Ya es hora de cobrarme las cervezas. Las que empecé a ganarme a comienzos de la temporada futbolística, cuando aposté a que esta sería la última de Carlo Ancelotti en el Real Madrid y que firmaría como seleccionador de Brasil para el Mundial 2026. Clavado está, ya lo ven. No es que lo celebre, sino todo lo contrario. Me da mucha pena que se marche. Pero lo veía venir.
Digamos que la premonición me llegó en tres fases: 1. Cuando el club le renovó por dos años, porque no me creía que fuese a durar cinco consecutivos en ese banquillo; 2. Cuando Brasil se la volvió a pegar en la Copa de América y no contrató un seleccionador que pareciera definitivo; 3. En agosto, tras el aroma que dejaron los primeros partidos de la temporada y el run run que empezaba a correr. Ah, y también vaticiné que don Carlo no iba a ser el entrenador del Real Madrid en el Mundial de Clubs, entre otras cosas, porque se notaba que le daba muy por saco ese invento de competición.
La apuesta la formulé independientemente de cómo se desarrollase la temporada. Ciertamente, no ha sido la más brillante. Para el más común de los madridistas, ha sido nefasta, no digamos para los forofos. Si lo miramos bien y con perspectiva, terminar segundo en la Liga, finalista de la Copa y cuartofinalista en Champions no es tanto desastre, otra cosa es que se han perdido demasiados partidos y el juego, para qué nos vamos a engañar, casi nunca terminó de ser convincente. Pero siempre creí que, aunque la temporada hubiera sido igual de exitosa que las anteriores, el desenlace iba a ser el mismo. Carletto se iba a Brasil.
Entonces nos vienen con la estupidez esa de la exigencia: es que el Real Madrid tiene la obligación de ganar siempre. Miren, el Real Madrid tiene la misma obligación que todos los grandes clubs: competir y luchar por todos los títulos que disputa. Y luego los gana el mejor, que no siempre es el mismo, faltaría más. Muy felices podemos estar los madridistas de que en estos años -y los tres últimos con Ancelotti- el equipo ha rayado muy alto y, efectivamente, ha sumado grandes títulos. Años tuvimos, que parece que ahora no nos acordemos, de comernos los mocos. Y sí, también con Florentino Pérez de presidente.
Todos estos que aluden a esa innegociable necesidad de ganar siempre son los que llevan toda esta temporada, según las cosas pintaban de regular a mal, sentenciando a Ancelotti. ‘Es que, en el Madrid, si un año no ganas nada, te vas”. Pero… ¿quién se tendría que ir? ¿Para quién es la exigencia? Ya se sabe que siempre para el mismo. Pero, dando por sentado que la temporada no ha salido todo lo bien que muchos esperaban, habrá que preguntarse también y analizar qué no se ha hecho bien y quién lo ha hecho mal.
Las causas deportivas de este que llaman ‘imperdonable fracaso’ ya se han aireado sobradamente, pero por resumir: la plantilla arrancaba en agosto con una defensa formada por un lateral derecho, dos centrales y dos laterales izquierdos (luego se lesionaron el único lateral derecho y uno de los centrales); retirado y no sustituido Toni Kroos, el medio campo se había quedado sin cerebro constructor y el irreprochable Modric en noviembre ya llevaba jugados más minutos que en toda la temporada anterior; y llegaba el ansiado Mbappé, una figura mundial, a reforzar la única línea que no necesitaba refuerzo, la delantera, y encima repitiendo cromos y pisando las mismas parcelas de campo y pidiendo los mismos balones que sus nuevos compañeros hasta entonces titulares. ¿Quién lo ha hecho mal? Luego está el rendimiento de algunos jugadores, unos por baja forma, otros por haber encadenado lesiones y otros, desde luego, por actitud. También en eso, el entrenador, como el preparador físico, tienen su parte de responsabilidad. Sí, pero ¿es el único responsable?
