Oro con sangre entra…

Mireia Belmonte y María Bernabéu, fotos Efe y Reuters

El deporte de élite es insano. Los Juegos Olímpicos, una tortura física y mental para los deportistas. Cuatro años de trabajo, suplicio, dieta, ni una mísera semana de vacaciones… consagrados a un día. Que se puede dar no mal ni regular, sino un poco menos bien de lo que soñabas. Quedas cuarta… y se te queda la carita de la judoka española ayer. Porque en España, no sé en otros países, quedar cuarto es un fracaso. El deportista sabe, conocedor de su deporte y sus secretos, que en un mero detalle está ser oro a quedarse sin medalla. Pero para el gran público sólo cuenta haber tocado metal, y si no, eres un “matao”. Hoy Mireia Belmonte es una diosa y María Bernabéu una frustrada que sólo quiere volver a casa y abrazarse con su familia. Seguramente ambas han trabajado y sufrido lo mismo para llegar hasta aquí. Pero mucha gente no lo valora, no conoce en realidad lo que es el deporte a este nivel. No se lo explicamos quizás bien, pero muchos, si se lo explican, tampoco lo van a entender.

Un futbolista puede redimirse y justificarse cada semana, un tenista tiene varias citas importantes al año, un ciclista muchas carreras y por lo menos un Tour de Francia cada verano. Puedes tener una temporada mala y volver a la siguiente. Pero una judoka, un tirador con arco, una esgrimista o hasta un gimnasta –deporte enseña de los Juegos-… existen en la consciencia colectiva cada cuatro años. Cierto que también tienen sus campeonatos de Europa y del Mundo, sus torneos de prestigio… pero esos quedan para los muy especializados, ni una línea se escribe en los grandes medios de comunicación. Pueden ser reconocidísimos en su círculo deportivo, pero la cita olímpica es su gran y única oportunidad para trascender. Si logran medalla, pasarán a la categoría de celebridad. Si quedan cuartos –no digamos si no llegan a la final, si les eliminan a las primeras de cambio- seguirán en el anonimato. Machacándose a destajo, pero lejos de los focos.

Nos pensamos, se piensa la gente, que ir a unos Juegos Olímpicos es jauja. Porque además los grandes medios, siempre a la búsqueda de lo espectacularmente noticioso, tienden a explayarse en las imágenes más vistosas y en las correrías, las juergas y las gamberradas de ciertos deportistas. A Río de Janeiro han acudido más de 11.000 deportistas, muchos sí… de los millones que amateur o profesionalmente compiten en todo el mundo. Van 2.400 atletas, 900 nadadores, 196 gimnastas, doce selecciones nacionales por cada deporte de equipos… los mejores o los que se lo han ganado. Cuesta mucho estar ahí, hay que ser muy bueno y haberse sacrificado mucho. No es de extrañar por ello la expresión de máxima felicidad de esas chicas y chicos durante el desfile de la ceremonia inaugural. Luego viene lo duro. La competición, lo que va del éxito al fracaso, el examen final a cuatro años dedicados a ese día, a esa carrera, a esos 10 segundos. Los que lo vemos por la tele disfrutamos de lo lindo, veneramos al campeón y condenamos al perdedor. Pero no tenemos ni idea de lo que para unos y otros supone.

Claro que ellos lo han aceptado con todas sus consecuencias, incluso muchos viven de ello, más sobrada o más ajustadamente. Algunos puede que vivan el resto de su vida de la medalla que consigan, o se quedarán en el olvido y la miseria por quedarse a un metro o a una décima de segundo del cajón. Esto no es ciertamente lo que pensó el Barón de Coubertin, pero es el deporte que hemos creado a día de hoy. Más que los juegos que noblemente inventaron en Atenas, es el circo romano de nuestros días, en el que unos esclavos ganan su día de vino y rosas –pero siguen siendo esclavos, aunque de otra forma- y a otros directamente los condenamos con el pulgar hacia abajo. Nos quedaremos con las imágenes triunfantes e icónicas de Bolt, de Phelps, de Biles, de Mireia… de los españoles que ganaron medalla, da igual el color. Y nos olvidaremos de los demás. Pero que nos quede claro que esos oros, platas y bronces han entrado con sangre (miren, por ejemplo). Y los que no lo han sido, han pagado la misma sangre pero sin premio. Muy bonito, literario y cinematográfico si quieren, pero muy cruel e insano también.

Y sin embargo, muchos envidiamos sinceramente a estos deportistas olímpicos. A los que pierden también.

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