No quiero dejar de reseñar hoy a Juan María Bandrés. No es una personalidad como para pasarla por alto, y temo que la vorágine de lo urgentemente pasajero pueda llegar a hacerlo. Desde que en 1997 sufriera un derrame cerebral vivía retirado de la política, y prácticamente de todo. En este mundo cruel y frenético, 14 años ausente son como para caducar. En su caso, no debería.
Y es además muy oportuno hablar de él estos días, aún cuando no hubiera sido noticia hoy. Su biografía está ahí para quien la quiera consultar. Pocos conocieron tan de cerca a ETA, y por lo tanto pocos lucharon contra ella con tanto conocimiento de causa y, sobre todo, con tanta honestidad y claridad. Sus argumentos y su forma de actuar fueron como para sonrojar a otros –muchos- que presumían de ser y estar mucho más en las antípodas -ideológicas y de toda índole- de la banda.
Por lo demás, yo le recuerdo sobre todo de sus tiempos de parlamentario. Era de los de la época en que había personalidades brillantes en ese hemiciclo, gente a la sinceramente daba gusto escuchar hablar y argumentar, es decir parlamentar, independientemente de que uno estuviera más o menos o nada de acuerdo con sus ideas. Bandrés fue de ellos. Locuaz, agudo, en momentos hasta genial. Hasta que tuvo que desaparecer de escena, de todos los escenarios.
Oigo decir que posiblemente ni se haya enterado de lo que ha pasado estos días. Pero voy a ser de los que piensan que por algo –no por casualidad- Juan Mari ha aguantado justo hasta cuando tenía que aguantar, hasta que ETA se ha terminado oficialmente como banda terrorista. Aunque sea por una semana, ha sido capaz de sobrevivirla. Y entonces se ha ido tranquilo. Estoy seguro.