Cuando Chile se levanta

Santiago2 Un chileno se levanta por la mañana, mira y encuentra de frente el Pacífico inabarcable; detrás, los Andes inexpugnables; a su alrededor, el poco paisaje que queda en medio aparece salpicado de verdes prados, imponentes lagos y volcanes tremendos que puntean las nubes; debajo, la tierra le sacude con energía desmedida y con precisión suiza. Para arreglar las cosas, el país mantiene fronteras digamos que complicaditas con Argentina y Perú. Siempre en tensión. Chile ha aprendido a buscarse la vida, a organizarse por su cuenta, a tirarse de su propio carro. Es posiblemente la nación más competitiva y más productiva de Sudamérica, al menos de eso presumen. Los peces y los minerales son su milagro, el que les hace salir adelante y lo explotan con dedicación. Pero también es el país –y eso en Santiago se nota demasiado- donde se es muy rico o se es muy pobre y casi unos no se ven con los otros porque la ciudad está pensada para que no se mezclen. El chileno es muy militar, en el buen sentido de la palabra: recto, noble, disciplinado, directo en los planteamientos. Chile es también muy militar, en el mal sentido de la palabra: el uniforme mantiene mucho status, grandes posesiones, prestigio y un poder ya no declarado pero todavía latente. Chile es muy sudamericana en la forma –la música, el ambiente, el nervio latino…- pero muy centro-norte europea en el fondo: seria, pragmática, eficaz, un carácter de líneas recias. Por la calle o en los bares te encuentras gente amable y dinámica, servicial y nerviosa, no paran quietos. Muy patriota, la bandera te sale por cualquier parte y las camisetas de fútbol que se venden en las tiendas no son tanto las de los cracks mediáticos como las de los jugadores de su selección. Defienden con tesón que el pisco es suyo, lo mismo que hacen los peruanos con el mismo pisco. Un país larguísimo, de Sur a Norte es más o menos como de Madrid a Moscú. Y sin embargo, en kilómetros cuadrados no llega a ser el doble que España. En población son la tercera parte que nosotros. Cuando la tierra le sacude, donde le sacuda, el golpe le corre de Norte a Sur por toda la espina de pez. Y ellos ya lo saben, lo ven venir y lo que hacen es prepararse, protegerse para cuando les venga la somanta de palos y que les haga el menor daño posible. El chileno se quiere porque ser chileno le ha hecho llorar demasiado a menudo. Está acostumbrado a sufrir, a caer y levantarse. Sí, al final, Chile es como los terremotos: energía desmedida y precisión suiza. Y se levantan. Por eso ahí seguirán.

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