¿Nos cargamos la rueda de prensa?

Hay noticias que parecen tan normales, o al menos así se cuentan. Y, sin embargo, algo de miedo deberían darnos. Por citar algunas de estos días: que pidan suspender las ruedas de prensa posteriores al Consejo de Ministros (¿Cómoooo?); que la Agencia Efe y Google anuncien un acuerdo para “afrontar juntos los nuevos retos informativos” (Ay ay ay…); que diarios nacionales publiquen el 8 de marzo un anuncio pidiendo la derogación de las leyes de género (sin complejos, oye); o la semana pasada, que el Real Madrid despida a un empleado, entrenador de juveniles, por hacer en una emisora de radio cometarios críticos con el juego de su equipo en un partido (olé la libertad de expresión).

Y muchas más. Pero hoy vamos a dedicarnos a lo de las ruedas de prensa. Si ya dan pocas los políticos, y menos los gobiernos, ahora hablamos de cargarnos una que está institucionalizada desde hace 40 años. Vamos, la única de la que ningún gobierno se ha librado, y puntualmente la ha dado prácticamente todos los viernes. Ah, pero es que no parte del ejecutivo la genial idea. Son los partidos de la oposición los que solicitan a la Junta Electoral que se suspenda. Argumentan que se están utilizando para difundir propaganda política. Que no falte el desparpajo.

Vamos a ver si no perdemos la perspectiva otra vez. Primero, los gobiernos lo son, con todas las consecuencias, hasta el día de las elecciones generales. Por lo tanto, celebran consejos de ministros y, tras éstos, comparecen en rueda de prensa para anunciar lo acordado por el gabinete en su reunión. Y a continuación responden a las preguntas de los periodistas. Porque si no, no sería una rueda de prensa. Insisto, esto lleva 40 años haciéndose, incluidos períodos pre electorales o en plena campaña electoral.

Segundo, la propaganda política es, desgraciadamente, de uso común en cualquier comparecencia ante la prensa, de cualquier gobierno y de cualquier partido, en cualquier formato. Para no irnos muy lejos, baste fijarse en las recientes tertulias con políticos de diferentes formaciones que radios y televisiones han emitido estos días sobre igualdad, con motivo del 8 de marzo. Es una práctica tan cansinamente repetida que se ha aceptado como normal, y hasta se diría lógica. Más bien, lo extraño resulta cuando un político no recurre al recetario y se limita a contestar a las preguntas y a analizar las situaciones desde su honesto punto de vista. Claro, para ello se precisaría ese pequeño matiz: honestidad.

Tercero, los políticos -y los gobiernos principalmente- abusan en los últimos tiempos de las comparecencias sin preguntas, en las que leen un comunicado -o recitan una soflama- y se van sin que nadie tenga la oportunidad de interpelarles. Los periodistas, así como las asociaciones y entidades que les representan, han sido muy diligentes a la hora de criticar esta práctica y en su advertencia de dejar de cubrir estos eventos. Lamentablemente, las palabras no se han traducido en acción, y los periodistas siguen acudiendo a estos actos tan poco informativos, se entiende que en gran medida obligados por los medios en los que trabajan. Y en vez de exigir más ruedas de prensa de verdad, ¿aceptamos que se carguen también las que hay?

No vamos a negar que el Gobierno actual, y todos los que han pasado por este país, hayan aprovechado la rueda de prensa del Consejo de Ministros para sus intereses. Ya que tienen que informar y someterse a las insidiosas preguntas, recurren a sus técnicas de comunicación, más finas o más gruesas, para arrimar el ascua a su sardina, para vender sus logros, defenderse de los dardos de la oposición y lanzar su propia batería de dardos. Pero al menos, precisamente por tratarse de una rueda de prensa, los periodistas tienen la oportunidad de preguntar, demandar explicaciones, repreguntar si entienden que no se les ha respondido debidamente, en fin, exigir información. Y si es necesario, complicarle la vida al portavoz o al ministro de turno. Que se tenga que esforzar por ser o al menos parecer convincente.

Tampoco me extrañaría que este Gobierno, y todos los que han pasado por este país, se haya planteado alguna vez suprimir la citada rueda de prensa de los viernes. Como se han suprimido otras, o las han mutilado, reducido a una o dos preguntas, en otros escenarios de su actividad. Ciertamente, debe ser un trago incómodo en según qué situaciones, y cada vez están menos dispuestos los gobernantes a cumplir con una de sus obligaciones esenciales, que es explicar a la ciudadanía sus medidas o sus posturas. Pero quizás, por estar tan institucionalizada después de cuatro décadas, ningún ejecutivo se ha atrevido a cargarse este acto informativo, uno de los pocos propiamente dichos que se mantienen en la vida política española. Ah, pero resulta que son ahora dos partidos de la oposición los que piden que se suprima. Vamos, no me hagan reír… ni llorar.

La Junta Electoral puede determinar si se excede el límite de lo permitido en cuanto a la difusión de mensajes electoralistas desde los poderes públicos en período de elecciones. Algo que, por otro lado, se ha hecho siempre. Podrá evaluar, advertir o aplicar sanciones -creo que nunca hasta ahora lo ha hecho. Pero si finalmente accede a declarar la suspensión de la rueda de prensa post Consejo de Ministros, habremos dado una vez más la razón al sinsentido. Lo habremos hecho otra vez al revés. Y aún peor, se habrá sentado un precedente letal. El próximo gobierno que recale en La Moncloa ya no tendrá reparos en saltarse este trance cuando le convenga. El portavoz despachará un comunicado, lo remitirán a los medios y lo colgarán en la web. Sin posibilidad de contestación alguna. Perderá una vez más el periodismo, y por extensión, la democracia y los ciudadanos. Incluso los que aplaudirán la medida.

Claro, hablamos de una petición hecha por políticos, no por periodistas. Pero hasta medios hay que ya están empezando a manifestarse de acuerdo, simplemente porque sus líneas editoriales sintonizan -o, mejor dicho, comulgan- con el ideario de los partidos que la han formulado. Decididamente, somos la profesión que mejor se tira piedras contra su propio tejado. O la que más certeramente se dispara al pie, si prefieren esa expresión.

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