Tour más Flandes que nunca

Tour de Flandes

El domingo se disputa en Bélgica el Tour de Flandes, una de las más clásicas pruebas ciclistas de un día –de hecho se denominan así, “clásicas”-, y que además este año celebra su centenario. Pero por Tour de Flandes podríamos entender otras muchas cosas, por ejemplo una ruta por esas soberbias ciudades que aúnan la Historia, la belleza bien argumentada y el gusto por el buen vivir. De Brujas a Amberes o de Gante a Malinas, enclaves y nombres que además nos resultan en cierto modo familiares, bien porque los recordamos de los libros de historia o porque nos salen al paso en una visita al Museo del Prado. Muchos están castellanizados, como el propio término “flamenco”. Y la ciudad de Bruges se llama así por sus puentes, no porque sea nido de hechiceras.

Esta carrera que se celebra el domingo es una de las más preciadas del calendario ciclista, por tratarse además de una de las más exigentes. Sus más de 250 km constan de los llamados muros –especie de escalones que forma el terreno y dan lugar a cuestas cortas pero empinadísimas-, alternados o superpuestos con angostos tramos de pavés, que son un verdadero martirio para atravesarlos en bicicleta, más aún a esas velocidades endemoniadas que imprimen los corredores. Si encima llueve, que suele de ser de lo más habitual por estas tierras, desde luego hacen falta ganas para meterse por esos caminos tortuosos. Pero la competición es así, y la pasión por el ciclismo lo puede todo. Se diría una prueba para especialistas, pero muchos grandes campeones han ido allí a dejar su impronta, sin ir más lejos el gran Eddy Merckx, que se llevó dos.

Pero este país ciclista por antonomasia que es Bélgica vive en los últimos tiempos su particular Tour de Flandes. El momento culminante de su desgracia sobrevino la semana pasada con los atentados de Bruselas. Pero en realidad llevan desde finales del año pasado –cuando los de París – en estado de convulsión, desposeídos de su pragmática y bien alimentada felicidad. Desde que se supo que los autores de la masacre del 13 de noviembre venían de allí, concretamente de un barrio bruselense. No estaban acostumbrados a esos estados de excepción –más allá de las riñas y trifulcas domésticas entre valones y flamencos-, a que les digan que no pueden salir a la calle, que la amenaza es inminente.  De repente han pasado a vivir compungidos. Más aún cuando han visto confirmarse las peores sospechas, y aún después no pueden vivir ni mucho menos seguros de que la pesadilla se haya terminado.

Para más desgracias, los belgas no tienen bastante con haber sufrido los zarpazos del odio fanático en sus carnes. Ahora son además objeto de agrias críticas por su gestión de la crisis. Se les achaca falta de previsión, nula coordinación y falta de preparación. Poco menos que se les llega a considerar culpables del estado de aprensión que vive hoy prácticamente toda Europa. Les acusan de tener el nido de cucarachas en casa y no haber sido capaces de fumigarlo. Ya se sabe que lo fácil es buscar cabezas de turco cuando unos y otros necesitan despejar sus responsabilidades. Y la dictadura de la seguridad es así. Se les ridiculiza por ser un país garante de derechos, y ojalá todos los países pudiéramos un día llegar a ser así. Por cierto, el pasado fin de semana dos ciclistas perdieron la vida por diferentes accidentes en plena competición. Belgas eran los dos, no son desde luego sus mejores tiempos.

Pero el sol sale siempre por algún sitio. Llega la primavera y con ella esta gente normalmente se echa a la calle, a las terrazas, a pasear por sus callejuelas de piedra y sus travesías de cuento. Y a salir a jalonar las carreteras adoquinadas para ver a los ciclistas jugarse su gloria, pie a tierra y embadurnados de barro. Es el calendario de clásicas, que ya está en marcha y terminará en Lieja el 24 de abril. Es una oportunidad para que vuelvan, en la medida de lo posible, a ser ellos mismos. A su cerveza y a su chocolate, posiblemente una y otro los mejores del mundo en su especie. Este domingo podrían empezar a desembotarse y a quitarse la aflicción. Es la Ronde van Vlaanderen, no se la vayan a perder. Que sea más  Flandes y, por extensión, más Bélgica que nunca…

7. Gante, vista puente St. Michiel

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