Oricios y precipicios (un díptico asturiano)

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Este tren me lo conozco bien, aunque esta vez vamos a pasar de largo por ciertos recuerdos, todavía demasiado frescos para tocarlos. Directo a Gijón, que a su vez será un medio en vez de un fin. Un mero tránsito, parada y fonda en el Varsovia y sin noticia del Escocia, tampoco daremos lugar. Algunos sinceros pecados del mar, y sin embargo todavía estamos buscando la joya carnosa en los barrizales de tripas. No será éste el atracón que nos mate. El hotel que nos hemos agenciado no está mal la verdad, a media hora de todo, el personal atento y solícito, los baños –sí, en plural- perfectamente equipados y la habitación sería ya de ensueño si ciertos enseres cobraran vida. Pero el lienzo no es manta y en esos tacones no beberemos sidra. Si quieres puedes romperte la crisma intentando adivinar los ojos que no quieren ver. En cuanto a la relación calidad-precio del establecimiento, inigualable habría que decir.

Por la mañana ya nos vamos situando. Desde el porche se ve algo de mar, desde la segunda planta algo más, desde la tercera quién sabe si Inglaterra en un día despejado. Por lo demás, desperezarse rodeado de prado nunca puede prometer nada malo, por mucho que Cleopatra desayune a bocados forzados y un ojo fuera del plato por si el vecindario gatuno. Otra fatal circunstancia sería que, doblando la curva, Zeus se suelte y te pille desprevenido. En Pravia conviven viviendas de pisos bien avenidos con mansiones señoriales, no vamos ni a mentar a los dueños por si acaso. Ni los inquilinos de unas ni los de las otras se han levantado todavía, sólo la frutera que vende fabes y otras dinamitas. Puede que el tiempo se haya detenido en esa plaza, al menos a juzgar por el reloj.

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El guía, que va incluido en el precio del hotel, conoce lógicamente bien el terreno y dónde comprar los chorizos y las morcillas en plena ruta hacia la montaña. No es Belmonte de Miranda un nombre de pueblo muy asturiano que digamos, pero todo lo que se encuentre por allí ciertamente sí, no se preocupen que volveremos. Tantas veces hice el viaje hasta Asturias en tren, avión, autobús, coche y a pie, y nunca había visto ese paisaje tan nevado, desde La Robla hasta algo más arriba de Pola de Lena, pienso ahora en cómo hubieran sido aquellas tres soberbias etapas de aquel inolvidable camino. Tampoco voy a olvidar que en una de aquellas por poco, camino de Pajares, no me alargo hasta Somiedo. Tal vez quedó la asignatura pendiente, y es adonde nos dirigimos ahora.

No hemos hecho ningún pacto con el invierno, pero la mañana ha salido espectacular, el sol hasta pica en la frente y pisar la nieve será un lujo para ciertos paletos de Madrid. A partir del cruce que deja el cauce del río Pigüeña, un túnel ya avisa de que la cosa se va a poner sería. La carretera se ribetea de blanco y las paredes de roca se iluminan por momentos, se van abriendo como compuertas que franquean el paso, no sin algún reparo. Es tierra de lobos y osos, pero personas en esta época del año las justas. Villarin es un barrio de la comarca de Veigas, que toda ella tiene 68 habitantes y 45 viviendas. No nos consta cuántas de ellas son teitos, pero por unos cuantos resbalaremos de foto en foto.

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Un poco más arriba, Saliencia pertenece a la comarca de Endriga, que tiene 135 habitantes y 82 viviendas. A siete kilómetros de subida queda el Alto de la Farrapona, si pudiéramos subirlos. Mejor dejamos este vídeo de la Vuelta a España para hacernos idea de cómo es en septiembre (o este otro, de menor calidad pero en el que se ve cuando pasan por Saliencia). El bar tampoco está muy accesible que digamos, ¿quién sino un rebeco va a venir a tomarse una caña antes de las doce? Y no se preocupen por buscar los dos chiringuitos que tiene Villar de Vildas, porque directamente han cerrado por vacaciones. Pero sí moléstense en acercarse para descubrir un paisaje, una cascada, pasear por ente tejados, bancos y muros bien cargados de nieve. Diremos que hemos estado en Suiza y casi nadie lo notará.

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Si no ha habido cervezas y además va haciendo hambre, no hay que preocuparse, ya de bajada pararemos otra vez en Belmonte. A comer con celo, sí, en el Gran Hotel Cela (http://granhotelcela.com/). Que hasta tiene jacuzzi en las habitaciones pero, bien pensado, el guía y yo no pintaríamos nada ahí. Mejor quedémonos en la planta baja, la de la barra y el restaurante. Allí el buen paisano Roberto te acoge, te cuida, te sienta y te pone a comer. Si hace falta hasta te busca casa, por allí cerca o incluso siete valles más arriba, no te vaya a faltar de nada, no te vayas a marchar de allí. Y a los que no tendremos más remedio que irnos nos dejará un gran recuerdo y un buen dossier. No nos quedemos sin contar que la ternera asturiana merece primero una atención y después un homenaje. Eso sí, de haber podido más, no hubiéramos dejado cecina ni pixin con cabeza. Pregunta de nota: ¿en qué se puede parecer un cachopo a un oricio? A lo mejor en lo que un escalón a un precipicio.

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La indómita Asturias ha dispuesto hoy una siesta pacífica, ya vendrán las jornadas pendencieras y los atardeceres de aquí te espero. La franja que se hace valer entre el sistemático acoso del mar y la montaña extiende aquí su impronta, siempre verde y hoy bucólica, más campiña que selva, más sobremesa de golf que de fútbol tormentoso. Y a comentarlo ya anocheciendo en una terraza en Salinas con la marea baja, las olas de ahora son las interinas, las titulares descansan este fin de semana, y aún así te cuidarías de ponerte por medio.

Avilés es de esas ciudades que viven en plena reinvención, decidieron sacar brillo a la piedra y apartar de la vista el metal roñoso. Pero esos cuatro kilómetros de soportales, levantados algunos en columnatas imposibles, llevan siglos ahí, y ahora vamos y reparamos en ellos. El Niemeyer tiene sus cuentas pendientes y nosotros alguna con él, pero mejor vamos a saldarlas en Casa Lin, como de otra manera no podría ni queremos que sea. Palmira no altera su semblante profundo y sereno mientras compone con oficio la postura, pero cuando el que escancia es su primo de los Andes mejor no mirar, aunque no puedas evitar oír el oro líquido desparramarse contra el suelo. Es honrado y lo admite, por eso te sirve otra botella sin decir ni atreverse. La noche avilesa hay que ganársela, como los bocartes y las alcachofas milagrosas en El Pañol (http://elpanol.es/carta/). Exquisiteces para no perder el Norte, aunque a veces es el Norte el que te pierde sin remisión. Tampoco hoy encontraremos el secreto oculto ni la prohibida carne de oricio en las curvas acrílicas, toca resignarse una vez más. No obstante, esto continuará…

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