Memorias de Argentina

bife_chorizo El verbo se hizo carne, el verbo comer, yantar, manducar, devorar… se hizo bife. Memorias de Argentina, tan cercanas en el tiempo pero ya tan lejanas otra vez en el espacio. Esas vacas no son normales, os lo digo, tan firmes, tan vigorosas, tan esbeltas –sí, he dicho esbeltas- y menos mal que aún tienen muchas, para dar y recibir –nunca tomar, por favor. Porque queda mucha pampa. Vamos si queda. Allá tienen pampa hoy, pampa mañana y pampa pasado. Los paisanos agarran –no cogen, cuidado- prestada una vaca, la abren, la asan entera y se la zampan allí mismo –zampar, otro verbo que se hizo asado; otros más finos vamos al restaurante (*) y entonces nos ponemos a dilucidar: ¿bife de lomo, de chorizo o de cuadril? ¿Entraña? ¿Asado de tira? ¿Vacío? No, no es un salto al idem ni nos vamos a quedar tal. Porque además tenemos cordero patagónico, matambrito… Pero el Rey es el bife. El de lomo recordaría a nuestro solomillo, el de chorizo a nuestro entrecot. Pero no es lo mismo, claro. Le das el primer tajo con el cuchillo y ya te das cuenta. El de lomo, grueso y de apariencia más seca, pero esponjoso y delicado en el paladar; el de chorizo, más jugoso y más rotundo, recio, una orgía sin concesiones, haya sangre o no. No me extraña que haya gente que vuelve de allá y se tire meses sin probar la chicha. Puede ser una buena fórmula para reconvertirse a vegetariano después de una gloriosa despedida, así que se haga menos dura y más coherente la clausura. Hasta que uno vuelva, claro. Una vez allá no hay clausuras que valgan. Aterrizas en Buenos Aires, te plantas en la terraza de una cafetería de lo más normal en la calle Córdoba, Viamonte o Reconquista –bueno, hoy toca un sandwich-, te ponen la carta delante… y es inevitable, como si cayeras por el desagüe, te tiras al bife. Algo pequeño ¿eh? Sí, pequeño. Lo llevas claro, macho. Báaarbaro te dice el camarero. Luego, en fin, te alegras ya sin remilgos de que sea enooorme. Y con sus papas, su chimichurri, hasta su huevo frito… y si no, da igual: con la pieza entera delante no necesitas mucho más para ser feliz. Durante esos minutos. Después te harán feliz otras cosas mientras sigas por allá. Cuando regreses, te hará feliz o desgraciado tu deambular de cada día. Pero nunca dejarás de echar de menos aquel pedazo de vaca de la pampa que tanto amor te dio.

(*) Pusimos una buena lista –no exclusiva, claro- de restaurantes en nuestro post La Hoja de Honor, del 23 de noviembre.

1 Comment

  1. Uffffffff,qué pinta. La próxima vez que quedemos recuérdame que te lleve la receta e ingredientes para que te hagas un chimichurri estupendo… El bife ya lo pones tú. 😉

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