o muy pocas veces, nos hemos planteado lo que nosotros le estamos dando ¿A la Red? A los que la dominan. La información es poder, nunca ha estado más claro que ahora. Solo que no es exactamente como nos lo contaban. Y poco tenemos que hacer, porque a estas alturas no vamos a convertirnos en ermitaños digitales. Simplemente, intentemos, en la medida de lo posible, mantener el sentido común. No tenemos siete vidas, así que hagamos de esta lo más nuestra posible.

Y si los tienes, disfruta con tus gatos. Que tampoco son tuyos, sino suyos. Pero esos sí que no tienen precio ni irán contando tu vida por ahí. Por ahora…

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