Efectivamente, una vez hecha la plantilla, bien o mal, el entrenador tiene la misión de hacer que eso funcione, que la nave vaya. Esta expresión se me ocurrió después de que don Carlo ganara su primera liga en España hace tres años, aprovechando el título -y sólo eso- de una película de Fellini -y por cierto, hoy es evidente que a aquel post le faltaba perspectiva. Cierto, Ancelotti había conseguido hacer ir la nave en años anteriores. No olvidemos que, en cada una de las cuatro temporadas de esta su segunda etapa, la plantilla que tuvo fue peor que la de la anterior. El balance entre bajas y altas siempre fue desfavorable. Y ninguna tuvo un comienzo fácil, siempre asaltaron dudas, entonces, Carletto ajustaba por aquí, cambiaba por allá, movía una ficha, adelantaba o retrasaba otra… al final, la nave iba, y ahí están los resultados. Allá por septiembre, se pensaba, tras los chascos en Mallorca, en Las Palmas, en Lille… que esta vez sería lo mismo, que terminaría consiguiendo que ese equipo superase los desajustes y tirase adelante. Pero esta vez no. Parecía por momentos que sí, pero cada aparente solución terminaba en un nuevo problema. La nave, esta vez, hizo agua por demasiados sitios. Tenía mucha vela, pero poco motor y casco frágil.
En esos comienzos titubeantes, y como la cosa no terminaba de enderezarse, empezaron a resonar los ecos de la prensa, tanto la teledirigida desde los despachos de Concha Espina como la que no es sospechosa de eso. Conjugando, especialmente, el verbo transitivo equivocarse: ‘se equivoca, se ha equivocado, sigue equivocándose…”, como la paloma de Alberti, una y otra vez. Hasta el día que la Confederación Brasileña ha anunciado su contratación le han dicho que se ha equivocado por la manera de hacerlo un día después de perder la Liga, y resulta que esa misma mañana todos los medios ya informaban de que Xabi Alonso iba a ser el entrenador el 1 de junio, cabe presumir que porque alguien -adivinen quién- lo había filtrado. En realidad, todo indica que la sentencia estaba dictada cuando un periodista que tiene hilo directo con la más alta esfera del club -la única que hay- salió en un programa radiofónico nocturno señalando el descontento que cundía en la susodicha esfera con la gestión del técnico italiano. Eso fue días antes del partido de ida de la eliminatoria contra el Arsenal.
Efectivamente, durante toda la temporada, tras cada partido frustrante -que han sido, sí, bastantes-, los analistas radiofónicos y los escribientes empezaban cargando las culpas sobre Ancelotti –‘se le ha ido de las manos…’, decía Mijatovic– y luego, cuando se dedicaban a detallar todo lo que estaba fallando, la gran mayoría terminaba concluyendo que nada de todo eso era, en realidad, culpa directa de Ancelotti. Hablaban de una mala confección de la plantilla, de la baja forma de jugadores clave, de la falta de referentes en el vestuario, de lo que el equipo sufría sin balón, de las carreras hacia atrás que se ahorraban algunas figuras… Obviamente, el entrenador es el máximo responsable de todo ello, y don Carlo nunca lo ha rehuido. Cualquiera sabe que a él nunca se le ocurriría espetar aquello de ‘yo no tiro los penaltis’ con que se defendió Mourinho tras una eliminación en semifinales de Champions. De ahí su gesto torcido durante todo el año. No tenía lo que quería en el equipo, no conseguía tapar los agujeros, no era capaz de convencer a ciertos jugadores de que ayudaran -eso sí lo dejó caer alguna vez, al final, porque debía estar ya harto- y luego era él, y solo él, quien tenía que salir a dar la cara.
Porque esa es otra. Una de las disfunciones que tiene el fútbol actual es que el entrenador se haya convertido en el principal, y a veces único, portavoz del club. Por obligación, tiene que dar como mínimo entre dos y cuatro ruedas de prensa a la semana. Ningún otro empleado, ni futbolistas ni directivos -ni siquiera Butragueño– se pone delante de los medios, ni muchísimo menos, con esa desquiciante frecuencia. Entonces, Ancelotti -como le pasa a Flick, a Simeone y a todos…- tiene que salir a dar explicaciones no ya a cuenta del partido que se jugará o se ha jugado, que es lo que le corresponde, sino de todo lo que pasa dentro y alrededor del club. Si no se han hecho fichajes ni se piensan hacer, si la dirección ha enviado una carta incendiaria contra los árbitros, si ha decidido boicotear la gala del Balón de Oro, si tal jugador ha tenido una trifulca con aficionados del equipo contrario… Y este año, desde la pretemporada, se notaba que a Carletto no le hacía ni pizca de gracia comerse esos marrones. A pesar de eso, nunca se le ha escapado una mala palabra ni hacia el rival ni hacia sus jugadores ni con el club que le paga. Sí, a algún árbitro le ha tirado alguna vez algún dardo, pues como todos, y entonces le han criticado que ‘rajara’. Ah, y para rematar, le toca dar otra rueda de prensa justo el día después de anunciarse su compromiso con Brasil. Y claro, otra vez le dicen que ‘se ha equivocado’.
