Intercontinental y femenino

Foto Zsolt Czegledi, EfeFoto Efe

Las grandes portadas desplegables, los espacios centrales y los posters son para los “campeones del mundo”; las esquinas y los titulares secundarios para las subcampeonas de Europa, pero éstas sin comillas. El Real Madrid de fútbol ha ganado el Mundialito de Clubs, antes llamado Copa Intercontinental, un torneo con historia y prestigio, pero realmente hoy vale más el título que lo que hay que jugar para ganarlo. Otrora lo disputaban el campeón de Europa y el de Sudamérica, los dos grandes continentes del fútbol, primero fue a ida y vuelta y luego a un sólo partido. Hoy es una gala más de la FIFA con sus actos, premios, parafernalias, príncipes herederos y por supuesto Blatter en su salsa. Y lo juegan un club europeo poderoso y seis “en vías de desarrollo”, incluido el sudamericano. Porque Argentina es uno de los países fundamentales del fútbol de siempre, pero sus futbolistas cruzan el charco en cuanto les crecen los dientes, lo mismo que los de Brasil o Uruguay. Entonces, por muy ilustre, histórico y del Papa que sea el San Lorenzo de Almagro, se queda en un modesto cuando se mide a un Madrid, un Barça o un Bayern de Múnich. Así, la final que decide un título supuestamente tan importante es un bodrio, lo ha sido este año y lleva ya varios siendo así. A la FIFA le da lo mismo, luce palmito, reparte galardones como quien concede los Oscars y recauda su dinero a costa de las televisiones y el país organizador. Y los diarios corales diseñan portadas históricas.

El Campeonato de Europa femenino de Balonmano tiene, desde luego, mucho menos glamur. Pero para ganarlo, o para llevarte un puesto de honor, hay que pelear como leonas. Desde el primer día de torneo juegas contra selecciones como Rusia, Dinamarca, Hungría, Francia, Suecia, Rumanía, Montenegro… y finalmente Noruega. Siendo de las muy buenas, contra cualquiera de ellas puedes ganar por dos o perder por uno. Eso significa que lo mismo puedes llegar a la final o quedarte décima. Ese puesto fue el que hizo la selección española en el último Mundial, y se consideró un fracaso. Ahora, en el Europeo de Budapest, con prácticamente el mismo equipo y el mismo esfuerzo, con Mangué, Pena, Aguilar, Navarro… se ha conseguido la plata y se ha estado cerca, a una segunda parte del oro. Eso habla del mérito de estas jugadoras, en un país en cl que los equipos desaparecen, lo mismo que en baloncesto, como las flores en otoño. Sí, en eso somos con Argentina en fútbol. Una enorme selección y una liga de segunda. Pero lo que no tiene precio es el subidón de vitalidad que da verlas jugar, luchar, animarse y finalmente estallar en incontenible alegría colectiva cuando ganan. Toda una terapia para levantar el ánimo.

Ciertamente el Real Madrid ha completado un gran año, no el mejor de la historia por mucho que digan las estadísticas y los diarios deportivos, pero suficiente como para constatar un período de felicidad. Gana, da buenas sesiones de fútbol y reina la paz, Ancelotti lo gestiona con sabiduría, los cabezazos de Sergio Ramos solventan los marrones y Florentino rezuma satisfacción.

Pero si tenemos que hablar de un año grande de verdad, es el de nuestras deportistas. De Mireia Belmonte a nuestra selección de Waterpolo, de Ruth Beitia a las del Baloncesto, de Carolina Martín a las guerreras del Balonmano, y las que nos dejamos en el tintero que no son pocas. Individual y colectivamente, lo suyo sí que ha sido, de verdad y con todos los pronunciamientos, un éxito intercontinental y femenino.

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