El Hombre de Octubre

Los Rateros, de Faulkner. Un concierto de Miguel Ríos al que nunca fui. Mazurca para dos Muertos, de Cela. ¿Qué tienen que ver? Yo sé que algo tienen que ver. El hombre que sube las escaleras del metro es el mismo que se paseaba por los caminos brillantes y empapados del Campo de San Francisco. Es el Hombre de Octubre. Ignoro si por entonces ya habían plantado la Secoya. Los cielos grises se escriben con líneas frágiles, tanto que al mínimo temblor se rompen y además casi siempre lo hacen sin avisar. A veces dan señales, sí, pero no se sintieron o no las quiso escuchar, y entonces el mazazo se presenta como la primera noticia. Los mejores boleros se despiezan a la más alta hora de la noche, cuando vencidas todas las defensas los ojos se iluminan y no queda más salida que rendirse al amor o a la desesperación. Vivía solo, o quizás muy solo, en la que fue la Casa de los Gigantes. Mazurca… es la mejor novela de Cela, las cincuenta primeras páginas se hacen difíciles de digerir pero después fluye como poesía en prosa en la que todo encaja con delicadeza y naturalidad como la lluvia que no deja de precipitarse lenta y mansa durante toda la lectura. Me creo haberle visto por esas aceras plateadas. El Hombre de Octubre venía a casa en Navidad hasta que una Navidad fue la última y ninguno lo sabíamos, él quizás sí, pero no dijo nada. No, preferí no ir al concierto de Miguel Ríos, me gasté el dinero que me dio para la entrada en otras cosas. Tampoco yo se lo dije nunca, pero ese era un asunto menor. Sí le devolví Los Rateros, me encantó esa novela y sin embargo ahora no me acuerdo de nada. En realidad no fui a devolverle el libro, con la excusa fui a ver si me soltaba pasta para otro concierto, al que tampoco luego iría. Pero él no cayó y yo tampoco me atreví a pedírselo. También se lo tendré que decir, otra vez será, le debo una cuando le vea. Las líneas que escriben de cielos grises se estaban quebrando y yo no me daba ni cuenta, nadie lo sabía, él sí y callaba. El mejor bolero ya no esperaba a tan tarde para hacerse escuchar, imagino que tampoco esos ojos estaban por la labor de iluminarse ya. Estuve comprando una silla para la oficina de la tienda. Luego un crío columpiándose en el vagón, alguien me dice algo ininteligible desde el sillón del portal. Al entrar en casa, silencio pesado, más que de costumbre, apenas unos segundos y el vacío a traición, la primera noticia, la primera copa que me iba a tomar mirando al techo de un bar. Imaginé una cajetilla de B&N sin terminar que en efecto existió, esos tres cigarrillos ahí podrían seguir. El día antes le habían dado el Nobel a Cela. Precisamente. ¿Qué tendrán que ver la mazurca y el bolero? Yo sí sé lo que tienen que ver. Semanas después, ¿pero has vuelto a fumar? Sí hijo, es que la vida es muy triste.

Por el parque de San Francisco y por los desfiladeros de Cuatro Caminos se sigue viendo una figura caminando digna, seria, filósofa y pensante bajo la lluvia. El Hombre de Octubre siempre sale a pasearse cuando vienen estas fechas. Hace veinte años que ya no vive solo.

Madrid, 20 de octubre de 2009

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