Suzanne, no me lleves…

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Suzanne, no me lleves más. Ya estuve en tu refugio y tomé tu té con naranja. Me meciste con tus manos y el río dijo y contó, pero por más que digas y digan, el río nunca sabrá nada. Puedo decir que visité tu santuario, y sé que el sagrado momento no se volverá a repetir.

No se volverá a repetir. Los que nadábamos hoy somos náufragos, ni siquiera ahogados, harapos y pieles que flotan sin saber si algún día se van, nos vamos a hundir. Es verdad, mira el mundo, que la piedra le va ganando en kilos a la sabiduría, y no sabemos por qué ni cuándo, pero así se supone que nos va a ir.

Mira el niño que una de estas mañanas aprenderá a andar, entre las noticias y las flores, empezará a aprender esa llamada la ciencia del amor. Hará dibujos felices, esmerados y delicados, los garabatos serán soles, las sonrisas se harán espuma. Entonces recordaremos que el mar nos iba a liberar, cierto es que tardando está.

Suzanne, no me invites más. Desde tu torre la tierra se ve así de pequeña, pero tú quieres encontrarme y yo hago lo posible por decirte que no estoy aquí. Estuve, pero no pude soportar saberte tan arriba y tan lejos. No tuve ánimos ni fuerzas para subir otra vez, aunque no lo diga siempre me lo reprocharé y ahora prefiero no estar.

Y quieres viajar conmigo, quieres viajar a ciegas, confías plenamente en mí porque he disfrutado tu cuerpo divino con mi mente.

Suzanne, no me perdones más. Aquel momento no lo propicié ni lo inventé yo, pero lo viví y con él me quedé para el resto de los días. Escuché tu voz, tu aliento y el oleaje de tu respiración. Incluso cuando supe que no eras tú, o reparé en que a lo mejor yo también era otro, sólo puedo decir que deseé estar ahí.

Deseé estar ahí. Estábamos medio locos, y el cielo se abría para que dejarnos ver más allá. Pensábamos que el camino sería largo como un abrazo, intenso como el beso inesperado, entonces me llevaste al río y me convenciste de que podríamos caminar sobre las aguas. Fue cuando empecé a sentirme casi humano, quiero decir abandonado.

El sol caerá como la miel y diré que no tengo amor para darte. Soñaré que soy un héroe entre las algas, me engañaré con proyectos que me ilusionan bastante. Echaré cortinas para que no me muestres donde he de mirar, aunque al final -quizás no lo sepas pero yo sí- seguiré buscando naranjas de la China para tu té y alguna seda fina con que vestirte.

Suzanne, no me digas más. Este poema se me está haciendo demasiado grande como para enfrentarme a él. Oigo pasar los barcos y no hacen sino devolverme a esta idea, a esta canción. Hoy, esta semana, el mundo ha sido un poco peor. Quédate en tu refugio, yo voy a intentar no salir del mío, que son mis viajes para no ir a ningún lugar.

Y quiero viajar contigo, quiero viajar a ciegas, confío totalmente en ti porque has rozado mi cuerpo entumecido con tu mente prodigiosa.

Suzanne, no me lleves…

P.D. Entre otras cosas, a Leonard Cohen siempre le deberé esta canción, que aquí me he permitido recrear torpe y libremente. Aunque, cosas de la vida, no la conocí por él. Sé que me perdonará y me perdonarán sus fans, pero el momento fue así. Suzanne, Leonard Cohen, versión de Neil Diamond.

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