Principios de mayo

Paseo del Prado, Madrid

Los principios fundamentales de mayo se resumían en amaneceres frescos y húmedos, salpullidos del humor y largas tardes de paseos venenosamente exuberantes. Luego todo cambia, son los ciclos, o que nada vuelve al que fuera su sitio. Aunque ahí seguirán los desiertos y los tucanes de Dallas, pero a saber qué fue del taxista de Senegal que era del Bayern Munich, su viejo cab devoraba carretera y el visitante primerizo se esforzaba por divisar una ciudad que en realidad no era. Mientras los plátanos depositaban su polen por los que fueron bulevares de Madrid, la primavera desenvolvía las promesas de abril, que las más de las veces resultaban ser una bonita caja vacía. Las tormentas de las siete, decididamente anti-taurinas, no sé si separatistas o separadoras, que la misma majadería son, dejaban el olor a tierra mojada por la que se desenvolvía un iluso recordman de los 3.300 metros, que intentaba mejorar sus registros para dar su gran golpe en verano, julio, mes olímpico donde los haya. Aquellos mayos también dejaron encuentros inesperados en la terraza del EME de Sevilla, puro aroma a naranjo, azahar y gin tonic, que espesarían el camino de vuelta en busca de la Alameda, ay amigo, que parece que no se librará de ser aparcamiento. Las noches menguaban a lo largo pero crecían a lo ancho, despertaban rosas de espina corta que simplemente dejabas que se te clavaran impunes, rendido y sometido que estabas irremediablemente o, mejor dicho, como no podía ser de otra manera. Otras fueron noches de estrés en Albarracín o de gran celebración en Washington. Pero en general mayo han sido bochornos prematuros, agotadores, en parte por el estío impertinentemente adelantado pero también, cómo no, por esa meta anhelada todo el año –otra vez las promesas- que finalmente te quedabas observando apenas a 100 metros sin poder hacer ya nada. Eso sí se repite este año, ¿verdad? También las demostraciones sindicales, que del Bernabéu se han trasladado a la Puerta del Sol, boato caciquil fielmente retransmitido por exactamente la misma televisión que entonces. Mucha pereza, que es otra de las constantes de este mes, como las ferias invisibles que no sabes si empiezan o ya han terminado. Entonces me pongo a recordar y me pregunto si vendieron finalmente el barco rojo de Liverpool, pero en realidad ¿qué más me da? Creo que este año me quedaré contigo, si me dejas. Tampoco será la primera vez. Ya me conformaré con que la hierba no preste atención.

And the Grass Won’t Pay no Mind, Neil Diamond, YouTube

P.D. Continuará, o mejor dicho, irá creciendo…

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