Lo que tampoco puede controlar el entrenador, desde luego no en el Real Madrid, es el proyecto que se diseña desde arriba. Según nos dicen los que están bien informados, Florentino Pérez ha decidido que Mbappé sea la gran figura y referente del equipo para los próximos cinco años. Su esfuerzo le ha costado traerlo, eso nadie lo duda, y quieren rentabilizarlo. Pero resulta que, la exitosa temporada anterior, el Real Madrid ya contaba con dos delanteros eléctricos, jóvenes y emergentes que se complementaban muy bien –Rodrygo y Vinicius-, con un media punta estelar, Bellingham, que marcó 19 goles en Liga. En el banquillo tenía a un ‘pescador del área’, Joselu, que jugando sus minutos firmó 10 goles en la competición doméstica -aparte sus dos decisivos al Bayern en la semifinal de Champions. Y venían entrando con fuerza en el equipo jóvenes como Brahim o Güller, que iban dejando su sello. Este año, además, llegaba otro pipiolo con un cañón en los pies, Endrick.
Pero como Mbappé iba a venir y, lógicamente, tenía que jugar, ya podíamos imaginarnos -y seguro que el entrenador también se lo barruntaba- que su presencia innegociable iba a frenar la progresión de alguno de los que ya estaban… o la de todos. Veamos las cifras. Mbappé lleva 28 goles en Liga, una muy buena cifra, y lleva todas las trazas de terminar como pichichi -otra cosa es que no en todos los momentos cruciales se le haya visto o haya estado fino. Pero miremos a los demás: Vinicius ha pasado de 15 goles la pasada liga a 11 en esta; Rodrygo, de 10 a 6; Bellingham sólo ha marcado 8 porque ha tenido que ocupar posiciones más retrasadas; Joselu ya no estaba y Brahim también ha producido menos que el año pasado porque ha jugado menos. En total, el Madrid marcó 87 goles y en esta, a dos jornadas del final, lleva 74. Dirán otra vez que ha sido Ancelotti, que tampoco ha sabido gestionar esto… pero también se podrían decir otras cosas.
De todos estos delanteros que hemos nombrado, uno o varios van a salir en el mercado de fichajes este verano. Significará esto que la dirección deportiva del Real Madrid -es decir, su presidente- ha decidido sustituir un proyecto que funcionaba y que parecía tener futuro por otro que, de momento, no ha funcionado como se esperaba y no se sabe qué futuro tiene. Veremos el año siguiente y los que vengan. Pero eso ya será una misión para Xabi Alonso, al que, no puede ser de otra manera, desearemos toda la suerte y éxito. Y se lo reconoceremos sin pestañear cuando lo consiga.
Lo que ahora sabemos es que, al final, la nave se va. O mejor dicho, el que hacía ir la nave. Veremos si en Brasil es capaz de hacerla arribar a los puertos que le piden, como ha hecho en todos los países por los que ha navegado. Lo que pasa es que, en este caso, sólo hay una bahía que valga: la del Mundial. Y le esperan no pocas tempestades por medio. A los madridistas honrados, nos queda desearle suerte, pero antes, darle infinitamente las gracias. Al entrenador que nos ha dado éxitos y nos ha hecho disfrutar; y, sobre todo, a la persona que nos representado como ninguna otra estos años. La travesía que ahora emprende también terminará y, de una u otra manera, esperaremos que un día la nave vuelva a anclar en Madrid. Su puerto preferido, su casa por cuanto él quiera.
Entre tanto, ya estoy tardando en cobrarme esas cervezas…